lunes, 18 de enero de 2010

Séptimo capítulo



Disclaimer: Todos los personajes, salvo uno que otro salido de mi afiebrada imaginación, son propiedad de J. K. Rowling.

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- ¿Porqué no empieza diciéndonos su nombre? – preguntó Hermione con voz cansada.

Ella y sus dos amigos rodeaban con las varitas en alto a Travis, que se había sentado con aparente tranquilidad en una banca de los jardines de la Academia.

El hombre no sabía si preocuparse o romper a reír. Por un lado, pensaba en lo que diría Moody cuando supiera lo ocurrido, sin mencionar a Laria y Kim, pero no dejaba de parecerle divertida la situación. Podría habérselas ingeniado para desaparecer hacía un buen rato y ellos no hubieran logrado seguirlo, pero todo lo que pasaba le parecía ridículo. Tal vez sus compañeros creyeran que era un poco irresponsable, pero la verdad era que analizaba las cosas mucho más de lo que podrían suponer.

En su opinión, la autoridad de Moody era respetable pero no estaba de acuerdo con todo lo que hacía, y tener a estos chicos en la ignorancia le parecía una mala jugada. Por experiencia sabía que esconder las cosas podía acarrear muchos problemas y malentendidos, aún más tratándose de muchachos que habían pasado por tanto a su corta edad. Él, al menos, no deseaba mentirles, aunque tampoco podía hablar abiertamente socavando la autoridad de quien lo reclutó. Tremendo lío en el que estaba.

- Te hicieron una pregunta. – lo llamó la voz del pelirrojo.

- Y la contestaré encantado cuando dejen de apuntarme y se sienten por allí; parece que me estuvieran interrogando. – se quejó Travis sin ocultar su fastidio.

- ¡Es lo que hacemos! – exclamó Ron poniendo los ojos en blanco.

- Pues en ese caso no creo que vaya a decirles nada; pensé que estábamos sosteniendo una charla amigable. – refutó el rubio.

- ¿Estás loco? – replicó Ron alucinado.

Travis lo ignoró y se dirigió al otro muchacho que lo veía pensativo.

- Potter, no quiero ofender pero podría haberlos desarmado sin problemas hace ya un buen rato, lo sabes, ¿verdad? Pero no es lo que quiero, sino hablar, así que si quieres llegar a algo lo mejor es que dejen esa actitud. – le dijo muy serio.

Harry asintió a su pesar y guardó la varita para espanto de sus compañeros.

- ¡Harry! – le reclamó Ron.

- No estoy segura…- opinó Hermione.

- Bajen las varitas, confíen en mí. – les pidió tranquilo Harry.

Sus compañeros hicieron lo que les pedía, no muy de acuerdo como era obvio.

- Muchas gracias, aprecio la confianza. Mi madre siempre lo dice, hablando se entiende la gente. – aprobó Travis recuperando su semblante risueño.

- Háblanos de ti, entonces, no tienes carta blanca. – le advirtió el muchacho.

- Comprendido. ¿Qué me preguntabas, preciosa? – se dirigió a Hermione.

- Queremos saber su nombre para empezar. – insistió la chica ignorando sus bromas.

- Esa es fácil. Travis Taylor, un placer. Siguiente. – dijo el rubio.

- ¿Quién eres exactamente y porqué nos sigues? – fue el turno de Harry de preguntar.

- Oh, eso. Bueno, verán, allí tendremos un pequeño problema. Puedo hablar en mi nombre y aún así estaré rompiendo algunas reglas, pero seguro sabrán entender. – comentó Travis.

- Está jugando con nosotros, Harry. – le dijo Ron a su amigo indignado.

- ¡Claro que no! – negó el hombre. – Miren, les diré lo que pueda y sólo lo hago porque aunque no lo crean les tengo mucho respeto y no me parece justo que no sepan nada. Si luego quieren más respuestas, tendrán que buscar en otro lado, ¿qué dicen? – ofreció el rubio.

Harry meditó la propuesta y vio con cuidado a Hermione a su derecha. Sus miradas se encontraron y parecieron adoptar un tácito acuerdo: recibirían toda la información posible y luego verían qué hacer con ella.

- Te escuchamos. – aceptó Harry al fin.

- Bien. Como ya dije, mi nombre es Travis Taylor y por mi encantador acento notarán que no soy de aquí. Soy australiano, nunca había estado en Inglaterra y seguiría así si no me hubieran enviado. – empezó el rubio.

- ¿Enviado quién? – preguntó Hermione.

- Mis jefes, ya saben, del Ministerio, de la Oficina de Aurores. – mencionó Travis encogiéndose de hombros.

Los tres amigos lo vieron boquiabiertos e intercambiaron una mirada de estupor.

- ¿Quieres hacernos creer que eres un auror? – Ron fue el primero en hablar.

- No les quiero hacer creer nada, es lo que soy. ¿Qué tiene de raro? – le preguntó Travis algo ofendido.

- ¿Puedes probarlo? – intervino Harry. – No debe extrañarte que desconfiemos…

- Supongo que no, esperen un momento. – aceptó el rubio sacando algo del bolsillo trasero, para luego extenderlo. – Esa es mi credencial, infalsificable, sólo ignoren la foto porque la tomaron al día siguiente de la graduación y venía de tremenda fiesta y…es una larga historia.

Harry tomó el documento y tras revisarlo con cuidado se lo tendió a sus amigos para que lo observaran también.

- ¿Porqué nos sigue un auror de otro continente? – le preguntó Harry devolviendo el carné.

- Ya lo dije, son órdenes. Mis jefes me enviaron aquí por un pedido especial y estoy trabajando en Londres. Una de mis labores es ver que nada malo les ocurra, eso es todo. – explicó Travis.

- ¿Eso es todo? – fue el turno de Hermione de lucir escéptica.

- Es lo que me han encomendado hasta ahora; si hay un cambio luego tendré que obedecer. – le respondió esquivo.

- ¿Quiénes son tus jefes aquí? ¿Quién le pidió al Ministerio Australiano que te enviara? ¿Por qué piensan que estamos en peligro? – lo interrogó Harry.

- Lo siento, chicos, pero aunque no lo parezca, he dicho mucho más de lo que debería; se los advertí, si quieren saber más busquen por otro lado. – se negó Travis.

- ¿Y quién más podría darnos información? – preguntó Hermione.

- Bueno, he oído que eres una chica lista, sólo tienes que atar algunos cabos, ¿quién tendría la autoridad para traer a Inglaterra a un auror extranjero? – preguntó él a su vez con intención. – Y con esa línea, me voy.

Harry, Ron y Hermione lo observaron ponerse de pie con presteza y antes de darse cuenta le daba la mano a cada uno con un apretón amistoso.

- Seguro que nos veremos pronto, me encantaría conversar con ustedes, he oído que han hecho cosas increíbles. Ya saben, si me ven por ahí, sólo ignórenme. – pidió.

- ¿Vas a continuar siguiéndonos? – se ofuscó Ron.

- Es el trabajo, lo siento. – se disculpó Travis. – De nuevo, un gusto.

El pelirrojo estuvo a punto de protestar nuevamente, pero ni siquiera había alcanzado a articular palabra cuando el hombre desapareció frente a sus ojos, no sin antes hacer un ademán de despedida.

- ¡Díganme que esto no es raro! – se quejó Ron.

Esperó en vano la contestación de sus amigos, pues ellos lucían pensativos y con la vista baja.

- Sabemos qué tenemos que hacer, ¿no? – comentó Harry al fin.

Hermione asintió con seguridad y dio una mirada alrededor de los jardines; hacía mucho ya que había oscurecido.

- ¿Lo sabemos? – preguntó Ron confundido.

- Ese auror prácticamente nos lo dijo, Ron. – le hizo ver Harry.

- ¿Cuándo? – insistió su amigo.

- Él dijo que debemos preguntarle a quien tenga la autoridad para hacerlo venir a Inglaterra. – recordó.

- Y ese sería…- se iluminó el pelirrojo.

- Kingsley. – pronunció Hermione.

- Ya es muy tarde y el Ministerio debe estar desierto, iremos mañana a primera hora. – indicó Harry.

Sus amigos estuvieron de acuerdo y se abrigaron mejor con las chaquetas en tanto comentaban con él todo lo que el extraño que ya no lo era tanto les había contado.

- Terminemos esta charla en casa; mientras no sepamos qué ocurre exactamente no estaré tranquilo. – les dijo Harry.

- Seguro. – aceptó Ron.

- Sí, está bien, además hay otra cosa que necesito comentarles. – terció Hermione.

- ¿Más? – se lamentó el pelirrojo.

- Sí, tiene que ver con Malfoy; con todo esto ya casi lo había olvidado. – le explicó.

- ¿Qué pasó con Malfoy? – se alarmó Harry.

- Esperemos a llegar a casa. – insistió ella.

Harry y Ron asintieron y con un sonoro chasquido tras otro, los tres compañeros desaparecieron del lugar.

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Tan pronto como Draco Malfoy llegó a la mansión familiar empezó a golpear cuanto mueble se le cruzó, por no mencionar a un par de infortunados elfos domésticos que salieron a recibirlo.

El ver a ese estúpido auror custodiando la entrada sólo lo había puesto de peor humor, si hasta se había atrevido a saludarle, ¿es que su apellido no significaba nada ya?

Todo era culpa de Potter y esa maldita costumbre de involucrarse en lo que no le importaba. Primero aguantar los patéticos intentos de seguimiento de Granger, como si no fuera a darse cuenta, y luego se le aparecen sus dos amiguitos a advertirle que no la molestara.

Azotó otra puerta en tanto se dirigía al salón principal para ver a su madre.

Era el colmo que ni siquiera le hubiera podido dar un buen golpe a Potter por culpa de ese tipo que apareció de la nada. Podía reconocerse a sí mismo que el cara rajada tampoco parecía haberlo visto nunca antes, pero eso no lograba que se sintiera mejor.

Había tenido un día para el olvido, pero igual estaba en la obligación de pasar a saludar a su madre antes de irse a la cama y convencerla de que la vida en la escuela iba perfecta; la pobre necesitaba esas mentiras para estar tranquila ahora que sólo lo tenía a él, estando su padre en Azkabán hasta Merlín sabía cuando. Draco, en lo personal, no lo extrañaba para nada, lástima que su madre no pensara igual.

Respiró profundo para calmarse antes de abrir las puertas con suavidad, listo para exhibir una falsa sonrisa de tranquilidad, pero esta se congeló en su semblante cuando vio la escena ante él.

Su madre ocupaba el sillón habitual, con la elegancia de siempre, pero una mueca que pretendía ser una sonrisa y mostraba gran nerviosismo cruzaba su níveo rostro.

La razón de su temor, porque eso era lo que se percibía en el ambiente, se encontraba cómodamente sentada en la silla que ocupaba su padre cuando estaba en casa. Tenía entre las manos una taza de fina porcelana que se llevó a los labios con cuidado.

- ¡Draco! Pensábamos que algo te había retrasado, comenzaba a preocuparme, pero tu madre dijo que llegarías en cualquier momento y aquí estás. – sonrió Theodore Nott satisfecho.

El joven Malfoy intercambió una rápida mirada con su madre intentando transmitirle algo de seguridad.

- Esta si que es una verdadera sorpresa, Nott, no te esperaba.- comentó el rubio acercándose.

- Ya lo ves, te dije que volveríamos a hablar y a eso vine. – sonrió el otro con expresión beatífica.

- El auror en la entrada…- tanteó Draco.

- Ah, no te preocupes por él. Ya se lo dije a tu madre, la pobre también temió por eso, pero le he explicado que lo último que deseo es causarles problemas, al contrario. Lo confundí al pasar y luego le eché un Obliviate; fue muy sencillo, me parece que quedó un poco lento, pero ya se le pasará. – comentó Nott al descuido.

- Ya veo. Así que necesitas hablar conmigo; está bien, pero preferiría que fuera en privado, ¿te molesta que te dejemos sola, madre? Estaremos en la biblioteca. – le dijo a Narcisa con una mirada significativa.

- Por supuesto que no, vayan tranquilos. – concedió su madre mostrándose serena.

- Perfecto. – asintió Nott entusiasmado. – Señora Malfoy, gracias por hacerme compañía, es usted tan encantadora como la recordaba, ha sido muy amable.

- Fue un placer, Theodore. – asintió ella tensa.

- ¿Vamos? – lo apremió Draco.

- Sí, señor. – bromeó el otro.

Hizo una ligera reverencia a Narcisa y se encaminó a la biblioteca. Tras él, Draco le hizo un gesto a su madre para que conservara la calma y con una última mirada se perdió tras la puerta.

Guardaron silencio hasta que cerraron las puertas del despacho y sólo entonces Draco se permitió expresar su ira.

- ¿Quién te crees que eres para irrumpir así en mi casa? – encaró a su interlocutor.

Nott no pareció en lo absoluto amedrentado, sino que se acomodó en un mullido sillón luego de servirse una bebida de un mueble lateral.

- Estuve esperando tu mensaje, pero puede haberse perdido en el camino porque no lo recibí. – indicó muy relajado.

- ¡No lo recibiste porque no te envié nada! – explotó el rubio.

- Ese podría ser un buen motivo, sí, muy lógico. – rió Nott. - ¿Sabes? Deberías sentarte y tomar algo de esto, tu padre siempre tuvo muy buen gusto, hay que reconocerlo.

Malfoy aspiró impaciente y cerrando las manos en puños ocupó el asiento tras el escritorio.

- ¿Qué quieres, Theodore? – preguntó con tono aburrido.

- Mucho mejor, ¿ves cómo podemos hablar tranquilamente? Tu familia y la mía han sido cercanas por siglos, recuérdalo. Siempre le he tenido gran afecto a tu madre, realmente me dolió la desconfianza con la que me trata; pero no la culpo, es natural con todo lo que le ha pasado. – mencionó con pena.

- Mantén a mi madre al margen de esto. – le advirtió Draco.

- En lo posible así será, claro. Es a ti a quien necesitamos. Te contaré algo en honor a nuestra amistad, Draco. Conoces a mi abuelo, ¿si? Lo viste un par de veces y habrás notado que puede ser un poco malpensado y siempre se va a los extremos. ¿Sabes lo que me dijo? Si tienes que torturar a su madre para conseguir lo que necesitamos, hazlo. – le dijo en tono de confidencia.

Draco saltó del asiento y en un parpadeo tenía la punta de la varita en el cuello de su ex compañero, que no cambió su expresión, pero su voz se volvió repentinamente helada y una amenaza encubierta se filtró en sus palabras.

- Pero yo le aseguré que eso no sería necesario en lo absoluto porque tú nos ayudarías encantado por la causa y que cualquier amenaza a tu madre sólo te ofendería, si bien es cierto que harías lo que fuera por ella, ¿no es cierto eso? Ya ves que te defendí. – dijo con tono engañosamente suave.

Draco retiró la varita y retrocedió un par de pasos.

- Ahora que dejamos eso en claro, ¿por qué no te sientas aquí a mi lado? Voy a contarte cuál será exactamente tu papel en La Gran Noche. – le sonrió con amabilidad.

El joven Malfoy guardó la varita y fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, ocupó un asiento frente a Nott y con expresión imperturbable se aprestó a oír lo que tenía para decirle.

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Travis se apareció en las afueras de la casona que les servía de refugio y tras seguir el ritual de tocar la verja de entrada para poder pasar, se internó en el amplio vestíbulo.

El silencio lo recibió para su profundo alivio. No pensaba contarles nada a Kim y Laria de su charla con Potter y sus amigos, pero tampoco deseaba mentir, ya bastantes problemas iba a tener cuando se encontrara con Moody; al menos seguía desaparecido.

Puso un pie en el primer escalón cuando oyó unas palabras que casi lo hacen trastabillar de la sorpresa.

- ¡Taylor! Ven aquí que necesito hablar contigo. – bramó una voz demasiado conocida.

- ¡Maldición! – masculló el rubio por lo bajo.

Tragando espeso y con su sonrisa más hipócrita se encaminó al salón.

Laria y Kim estaban allí y lucían algo impacientes, especialmente ella, no que eso fuera precisamente una novedad. Frente al mueble en el que se encontraban sentados, Moody se acomodaba en una vieja poltrona.

- ¡Moody! Hombre, qué bueno verte, ¿cómo va todo? – lo saludó el rubio.

- Ya, ya, como si fuera a creer que me extrañaron. – rumió el viejo. – Vienes de vigilar a Potter, ¿no?

- Claro, esa ha sido mi única asignación últimamente. – replicó Travis.

- Y es vital que lo hagas bien, eso y que seas muy cuidadoso para evitar ser visto. – asintió el auror convencido.

- Sí, bien, acerca de eso hay algo que me gustaría comentarles. – les dijo Travis jugando con su reloj.

- ¿No puedes decirlo luego? Moody nos ha tenido aquí esperando a que llegaras para confiarnos información muy importante. – intervino Laria.

- Deja que hable, Laria, no sabemos de qué se trata. ¿Ha ocurrido algo malo con Potter? ¿Algún ataque? – preguntó Moody preocupado.

Travis vio a su alrededor inquieto, sabiendo que no iba a recibir precisamente una felicitación.

- Pues lo que ocurrió es que…- empezó el rubio a hablar.

Según iba avanzando en su relato, los otros ocupantes de la habitación empezaron a mostrar distintas emociones.

Kim lucía tan imperturbable como siempre, pero en cierto momento se llevó las manos al cabello con incredulidad.

Laria hacía grandes esfuerzos para no saltar del asiento y estrangular con sus propias manos a su compañero. El instinto le habría ganado si Kim no la hubiera sujetado por el hombro.

En cuanto a Moody, era la seriedad en persona; sólo delataba su ira el que estuviera a punto de partir el bastón entre las manos y los movimientos frenéticos de su ojo mágico.

Un silencio abrumador cayó sobre el lugar cuando Travis terminó de hablar.

- Ya, vamos, ¿qué esperan? Sé que quieren matarme, pero les puedo asegurar que no estoy en lo absoluto arrepentido de lo que hice. – expresó el rubio desafiante.

- ¿Dices que no te arrepientes de ser un reverendo idiota? ¿Que no importa que hayas mandado nuestra misión al desastre? Sabía que el pensar no es tu fuerte, pero jamás creí que llegaras a tanto. – lo acusó Laria furiosa.

- Laria…- Kim trató de calmarla.

- No, déjala, que diga lo que quiera, no me importa. Hice lo que debía y sé que estuvo bien. ¿Cómo podemos protegerlos si no confían en nosotros? Y puede que ni siquiera nos necesiten, ellos son muy capaces, los he visto. Por otra parte, sólo he hablado por mí, no los he nombrado para nada. Si esos chicos averiguan algo más será por su habilidad.- indicó Travis con expresión testaruda.

- Pero tenías órdenes expresas, Travis. – le recordó Kim con tono sombrío.

- Y las he cumplido al pie de la letra aún cuando no estaba de acuerdo. Tenía que intervenir, no iba a dejar que el chico Malfoy le hiciera algo, sabes que hubieras actuado igual. – replicó el rubio.

- Quizá, pero no me habría quedado a charlar. – espetó Kim sin disimular su malestar.

- ¿Porqué no los trajiste aquí? Fue lo último que te faltó. – terció Laria con sarcasmo.

- Ya expliqué lo que alcancé a decirles; no he mencionado a ninguno de ustedes. – se defendió Travis.

- ¡Por favor! Les diste la punta de la madeja y fue más que suficiente; mañana mismo estarán con su Ministro y ya veremos qué les dice él. – siguió atacándolo ella.

El sonido de un asiento arrastrándose los distrajo de su discusión y giraron a ver cómo Moody se levantaba trabajosamente y se encaminaba a la puerta dándoles la espalda.

- ¡Alastor! ¿A dónde vas? – le preguntó Kim.

- ¿A dónde crees? Tengo que poner sobre aviso a Kingsley y ver qué es lo que se hará. – masculló de mal talante.

- Pero…pero… ¡no has dicho nada! ¡Prometiste explicarnos todo en cuanto llegara Travis! – se quejó Laria saltando del asiento.

- Eso fue antes de que cambiaran mis planes. – replicó el viejo con una mirada al rubio. – Hablaremos cuando regrese.

La mujer se dirigió furiosa a las escaleras golpeando con el hombro a Travis en el camino y se perdió tras el descanso; un sonoro portazo fue lo último que oyeron de ella.

- Sé que hice lo correcto, Moody. – dijo en voz baja el rubio.

- Ya tendremos una charla tú y yo acerca de eso. – mencionó el viejo auror antes de salir.

Kim se levantó con pesadez y subió también las escaleras, pero antes de girar en el rellano se dirigió a su compañero.

- Si estás tranquilo con tu conciencia no tienes porqué sentirte culpable. – dijo.

- No lo hago. – replicó el otro.

- Me alegra. – sonrió Kim siguiendo su camino.

Travis se quedó solo en el gran salón y tras soltar una maldición, golpeó con fuerza una pequeña mesa lateral reduciendo sus adornos a añicos.

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Hermione se movía por la amplia cocina de la Casa Black, buscando en los estantes una taza y lo necesario para prepararse algo de chocolate.

Eran las dos de la mañana y no podía conciliar el sueño por más que lo intentó, así que dejó de dar vueltas en la cama y bajó para tomar algo.

Hacía apenas un par de hora que ella y los chicos se fueron a descansar, tras pasar mucho tiempo conversando en el salón. Luego de analizar todo lo referente a ese hombre, Travis, se pusieron de acuerdo acerca de cómo abordar a Kingsley para que les dijera qué era lo que estaba pasando. La opción de Harry, de ir y simplemente preguntar, parecía la más práctica y efectiva.

Luego fue el turno de Hermione de hablar. Les contó absolutamente todo lo que venía sospechando de Malfoy, desde la conversación que oyera con el extraño el primer día de clases, hasta la velada amenaza de ese día.

De nuevo tuvo que hacer lo posible para tranquilizar a sus amigos y evitar que fueran a buscar a Malfoy; ya habían tenido suficiente con el encuentro de esa tarde. Pudo convencerlos de que lo mejor sería hablar con Kingsley y según lo que les revelara podrían informarle de las andanzas de Malfoy, quizá hasta les sirviera ese conocimiento para obtener alguna información valiosa.

Se sentó a la mesa con su bebida, tomando pequeños sorbos mientras continuaba pensando, parecía que eso era lo único que había hecho en todo el día, pensar.

La puerta de la cocina se abrió con cuidado, dejando ver a un Harry más despeinado que de costumbre que se frotaba la nuca ahogando un bostezo.

- No podía dormir. – declaró el muchacho.

- Únete al club. – replicó Hermione señalando su taza.

- ¿Queda algo de eso? –le preguntó su amigo.

- Sí, en la cacerola, ¿quieres que te sirva un poco? – ofreció la joven.

- No, deja, yo lo hago. – contestó él.

Hermione lo observó servirse lo que quedaba del chocolate y luego lavar el cuenco a lo muggle, que era como hacía casi todo la mayor parte del tiempo. Siempre le asombraba lo bien que se le daban a Harry esas cosas, aunque bien pensado casi era lógico considerando la familia con la que se crió.

- ¿En qué piensas? – le preguntó su amigo sentándose frente a ella.

- Nada especial. – se encogió de hombros ella.

- Eso quiere decir que era algo relacionado conmigo. – sonrió Harry.

- Por supuesto que no. – negó Hermione con énfasis.

- Ya, si tú lo dices. – aceptó el muchacho no muy convencido. - ¿No podías dormir pensando en todo lo que ha pasado?

- Sí, imagino que a ti te ocurre lo mismo; pero sospecho que Ron no tiene el mismo problema. – comentó la chica.

- Sospechas bien. – asintió Harry.

Hermione sacudió la cabeza divertida y se entretuvo haciendo círculos con el dedo sobre la mesa, en silencio, mientras Harry parecía estar pensando con la cabeza apoyada en una mano. Le gustaba eso de él, se sentía tan cómoda a su lado sin necesidad de hablar, algo realmente difícil con la mayor parte de sus conocidos, por no mencionar a Ron, quien se desesperaba cuando las personas se quedaban mucho tiempo en silencio.

Ella realmente apreciaba el poder permanecer al lado de alguien sin sentir la necesidad de llenar el silencio con palabras vacías. Con Harry se sentía en paz, ya no le oprimía el pecho como hacía unos momentos cuando estando sola pensando en todos los problemas que al parecer tendrían que enfrentar; ahora estaba más tranquila, optimista al menos.

- ¿Esta vez si me dirás en qué piensas? – Harry interrumpió sus pensamientos.

- En que tengo mucha suerte de tenerte conmigo. – respondió la joven con una sonrisa.

Harry la vio con una mezcla de sorpresa y confusión en su rostro que le arrancó una carcajada.

- No lo entiendo, ¿Qué es tan gracioso? – insistió su amigo.

- Nada, Harry, no me hagas caso. ¿Sabes qué? Creo que empiezo a sentir algo de sueño, me voy a la cama. – se levantó Hermione llevando su taza al fregadero.

- ¿Porqué siento que no me estás diciendo algo? – le preguntó suspicaz.

- No es así, en serio. – le aseguró. - ¿Te quedas?

- No, voy contigo, me vendrá bien dormir un rato. – le dijo siguiéndola fuera de la cocina.

Subieron las escaleras en silencio, lado a lado. Pasaron por la habitación de Ron e intercambiaron una sonrisa al oír los potentes ronquidos.

Una vez que llegaron a la pieza de Hermione, la chica abrió la puerta, pero antes de entrar miró a su amigo con atención.

- Harry, todo saldrá bien al final, ¿verdad? – preguntó con cierta ansiedad.

- ¿No es siempre así? – contestó él sonriendo.

- Sí, tienes razón, gracias. Que descanses. – se despidió.

- Tú también. – correspondió el muchacho.

Hermione cerró la puerta con una sonrisa y Harry cruzó el corredor para ir a su habitación; una expresión curiosa adornaba su semblante, entre la duda y el desconcierto.

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- ¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Moody después de tomar un trago de su petaca.

Kingsley dio una calada a su pipa, el único vicio que tenía y del que no hablaba mucho, antes de ver a su amigo pensativo.

Compartían una pequeña oficina que este último habilitara en su casa para tratar asuntos de trabajo sin importunar a su familia.

La última hora, Alastor le había dado tanto información que se sentía realmente agobiado, reconoció pasándose la mano por la frente.

Lo de La Gran Noche confirmado ya era suficiente para inquietarlo, pero no podía negar que era algo que venían suponiendo hacía muchos meses, al menos no los cogía con la guardia baja.

Fue el motivo principal para reclutar aurores extranjeros, recopilar la información y mantener bajo vigilancia a todos los sospechosos; no era algo que los tomara por sorpresa.

Pero hablar de todo esto con Potter…

No, nunca estuvo entre sus planes; creyó que lo solucionarían sin que hubiera necesidad de que la mayor parte de la Comunidad Mágica se enterara, Potter y sus amigos incluidos.

- Ese auror tuyo es demasiado impetuoso. – cabeceó Kingsley.

- ¡Impetuoso! Atolondrado, imprudente, falto de sentido común, eso es lo que es. – rumió disgustado Moody.

- No seas tan duro con él, también es muy valiente, lo sabes. – replicó su amigo.

- Ya hemos enterrado a demasiados valientes. – le dijo el viejo con tono sombrío. – Pero no vine a hablar de Taylor sino a saber qué vas a hacer cuando Potter venga a hablar contigo.

Kingsley miró el techo con las manos cruzadas tras el cuello, con una mueca triste.

- No tenemos opción, Alastor, si me busca haré lo correcto y le diré lo que debo. – expresó el hombre.

- ¿Y qué sería eso? – preguntó Moody aunque ya lo imaginaba.

- La verdad. – respondió Kingsley gravemente.

El viejo tomó otro trago de su petaca y repantigándose en el sillón empezó a negar en señal de desacuerdo.

- La verdad. – Repitió bufando.- ¿Entonces porqué mejor no reunimos a todos y aprovechamos para contarlo sólo una vez?

- Me parece una excelente idea. – indicó Kingsley con aparente calma, ignorando la mirada incrédula de su amigo.

Sí, sería lo mejor. Si Potter llegaba buscando respuestas y el grupo de Alastor necesitaba saber a qué se enfrentaba, pues lo más práctico era reunirlos a todos de una vez. ¿Quién sabe? Tal vez algo buen podría salir de todo eso. Y con esa idea, le dio una nueva calada a su pipa.

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jueves, 7 de enero de 2010

SEXTO CAPITULO




Disclaimer: Todos los personajes y lugares conocidos, salvo obvias excepciones, pertenecen a J. K. Rowling.

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Harry atendía a la charla del profesor sobre los procedimientos que un auror debía conocer al realizar una redada, tomando notas y frunciendo el ceño, distraído sin poder evitarlo.

Era el último día de su primera semana de clases y todo allí iba bien, pero había muchas otras cosas que le preocupaban.

Miró a Ron sentado a su lado, recordando sus comentarios del primer día; su amigo no había dicho nada más y cada vez que Harry intentaba retomar la conversación, el pelirrojo cambiada abruptamente de tema dándole a entender que no iba a decir una palabra más al respecto. A Harry eso le parecía muy injusto, porque sólo había logrado confundirlo y ni siquiera se tomaba la molestia de hablar con claridad.

¿Cuándo había ignorado a Ginny? Nunca, estaba seguro. ¿Qué había de malo en que se interesara por todo lo relacionado con Hermione? Nada, porque era su amiga y su deber era preocuparse por ella. Suponer siquiera que se olvidaba de su novia cuando Hermione estaba de por medio le parecía ridículo. Eran dos cosas totalmente distintas, Ron estaba loco.

En vez de decir tonterías, debería preocuparse tanto como él por lo que Hermione les contara a inicios de semana.

Casi rompe la pluma al apretarla con rabia sólo de recordar eso. Cuando Hermione les hizo saber que Malfoy estudiaba en la misma Academia a la que ella iba se quedó estupefacto. Mientras Ron maldecía indignado por lo que le parecía una tremenda locura, Harry pensó seriamente en cambiarse de carrera. ¡No podían dejar a su amiga sola y a merced de ese tipo! Ya, está bien, tal vez ella supiera cuidarse, pero Malfoy no era ningún idiota cualquiera, era Malfoy.

Aunque Hermione dijera una y otra vez que ni un solo día le había dirigido la palabra siquiera para insultarla o decirle algo de mal gusto, él pensaba que sólo fingía porque estaba siendo vigilado y no quería llamar la atención, pero tan pronto como se sintiera seguro empezaría a molestar a Hermione y ellos no iban a permitirlo de ninguna manera.

Hasta ahora le habían hecho caso a su amiga y se abstuvieron de ir a la Academia para prevenir a Malfoy, pero ya iba siendo hora de dejar algunas cosas en claro, sólo para evitar problemas futuros. Tan pronto como terminaran las clases de ese día, él y Ron irían a recoger a Hermione y de paso podrían aprovechar para hacerle llegar una pequeña advertencia a Malfoy, por el bien de todos.

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Estudiar sin descanso se había convertido en la rutina de Hermione desde el primer día de clases.

Ella y Padma, que dejaba muy en claro el porqué fue enviada a Ravenclaw en su época en Hogwarts, sentían la misma pasión por los libros y deseos de conocer tanto como era posible. Se convirtieron con rapidez en buenas amigas y se apoyaban mutuamente para cumplir con sus deberes.

Lo único que ensombrecía sus días de estudio era la preocupación por lo que fuera que Malfoy estuviera tramando.

No les había dicho absolutamente nada a sus amigos de lo que oyera cuando lo espió en su primer día de clases, su encuentro a hurtadillas con el hombre que no alcanzó a ver y lo inquieta que se sentía desde entonces.

Esa no había sido exactamente su idea inicial, pero ambos reaccionaron tan mal cuando les comentó que compartía clases con Malfoy que realmente temía lo que fueran a hacer. Ron gritó por horas y aún seguía mascullando en voz baja cada vez que recordaba el asunto, mientras que Harry pasó del shock a un estado de agitación y desconfianza que empezaba a ponerla nerviosa.

Si supieran lo de la discusión que oyó entre él y ese extraño ya los podía ver en la puerta de la Academia dispuestos a acusar a Malfoy de los peores crímenes y aunque ella desconfiara en igual medida de él, debía ser justa y reconocer que no parecía haberse involucrado en nada malo…aún, porque era obvio que ese hombre no lo invitaba a una partida de ajedrez.

Se preguntó mil veces si lo más sabio no sería ir al Ministerio y comentarle a Kingley o al señor Weasley lo que había oído, pero le pareció un poco injusto de su parte meter en problemas a Malfoy cuando no estaba segura de nada; aún más si ya de por si estaba siendo vigilado. Lo único que podía hacer por ahora era mantener los ojos bien abiertos y estar atenta a cualquier otra señal de que el ex Slytherin hubiera vuelto a las andadas.

Ese fue su consuelo durante toda la semana, y el viernes, mientras buscaba en la biblioteca unos títulos para mostrarle a Padma caviló también acerca de la extraña actitud que Ron estaba mostrando para con ella y Harry.

No lo veía tan reservado desde que terminaron en séptimo y aún así había algo que no la convencía del todo.

Por momentos se mostraba huraño, pero antes de que pudiera preguntarle qué le ocurría, regresaba a la normalidad; o tanta como acostumbraba. De algún modo no se quitaba la sensación de estar siendo vigilada todo el tiempo y que el causante de ello fuera uno de sus mejores amigos no le agradaba en lo absoluto.

En cuanto a Harry, si le llamaba la atención la actitud de Ron, no lo demostraba. Cada vez que ella intentaba mencionar algo al respecto, él repetía que su amigo era así y no había que darle demasiada importancia; pero conocía demasiado bien a Harry como para creerle; sospechaba que ocurría algo extraño entre los dos que no deseaban compartir con ella y no sabía si sentirse ofendida o aliviada; estando Ron de por medio uno nunca sabía qué esperar.

Hubiera continuado con los libros en los brazos y la mirada perdida, pensando en lo mismo una y otra vez, de no ser por unos fuertes pasos que se acercaban en su dirección. No se movió del lugar creyendo que se trataba de Padma, pero grande fue su sorpresa al encontrarse cara a cara con la persona que la había mantenido en guardia durante toda la semana.

Draco Malfoy se detuvo frente a ella con expresión insondable, mezcla de su acostumbrado desprecio y algo de incomodidad; al parecer no tenía ningún deseo de dirigirle la palabra, pero algo lo llevaba a hacerlo.

- Granger. – dijo sonando a cualquier cosa menos a un saludo.

- Malfoy. – respondió la chica sin saber qué más decir.

- Dos cosas muy sencillas, Granger. Primero, no me gusta que me sigan, mucho menos alguien como tú; y en segundo lugar, si vuelves a oír una conversación que no te incumbe atente a las consecuencias.- declaró antes de girar para irse.

Hermione apenas si salió de su asombro para dar unos pasos en su dirección y hablar con voz fría.

- No sé de qué estás hablando. – mintió.

- El idiota es Weasley, tú sólo eres una sangre sucia, ¿recuerdas? Creo que he sido bastante claro, considérate advertida. – con una última mirada despectiva dio medio vuelta y se perdió entre los estudiantes.

La joven soltó suavemente la varita que había empuñado con discreción y tras fruncir el ceño, se aferró a sus libros y salió del lugar.

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Kim y Laria se reunieron en el amplio vestíbulo de la casa, luego de cumplir cada uno con sus respectivas asignaciones.

La mujer lucía tan malhumorada como de costumbre y ocupó uno de los asientos del salón, luego de saludar con una cabezada a su compañero. Él hizo otro tanto, dejando pasar las malas maneras que sabía eran el resultado de la falta de noticias que la agobiaban.

- Antes de que preguntes; no, no se ha sabido nada de Moody y he revisado tantas veces esos pergaminos buscando alguna pista que empiezo a ver doble. – le informó Laria sobándose las sienes con ademán cansado.

- Lo suponía. – observó Kim, ocupando un sillón. – Yo, al menos, creo haber encontrado algo interesante luego de revisar los archivos del Ministerio.

Laria levantó la mirada con presteza y fijó su atención en lo que el otro tenía para decir.

- Es referente al sacerdote muggle que secuestraron hace unas semanas. – continuó el hombre. – Su apellido es Martin y pertenece hace muchos años a esa congregación; aparentemente no había nada que pudiera relacionarlo con nosotros, pero indagando entre viejos documentos encontré algo de su pasado que resulta de lo más curioso.

- ¿Y bien? – lo apremió Laria.

- Es un Squib. – informó Kim sin rodeos.

La mujer le devolvió la mirada sorprendida, quedándose por un momento sin palabras.

- Si no fuera porque se trata de ti, pensaría que estás bromeando. – comentó al fin.

- Dejémosle eso a Travis. – concordó con ella. – Lo que digo es totalmente en serio, aparece en los registros.

- Pero… ¿qué es lo que averiguaste exactamente? – le preguntó ella.

- En esencia, nada especial. Verás, al parecer este hombre nació de padres magos, Lattam era su apellido, que al comprobar la nula capacidad mágica de su hijo, lo dejaron en un orfanato. – le contó.

- Eso es horrible. – espetó Laria asqueada.

- Sí, es verdad, pero bastante más frecuente de lo que podrías pensar. Bien, volviendo a este hombre, sucede que nunca fue adoptado sino que optó por unirse a la Orden religiosa que lo acogió y desde entonces no había llamado la atención. Lo que sospechan en el Ministerio es que igual que muchos otros no tiene idea de cuál es su verdadero origen. – explicó Kim.

- Pero los libros que encontramos, Kim, algo debe de saber. – objetó su compañera.

- No necesariamente. Me inclino a pensar que debe de sentir cierta atracción por la magia; tratándose de un Squib es natural y eso explicaría que hubiera buscado informarse al respecto. Ahora, considera que hablamos de un sacerdote; lo más probable es que parte de él considerara que había algo malo en ese interés por nuestro mundo, aún cuando no supiera mucho y por eso escondía los libros. – expresó el oriental con lógica.

Laria guardó silencio, meditando en la información que acababa de recibir.

- Pero hay un vínculo; lo sepa o no, hay algo que lo relaciona con nosotros.- mencionó pasados unos minutos.

- Exacto, ya podemos estar seguros de que quien se lo llevó sabe de su origen y por eso lo escogió como blanco, podría apostarlo. ¿Para qué? Es algo que me gustaría saber. – mencionó Kim pensativo.

- Sí, para qué. – repitió la mujer ensimismada.

La puerta del frente se abrió con brusquedad antes de que alcanzaran a reaccionar y apenas si habían sacado las varitas cuando una figura se acercó cojeando.

- ¡Alastor! – exclamó Kim

- ¿Dónde rayos te habías metido? – lo encaró Laria cuando recuperó el habla.

El viejo la ignoró y se arrastró cansado a la silla más cercana exhalando un suspiro de alivio.

- ¿Cuál es mi apellido? – le preguntó Kim de pronto sin bajar la varita.

- Si crees que voy a poder pronunciar eso estás loco, nunca lo he hecho, pero es bueno saber que alguien se preocupa por la seguridad. – masculló el auror viendo con disgusto a Laria.

Ella tuvo al menos la delicadeza de parecer apenada, antes de recobrar su actitud altanera.

- Sabía que Kim lo iba a comprobar. – Mintió con descaro.- Pero no puedes aparecer después de tanto tiempo y no decir nada, empieza ya. ¿En dónde estabas? ¿Qué sabes? –inquirió.

- Laria…- le advirtió su compañero.

- Está bien, Kim, necesito hablar con ustedes, hay mucho qué decir, pero sería mejor que estuvieran los tres. ¿Dónde se encuentra Taylor? – preguntó Moody.

- Vigilando a Potter. – se apresuró a contestar el más joven.

- Bien, eso esperaba. – aprobó el viejo. – Bueno, supongo que tendremos que esperarlo.

- Pero Moody…- objetó Laria.

- No voy a repetir las cosas, esperamos a Taylor. Ustedes pueden ir diciéndome qué han averiguado. – ordenó tajante.

La mujer lo vio frustrada y se acomodó en el asiento sin dejar de mirar al auror con ira.

Kim, por su parte, se sentó tranquilo y observó interesado la apariencia cansada del viejo frente a él.

- Acabamos de descubrir algo muy interesante del sacerdote que sospechamos secuestraron los mortífagos. – informó.

- ¿Y qué es? – preguntó Moody.

- Se trata de un Squib. – continuó Kim.

- Ya.- asintió el mayor.

- No pareces sorprendido. – intervino Laria elevando las cejas.

- No lo estoy, ya esperaba algo así. – aceptó el auror.

Kim y Laria intercambiaron una mirada interrogante y contemplaron con mayor interés al hombre.

- No pregunten aún, les diré todo lo que sé cuando llegue Taylor, pero no me vendrían mal algunos detalles, díganme todo lo que sepan del Squib. – pidió.

- ¿No podrías al menos…? – intentó Laria nuevamente.

- No, ahora ¿quién va a hablar? – insistió Moody.

Kim lanzó un suspiro resignado y con voz calmada empezó a exponer su informe.

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Theodore Nott lanzó sin ceremonias un plato medio lleno de comida por debajo de unos barrotes de la pequeña celda.

Varios cubículos pegados uno a otro y firmemente sellados no sólo por magia, sino también por gruesas cadenas constituían una visión sobrecogedora.

El único lugar ocupado por el momento era aquel frente al que se encontraba el joven. Una mano desesperada cogió el plato y lo arrastró hacia si.

Pasaron apenas unos minutos antes de que fuera devuelto vacío y un hombre de ojos febriles se asomara a la pequeña ventanilla viendo con angustia a su captor.

- ¿Hasta cuando? – preguntó con voz ronca.

- No, no empieces, ¿quieres? Nada de oírte hoy, sólo vine a dejarte la comida. ¿Ves qué amables somos contigo, Squib? Tengo que hacer un largo viaje y aún así vengo a visitarte. – comentó el joven con burla.

- Yo no entiendo, no sé porqué me llamas así, no sé qué quieren de mi. – insistió el anciano.

- Y es una suerte que eso a nosotros nos tenga sin cuidado; pero no te preocupes, no falta mucho para que salgas de aquí. – le dijo Nott pateando el plato vacío a un rincón.

El joven empezó a subir las escaleras que lo llevarían al primer piso de la casa mientras canturreaba una canción que erizó el cuerpo del prisionero.

- Muy pronto serás completamente libre, Squib, lo prometo. – le dijo sin voltear antes de reanudar su melodía.

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- ¿Segura de que estás bien? – preguntó por tercera vez Padma a Hermione.

Ambas se encontraban en los jardines de la Academia, tras terminar la última clase del día. Los estudiantes desaparecían a su alrededor y ellas se sentaron en unas bancas libres.

Hermione intentaba parecer calmada, aunque por dentro deseara llegar cuanto antes a la Casa Black para encontrar a Harry y Ron. Había decidido contarles a ambos lo que estaba ocurriendo con Malfoy, porque ahora sí podía asegurar que el muchacho se encontraba involucrado en algo muy turbio.

Sólo que no deseaba alarmar a Padma y por eso había accedido a acompañarla un rato mientras le contaba algunas cosas referentes a un compañero de la Academia que acababa de invitarla a salir. Veía como la tarde avanzada y se limitaba a asentir o a responder con monosílabos los comentarios de su amiga.

- Hermione, te preguntaba si estás bien. – insistió la joven preocupada.

- ¿Qué? Oh, si, claro, es sólo que parece que todo el mundo se hubiera ido ya, ¿no crees? – comentó la chica viendo a su alrededor.

Estaba en lo cierto, pues apenas se veían pequeños grupos a lo lejos y sólo ellas ocupaban esa zona de los jardines.

- Tienes razón, no lo había notado, lo siento. A veces no puedo dejar de hablar, es sólo que Adam…- se disculpó Padma apenada.

- No te preocupes, al contrario, gracias por confiar en mí, y realmente creo que deberías aceptar salir con él. – le aconsejó Hermione con una sonrisa.

- Lo haré. – sonrió animada su amiga. – Y cuando encuentres a alguien podríamos salir los cuatro.

- ¿Yo? No lo creo, no tengo tiempo para eso. Además, no hay nadie…- descartó ella encogiéndose de hombros.

- ¿En serio? ¿No hay por allí nadie especial? Ya sabes, ese que cuando lo ves se te acelera el corazón y empiezas a sentir cosas raras en el estómago. – le insistió Padma con un guiño travieso.

Hermione la contempló confundida, pensando en si alguna vez había sentido algo así, pero no pudo recordarlo. ¿Corazón acelerado y mariposas en el estómago? Ni siquiera con Ron, estaba segura; sólo una persona provocaba en ella sensaciones parecidas y no tenía nada que ver con el amor. ¡Qué tonterías pensaba! Debería apresurarse en volver a casa y no andar cavilando algo tan absurdo.

- No lo creo, no hay nadie, ya te lo dije. Mira, no quiero ser grosera, pero es muy importante que vaya a casa. – le dijo a su amiga.

- Sí, claro, sólo bromeaba, no me hagas caso; también yo debería estar en camino, ¿quieres que desaparezca primero? – preguntó.

- Seguro. – respondió Hermione.

- Nos vemos el lunes, guárdame un asiento. – se despidió Padma.

- Claro, que tengas un buen fin de semana. – le deseó la joven.

- También tú, hasta luego. – dijo la muchacha antes de desaparecer.

Hermione se preparó para hacer lo mismo, mentalizada en los exteriores de Grimmauld Place, pero una figura que se acercaba en su dirección la distrajo.

Malfoy caminaba con la vista gacha, fijando la mirada en un trozo de pergamino que leía frunciendo el ceño; lo que fuera que decía no parecía agradarle en lo absoluto. Iba tan ensimismado que no pareció notar quién se encontraba en su camino.

Hermione se debatió entre desaparecer o encararlo firmemente para conseguir que le dijera en qué andaba metido; ese muchacho ya les había dado demasiados problemas en el pasado como para pasar por alto su actitud sospechosa; y además así tendría algo más coherente para contarles a Harry y Ron.

Sin embargo, antes de que tomara una decisión, ocurrieron dos cosas a la vez. Malfoy levantó al vista al sentirse observado y una mueca de ira se dibujó en su semblante. No había dado más de un par de pasos cuando unos sonoros chasquidos se oyeron tras Hermione.

La escena que vieron Harry y Ron los hizo ponerse en guardia de inmediato. Hermione parada con expresión hostil observando a Malfoy que veía a su alrededor con desagrado. El hecho de que no hubiera más personas por allí sólo aumentaba la sospecha.

Ambos se plantaron al lado de su amiga y sin darle tiempo de atinar siquiera a expresar su sorpresa, miraron fijamente al rubio que se erguía ante ellos.

- ¿Empiezas a dar problemas, Malfoy? – le preguntó Ron sin sutilezas.

- ¡Qué sorpresa! No, esperen, no lo es. Ustedes siempre aparecen de la nada para vigilar a su amiguita, ¿verdad? – comentó con ironía.

- ¡No la vigilábamos! – negó Harry adelantándose. – Pero llegamos en muy buen momento porque necesitábamos hablar contigo.

- ¿Y de qué podrá ser? – se preguntó el rubio rodando los ojos.

- Es muy sencillo, no te metas con Hermione; si nos enteramos de que la has molestado de alguna manera te las verás conmigo. – lo amenazó Ron.

Hermione se apresuró a situarse entre los chicos para evitar una discusión; no era así como deseaba hablarles a sus amigos de lo que venía sospechando, pero Harry la tomó del brazo para hacerla a un lado.

- Realmente no creo que seas tan idiota como para meterte en problemas de nuevo, pero si tan sólo por molestar se te ocurre ofender a Hermione, ya no vendremos sólo a hablar. – le advirtió el muchacho con una mirada feroz.

Malfoy lucía aparentemente aburrido por lo que le decían, pero sus ojos astutos no perdieron detalle de cada movimiento de los demás, en especial la actitud sobre protectora de Harry.

- Vaya, parece que me he perdido de algo; no que me interese, claro, pero no deja de ser curioso. – Mencionó arrastrando las palabras.- Sé que los Gryffindors llevan la amistad al extremo, aún fuera de la escuela, pero ¿no les parece que compartir a la sangre sucia es demasiado…?

- ¡Cuida tus palabras, Malfoy! – lo cortó Ron con la mano en la varita.

- Bueno, Weasley, haz un esfuerzo y piensa; aunque hayas terminado con ella, pasársela a Potter debe doler, ¿no? – comentó el rubio hiriente.

- ¡Suficiente! – exclamó Harry sacando la varita.

Malfoy hizo lo mismo y ambos se apuntaron con gesto amenazante.

- Harry, no le hagas caso, sólo quiere causar problemas; vamos a casa, por favor. – le pidió Hermione con una mano sobre su brazo.

- Sí, Potter, hazle caso a tu novia; aunque ahora que lo pienso, ¿qué no andabas con la hermana de la Comadreja? – continuó Malfoy sin bajar la guardia.

- ¡Sigues siendo la misma basura de siempre, Malfoy! – espetó Ron con desprecio.

En la acera de enfrente, mientras Harry y Ron intercambiaban insultos con Malfoy ignorando los llamados a la paz de Hermione, unos ojos azules preocupados contemplaban la escena.

Travis siguió a los muchachos desde la Academia de Aurores, seguro de que su destino sería como era habitual la casa de Grimmauld Place, pero le sorprendió ver que se dirigían a recoger a su amiga.

De cualquier modo, no le dio mayor importancia y se mantuvo distante, esperando que los tres se reunieran y volvieran a la casa.

Ahora estaba allí, viendo como se desarrollaba una tremenda discusión con un muchacho que estaba seguro pertenecía a la familia Malfoy; el menor con seguridad por lo que leyera de los informes de Kingsley. Si era así, el chico era de cuidado y tenía un prontuario más que preocupante.

- ¿Dónde demonios están los profesores cuando se les necesita? – masculló mirando en todas las direcciones y encontrando la zona desierta.

Si intervenía, Moody lo iba a matar, no sin antes oír lo sermones de Kim y las burlas de Laria; pero no podía quedarse de brazos cruzados, su prioridad era cuidar a Potter y por lo que sabía ese muchacho Malfoy era muy capaz de lanzarle un Avada a traición.

- ¡Rayos! – exclamó molesto.

Los jóvenes en el jardín, ajenos a lo que sucedía alrededor, continuaban discutiendo sin tregua.

- Harry, Ron, por favor, ya no estamos en la escuela, no caigan en su juego. – decía Hermione desesperada.

- Yo no juego con gente como ustedes, sangre sucia. – espetó el rubio con desprecio.

Harry y Ron lanzaron hechizos en simultáneo, pero el apuro y la furia con la que actuaron hicieron que antes de llegarle a Malfoy, ambos se cruzaron y se anularon el uno al otro. La frustración de los chicos le dio suficiente tiempo al ex Slytherin para atacar, directo a Harry.

Hermione levantó la varita para invocar un escudo, pero ni siquiera llegó a pronunciar las palabras, pues una fuente de energía pareció materializarse por un segundo entre ellos y Malfoy, protegiéndolos, y antes de que se desintegrara le dio de lleno al rubio haciéndolo trastabillar.

Los cuatro giraron a ver asombrados para encontrarse con un hombre alto y rubio a sólo unos pasos que los miraba con una mueca entre divertida y burlona.

- Niños, vamos, ¿no han tenido ya suficientes peleas como para toda su vida? – les dijo Travis.

Sacudiendo la cabeza para salir de su estupor, Malfoy vio al extraño con ira y giró hacia Harry.

- ¿Contrataste a un guardaespaldas? El Salvador del Mundo Mágico no puede defenderse solo, ¡patético! – le dijo casi escupiendo.

- ¡No conozco a este hombre! – se apresuró a contestar Harry.

- ¡Pero nosotros sí! – exclamó Hermione con voz acusadora.

Travis se encogió de hombros con tranquilidad y guardó la varita en el bolsillo de los pantalones lentamente.

- Ustedes no me conocen, no sean ridículos. En cuanto a ti, chiquillo, no dudo que Potter pueda acabarte con una mano atada a la espalda, pero no me iba a quedar a mirar; y sólo para que quede claro, no soy un guardaespaldas, pero sí poco tolerante a los insultos, así que muérdete la lengua antes de decir algo en mi contra, ¿está bien? – le dijo a Malfoy con una mirada amenazante.

Malfoy no bajó la vista, pero dio una mirada alrededor y sabiéndose en absoluta desventaja guardó la varita y sin decir una palabra más, observándolos con resentimiento, desapareció.

- ¡Al fin! Sospecho que ese muchacho no tiene muchos amigos.- resopló Travis. - ¿Han visto antes a alguien que parezca odiar tanto al mundo? – preguntó.

Al no obtener respuesta, giró para toparse con tres pares de ojos que lo veían con desconfianza.

- ¡Hey, tranquilos! Soy de los buenos. – les aseguró el rubio.

- ¡Nos has estado siguiendo! – exclamó Ron.

- Quizá un poco. – reconoció Travis. – Pero no crean que eso sólo lo hacen los malos.

- ¿Quién eres? – le preguntó Harry.

- Es una historia un poco larga y la verdad es que no cuento con mucho tiempo; ¿qué les parece si nos reunimos un día de estos a conversar? Yo los busco. – ofreció el hombre esperanzado.

Los tres jóvenes en simultáneo y sin ponerse de acuerdo le apuntaron con las varitas y le dirigieron una mirada escéptica.

- Nosotros sí tenemos tiempo. – indicó Harry con frialdad.

Travis masculló algo acerca de brujas amargadas y jefes dictadores antes de exhalar un suspiro resignado.

- ¿Qué tanto? – preguntó con voz misteriosa.


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jueves, 17 de diciembre de 2009

Destino: Quinto capítulo



Disclaimer: Todos los lugares y personajes pertenecen a J. K. Rowling. Nosotros sólo inventamos algunas cosillas para divertirnos.


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La noche antes de empezar las clases en sus respectivas Academias, Harry, Ron y Hermione se encontraban reunidos en la amplia cocina compartiendo la cena y discutiendo acerca de los asuntos que preocupaban al primero.


- Te lo digo, Harry, estabas preocupándote por nada. – decía Ron, cortando su filete.


- Aún no estamos seguros. – dudó su amigo.


- Papá te dijo que todo está tranquilo, ¿Qué más puede ser? Ya sabes que si ocurriera algo extraño él se habría enterado. – insistió el pelirrojo.


- Tal vez se trate de algo que ocurre fuera del Ministerio, entonces tu padre no podría estar enterado. – intervino Hermione en la charla.


- Hermione, por favor, no le des ideas, ¿quieres? – se quejó Ron sacudiendo la cabeza.


- ¿Crees que en el Ministerio podrían no saber lo que pasa? No lo sé, Hermione, recuerda que Kingsley está al mando ahora y él es muy cuidadoso. – le hizo ver Harry ignorando los gestos de su amigo.


- No dudo de la capacidad de Kingsley, pero él no puede estar en todo, o a lo mejor es un asunto tan delicado que lo mantiene en secreto o algo así. – sugirió la chica.


- Ustedes siguen haciendo suposiciones basados en nada. En serio, chicos, ¿qué tenemos? Una extraña que a Harry le pareció sospechosa y un muggle desaparecido; lo siento por él, peor no veo la relación. – repitió el pelirrojo por décima vez desde que empezaron la discusión.


- Te estás olvidando del hombre de la Estación. – le recordó Hermione.


- ¿Realmente piensas que porque salió detrás de mi padre y Harry los estaba siguiendo? – preguntó Ron incrédulo.


- Había algo en él, no sé, raro. – dijo la joven, dirigiéndose a Harry. - ¿Recuerdas que te conté cómo nos dijo a Ron y a mí que su familia lo esperaba en la Estación? Pues yo no los vi por ningún lado.


- Tal vez salieron antes o después. El tipo parecía un poco distraído y puede que se perdiera de nuevo. Además, su sobrino salió a despedirlo al Andén, no mintió en eso. – observó Ron.


- Aún así es raro, ¿no? Dos extranjeros sospechosos cerca de nosotros en menos de una semana. – comentó Hermione pensativa.


- ¿Qué tienes contra los extranjeros? Pensé que te gustaban. – bromeó Ron. – Sólo recuerda a Vicky.


Su amiga lo vio furiosa por la broma y estuvo a punto de contestarle de mala manera, pero sintió la mano de Harry en su hombro y volteó a verlo interrogante.


- Eso no fue gracioso, Ron, deberías revisar tu sentido del humor. – le dijo su amigo muy serio y viéndolo fijamente.


Ron pareció sorprendido por el llamado de atención y tras dejar sus cubiertos con brusquedad sobre el plato vacío, se levantó y se dirigió a la puerta.


- Sólo fue un comentario, no es para tanto, y creo que son ustedes los que deberían preocuparse por revisar otras cosas. – dijo ácidamente antes de cerrar con un golpe la puerta al salir.


Hermione y Harry se quedaron viendo el umbral con expresión pensativa y confusa.


- ¿Qué quiso decir con que revisemos otras cosas? – se preguntó la joven al fin.


- No lo sé, ya me acostumbré a no entenderlo a veces. – indicó el muchacho sin darle demasiada importancia. – Y también estoy seguro de que mañana estará como si nada, ya lo conoces.


- Claro, tienes razón; y gracias por decirle…ya sabes. – mencionó la chica algo cohibida.


- No es nada, lo que dijo estuvo mal, ya olvídalo. – insistió Harry.


- Sí, bueno, me voy a la cama; mañana será un día pesado. – anunció Hermione viendo la mano que seguía sobre su hombro.


- Ah, lo siento. – dijo el chico al notarlo y quitando la mano con rapidez.


Su amiga se puso de pie y tras llevar los platos al fregadero se despidió desde la puerta con una cálida sonrisa.


- Buenas noches, Harry, no te quedes hasta muy tarde. – le dijo antes de salir.


- Buenas noches, que duermas bien. – le respondió el joven sonriéndole también.


Una vez que se encontró solo, Harry apoyó la cabeza en una de sus manos y fijó la mirada en la pared de la cocina con expresión pensativa.


¿Por qué le había molestado tanto el comentario de Ron? Sabía que era una broma, mala, si, pero usualmente lo eran. De lo que estaba seguro era que no se trataba esta vez de alguna burla al azar, sino de algo que había incomodado a Hermione y eso no le hizo mucha gracia. Tal vez exageró, pero igual hablaría luego con Ron para que pensara antes de hablar, al menos cuando se trataba de su amiga; después de todo, era responsabilidad de ellos cuidarla ahora que vivían juntos, ¿no?


Reprimiendo un bostezo y más tranquilo al encontrarle una explicación lógica a su reacción, se encaminó a su dormitorio. Hermione tenía razón, mañana sería un día muy ajetreado.


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Laria y Kim tomaban el desayuno en un pequeño comedor de la casa que usaban como Cuartel General. Ambos tenían por costumbre desde que llegaron a Londres compartir esa comida, ya que eran los primeros en levantarse aunque no fuera necesario; generalmente Travis no se les unía hasta que ya casi habían terminado.


Casi nunca hablaban, apenas si intercambiaban un saludo cortés y luego todo era silencio hasta que el rubio llegaba con sus charlas interminables a desesperarlos; pero este día las cosas eran distintas. Ambos se encontraban inquietos por su última conversación con Moody y las lúgubre predicciones que había hecho respecto a lo que fuera a ocurrir en Alemania, y lo peor era que desde ese día el viejo auror andaba desaparecido no tenían idea haciendo qué.


- Kim, ¿has estado alguna vez en Alemania? – preguntó Laria de pronto.


- Un par de veces, por trabajo, pero nunca me quedé más de tres o cuatro días. – contestó el oriental bebiendo su té.


- ¿Y viste algo raro? – insistió ella sin disimular su inquietud.


- ¿Raro? Laria, somos magos, la definición de “raro” en nuestro caso es más que relativa. – observó Kim.


- Ya lo sé, me refería a algo como “muy raro”. ¿No sabes si ha habido allí algún mago tenebroso particularmente fuerte? Alguien como Voldemort aquí, tal vez. – le comentó la mujer.


- No, jamás he oído de otro como él en cualquier lugar del mundo. Todo país tiene su historia, claro, pero en el caso de Alemania no recuerdo ningún caso que llamara la atención. – continuó Kim.


Laria asintió fastidiada y se sirvió su tercera taza de café mientras con la mano libre tamborileaba sobre la mesa.


- ¿Cómo puede Moody hacernos esto? ¡Es una falta de consideración! ¿Quiénes cree que somos? ¿Sus criados? Parece que olvida que estamos aquí para ayudarle, no para que nos trate como a niños que no pueden ser informados de hechos concretos; está en la obligación de decirnos todo lo que sabe. Nos jugamos la vida, Kim, puedo sentirlo, y me gustaría saber al menos a qué me voy a enfrentar. – explotó al fin la mujer casi sin respirar.


Kim la dejó hablar sin interrumpirla; al parecer Laria necesitaba expresar todo lo que venía rumiando los últimos días.


- Comparto tu opinión, Laria, aunque tal vez no con tanto ímpetu. Pero debes tener un poco más de confianza en Alastor; sé que no es fácil, no con esa actitud suya, pero tiene una excelente reputación y lo más importante es que es un buen hombre. Creo que si no nos ha dicho nada no es por falta de consideración, como dices, sino que prefiere estar completamente seguro antes de llamar al pánico. En circunstancias como estas es lo mejor, debes aprender a controlarte y a no bajar la guardia; todo saldrá bien, ten confianza. – intentó tranquilizarla su compañero con una poco común sonrisa.


- Está bien, supongo, pero le pediré a Moody que nos diga lo que sospecha de cualquier modo. – dijo Laria más calmada pero sin abandonar su terca actitud.


- No lo dudo. – dijo Kim en voz baja.


Continuaron su desayuno en silencio hasta que Travis hizo su aparición con el ruido habitual, bajando los escalones de dos en dos y entrando al comedor casi corriendo mientras ahogaba un bostezo.


- Buenos días, muchachos. Qué bien dormí, no recuerdo cuando fue la última vez. ¿Me pasas la mermelada, Kim? – pidió a la vez que se sentaba y se servía un poco de jugo.


- ¿Todo bien en la guardia? – preguntó el oriental alcanzándole el recipiente.


- Nada nuevo desde que Potter se separó de sus amigos para hablar con ese señor Weasley; desde entonces han permanecido en casa. – le informó Travis empezando a comer.


- Sí, hablé de eso con Kingsley; me contestó diciendo que el señor Weasley es un muy buen hombre y le tiene mucha confianza, pero lo ha mantenido al margen de todo esto, así que no puede haberle dicho nada especial a Potter. – mencionó Kim.


- ¿Saben? No creo que eso sea muy inteligente, pero Moody es un tipo muy terco. Quiero decir, el chico y sus amigos ayudaron a derrotar a Voldemort, ¿no? Más que eso, Potter lo acabó. ¿Porqué no les dicen lo que está pasando? Podrían ayudar. – sugirió Travis con lógica.


- Al parecer Moody y Kingsley creen que Potter ya pasó por muchas cosas y al ni siquiera estar seguros de qué es exactamente lo que ocurre, no creen que sea buena idea alarmarlos, para eso estamos nosotros aquí. – le dijo Kim.


- Pero si las cosas empeoran tendrán que hablar con ellos, no pueden ocultarles todo siempre; además el chico no es tonto, sospechará si es que no lo hace ya. – se sumó Laria.


- Especialmente si ciertas personas se dejan ver cuando no deben, ¿verdad? – mencionó Travis con tono bromista.


- También tú lo hiciste. – se defendió Laria al momento.


- Pero yo lo hice a propósito y no tiene porqué sospechar de mí; en cambio tú parándote como un buitre vigilante en una esquina, con razón el chico Potter se puso en guardia. – rió Travis con descaro.


- Dime algo, Travis, tú país es muy grande, ¿cierto? – preguntó la mujer tranquilamente al cabo de unos minutos en silencio.


- Sí, bastante. – respondió el rubio confundido por la falta de hostilidad.


- Pero he oído que no está muy poblado; es decir, que para su tamaño hay pocos habitantes. – continuó Laria.


- Sí, siempre ha sido así. – aceptó Travis sin saber a dónde quería ir a parar ella.


- Bueno, eso lo explica todo. – mencionó la mujer dejando su servilleta a un lado.


- ¿Explica qué? – inquirió el otro.


- El que te hayan permitido convertirte en auror siendo tan idiota, no tienen mucho de dónde escoger. – replicó Laria cortante y con una sonrisa satisfecha.


- ¡Hey! – exclamó el rubio ofendido.


Kim había escuchado la charla suponiendo lo que Laria iba a decir y cuál sería la reacción de Travis; esos dos podían ser muy divertidos a veces, debía reconocerlo, pero no tenían tiempo para juegos.


- Lamento interrumpir, pero se hace tarde. Potter y sus amigos inician sus estudios hoy. Según el plan, Travis, tú sigues encargado de la vigilancia, pero no permitas que te vean nuevamente, resultaría sospechoso. – indicó el oriental con su tono calmado.


- Ya lo sé, pero como dijo Moody, mi prioridad será Potter y por extensión el pelirrojo porque van a la misma Academia; lo que no sé es qué haremos con la chica. – mencionó el rubio adoptando una actitud más profesional.


- Tendrá que quedarse sola por hoy, no creo que corra ningún peligro. Debo ir al Ministerio a hablar con Kingsley acerca del muggle secuestrado y Laria va a quedarse por si Alastor vuelve, además de que debe terminar unos informes. – comentó Kim.


- Como siempre, yo tengo la parte más divertida. – masculló Laria irónica.


- Es lo que hay, carissa, ni modo; y esa palabra la aprendí sólo para ti. – se rió Travis sin rastro de rencor.


- Y lo pronunciaste bien, qué emoción. – se burló la mujer.


- Antes de que empiecen de nuevo, Travis y yo nos vamos, tenemos trabajo. Si algo sucede, llevamos los anillos. – dijo Kim poniéndose de pie.


- Espera un minuto que coja unos panecillos, aún no termino. – pidió Travis tomando algunos en una servilleta. – Ahora sí, a la escuela de nuevo.


- Sólo compórtate, ¿quieres? – le pidió Kim caminando a la salida.


- Seré un buen chico, tranquilo. – le aseguró el rubio siguiéndolo.


Ambos oyeron la voz de Laria desde el corredor con su acostumbrado tono sarcástico.


- Pórtense bien, niños o papi Moody les dará una tunda. – dijo casi a gritos.


Kim y Travis intercambiaron una mirada divertida y una vez que cruzaron la puerta se desaparecieron a diferentes lugares.


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La Academia de Leyes Mágicas se ubicaba en uno de los más grandes barrios de Londres, oculta de miradas muggles por una serie de hechizos protectores; estaba compuesta por varios edificios y amplios jardines por los que paseaban los estudiantes.


Hermione llegó temprano, en apariencia muy tranquila, pero por dentro se sentía tan nerviosa como en su primer día en Hogwarts. No había dejado de pensar en la suerte de Harry y Ron que al menos compartían la misma escuela, ella, en cambio, estaba allí completamente sola.


Se recriminó por estar pensando de ese modo, ya no era una niña y nunca le había tenido miedo a enfrentar un nuevo reto. Iba a aprender todo lo necesario para entrar al Ministerio y empezar a cambiar esas leyes arcaicas que nadie se atrevía a tocar. Enderezó los hombros y levantó la barbilla con expresión decidida al entrar al edificio en el que recibiría su primera clase.


Una vez allí, buscó un asiento disponible en la fila de adelante y desplegó los libros y pergaminos. Iba a empezar a leer en tanto esperaba al maestro, cuando una voz conocida llamó su atención.


- ¡Hermione Granger! Sabía que estarías por aquí. – la saludó una joven morena sentándose a su lado con una sonrisa amistosa.


- ¿Parvati? – preguntó Hermione confundida.


- ¡No, por Merlín! Siete años y no puedes diferenciarnos; soy Padma. – negó la chica sonriendo aún más.


- ¡Perdón! Lo siento, la verdad es que usualmente si podría, es sólo que me tomaste por sorpresa. – se excusó Hermione arrepentida.


- No te preocupes, estoy acostumbrada; lo bueno es que soy la única Patil aquí, de modo que nadie podrá equivocarse con facilidad. – mencionó la joven satisfecha.


- Ya veo. Es decir que Parvati optó por otra carrera. – supuso la chica.


- No exactamente. Verás, ella y Lavander se han tomado un año sabático para viajar y encontrar a su ojo interior. – le explicó Padma con expresión solemne para luego romper a reír.


- ¿Ojo interior? – repitió Hermione uniéndose a sus risas.


- Sí, al parecer cuatro años de Adivinación no fueron suficientes para ubicarlo, así que han ampliado su área de búsqueda. – continuó riendo la chica.


Hermione no pudo evitar pensar que semejante información no le sorprendía en lo absoluto, sólo esperaba que ese par no se metiera en demasiados problemas. En cuanto a Padma, le alegraba ver un rostro familiar entre tantos extraños y algo le dijo que ellas podrían ser buenas amigas, según fue confirmando al intercambiar puntos de vista; una pena que en Hogwarts nunca hablaran mucho por ir a distintas Casas.


Cuando más cómoda se encontraba y pocos minutos antes de que se iniciara la clase, unos murmullos en la habitación hicieron que buscaran el origen de toda esa conmoción. Lo que vieron las dejó pasmadas.


Draco Malfoy, tan altivo como siempre, se abría paso entre la multitud arremolinada en la puerta e ignorando las abiertas muestras de hostilidad se ubicó en el asiento más alejado de la clase.


- ¡No puedo creerlo! – exclamó Hermione en cuanto recuperó el habla.


- ¿Cómo han podido permitirle entrar? ¿Leyes Mágicas él? – se sumó Padma desconcertada.


- Pensé que algunas cosas habían cambiado y un viejo apellido no tendría más valor que el sentido común; parece que me equivoqué. – masculló Hermione sin disimular su indignación.


- A mis padres no les hará mucha gracia que comparta clases con él. – le confió su amiga en un cuchicheo.


- ¿Te preocupan tus padres? Prueba a decirle a Harry y Ron esto. – observó Hermione con tono abatido.


El maestro entró en ese momento para empezar su exposición y todos lo alumnos de pie corrieron a sus asientos para tomar notas y prestar atención a la clase.


Hermione vio sobre su hombro con discreción para observar a Malfoy tomando apuntes con la mirada fija en el pergamino; su expresión tan arrogante como de costumbre. Sin embargo, la joven alcanzó a observar cómo en un par de ocasiones veía por la ventana y una sombra de inquietud cruzaba su semblante. No supo porqué, pero ese simple gesto la puso muy nerviosa.


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En la Academia de Aurores, Harry y Ron salían del aula luego de dos horas de clases teóricas que los habían dejado mentalmente exhaustos.


- Esto es ridículo. – resopló el pelirrojo. - ¿Acaso creen que cuando tengamos a un enemigo al frente le vamos a recitar toda esa información?


- Supongo que la idea es que seas tú quien lo tenga claro. – rió Harry divertido por la indignación de su amigo.


- Ya, eso está bien, pero igual nosotros ya tenemos algo de experiencia, ¿no? Quiero decir que ya sabemos lo que es pelear en duelos y no lo hemos hecho del todo mal. – le hizo notar Ron.


- Claro, pero aún así no es lo mismo. No tuvimos elección entonces, sólo hicimos lo que pudimos con lo que sabíamos; reconoce que nos la pasábamos improvisando. – recordó Harry al entrar a la cafetería.


- Ya, y ser auror es distinto porque ahora sí conoceremos todos los hechizos y esas cosas, lo sé. – reconoció el pelirrojo a su pesar tomando una mesa vacía.


Harry asintió y ocupó un asiento, intentando ignorar las miradas curiosas que el resto de los estudiantes trataban en vano de disimular. Todo el día había sido lo mismo y estaba haciendo lo posible por no dejar que le afectara, pero no era nada sencillo.


- Es sólo el inicio; en Hogwarts fue peor y era sólo un niño. – se recordó en un susurrro para calmarse.


- Harry, ¿estás hablando solo? – lo miró alarmado Ron.


Su amigo detuvo el camino del emparedado a la boca, preocupado por la actitud de Harry.


- Un poco. – reconoció su compañero riendo.


- ¿Porqué? – insistió su amigo sin comprender.


- Es todo esta atención, no me gusta. Ya, no me veas así, ya lo hemos discutido antes. Pasará pronto, lo sé, eso es lo que me decía. – se encogió de hombros el muchacho.


- Pero de allí a hablar solo la verdad…- comentó Ron no muy convencido.


- Sólo repetía lo que Hermione me dijo la otra noche, nada más. – comentó su amigo tranquilo.


- Por supuesto. – mencionó el pelirrojo sarcástico.


Harry lo vio con el ceño fruncido y se fijó la hora en su reloj para saber cuándo debían ir a su próxima clase.


- ¿Qué quieres decir? – le preguntó.


- ¿De qué? – replicó Ron.


- Sabes de lo que hablo, no me vengas con eso. Anoche también hiciste un comentario muy extraño, pero preferí ignorarlo y ahora lo haces de nuevo, ¿te hice algo y no me enteré? – lo encaró su amigo empezando a disgustarse.


- Dime algo, Harry, ¿acaso Ginny no te ha aconsejado nada? ¿Ella no te ha dicho que no te preocupes por toda esa atención? – preguntó Ron a su vez.


- No lo sé, no me acuerdo. ¿Qué tiene que ver eso con lo que estoy diciendo? – replicó el muchacho confundido.


- Todo, Harry, ¿no te das cuenta? Sólo es Hermione esto o Hermione lo otro, ¿y qué pasa con Ginny? Se supone que ella es tu novia, pero apenas si la mencionas. – se alteró el pelirrojo.


- Odias que hable de tu hermana. – le recordó Harry sin entender.


- Me molesta más que actúes como si no existiera. Reconócelo, Harry, cuando está Hermione de por medio no existe nadie más para ti y no me gusta que traten así a mi hermana. – espetó Ron disgustado.


- ¡Jamás he hecho nada que la ofendiera! – le dijo su amigo al momento.


- No es eso lo que quiero decir. ¿Sabes qué? Sólo déjalo, ya va a empezar la próxima clase. – replicó Ron dándose por vencido y retirando su asiento.


Harry siguió a su amigo fuera de la cafetería y se le puso en frente para impedirle el paso.


- ¿Qué está pasando, Ron? – le preguntó muy serio.


- Nada aún, creo. Escucha, sólo no lastimes a Ginny, ¿de acuerdo? O no demasiado, al menos. – le pidió Ron.
- ¿Porqué crees que haría eso? – insistió Harry.


- No digo que lo hagas a propósito, pero las cosas pasan y la gente cambia, Harry, hasta yo puedo darme cuenta de eso. Sólo mamá piensa que tú y Ginny son el uno para el otro y vivirán felices para siempre. – se rió Ron con cierta amargura.


- ¿Tú no? – preguntó Harry.


- No me digas que tú sí. – contestó el pelirrojo al momento.


Harry guardó silencio, parpadeando confuso, como si estuviera pensando en una respuesta apropiada.


- Eso imaginé. – sacudió la cabeza Ron.


- Escucha…- intentó replicar Harry.


- Preferiría no hablar más de esto, sólo recuerda lo que te dije. Vamos, hombre, no quiero más deberes en mi primer día de clases por llegar tarde. – dijo Ron al rodear a su amigo para entrar al aula.


Harry se quedó de pie en el pasillo, confuso por los comentarios de Ron y nervioso por lo que alcanzaba a entender.


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En el Ministerio de Magia, Arthur Weasley bajaba en el ascensor al Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas. Acababa de enterarse de unos experimentos hechos por un grupo de magos del sur relacionados con unos alces y el trineo de unos muggles. Al parecer creyeron que resultaría muy interesante comprobar la existencia de Santa Close o como fuera que se llamara el de los mitos muggles. Y después andaban diciendo que él era el extraño.


El elevador se abrió unos pisos antes de su destino y observó a Kingsley entrar con un hombre al que no había visto nunca antes. Alto, de cabello oscuro y rasgos orientales, un extranjero sin duda.


- Buenos días, Arthur. – saludó Kingsley con su tono profundo.


- Hola, Kingsley, ¿cómo va todo? – respondió el señor Weasley observando al extraño con discreción.


- Este es un amigo que viene de visita. – mencionó Kingsley notando la mirada del pelirrojo.


- Kim, mucho gusto. – se presentó parcamente el otro hombre.


- Arthur Weasley, Departamento del Uso indebido de Objetos Muggles. – hizo otro tanto el señor.


Kim asintió serio y con la vista fija al frente sin decir ni una palabra más.


Un silencio incómodo se instaló en el pequeño cubículo hasta que el ascensor se detuvo en el segundo piso.


- Este es mi lugar, ¿ustedes siguen? – preguntó el señor Weasley con cierto alivio.


- Vamos al sótano, le mostraré a Kim nuestros archivos. Nos vemos, Arthur. – se despidió Kingsley mientras las puertas se cerraban.


El señor Weasley alcanzó a ver una vez más el semblante pétreo del extraño, aún sorprendido por el hecho de que Kingsley lo llevara a ver los documentos que usualmente sólo podían ver los Jefes de Departamento. Sí, un asunto muy raro, se dijo antes de dar media vuelta para buscar al mago encargado del piso.


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Hermione se alegraba de haber coincidido con Padma en la Academia; estaba tan acostumbrada a pasar todo el tiempo con Harry y Ron que era muy agradable contar con una chica para tener charlas que ni en sueños podría compartir con sus amigos.


Aún así extrañaba a los chicos, y cuando la campana sonó anunciando el término de la última hora, lanzó un suspiro de alivio; ahora podría regresar a casa y preguntarle a los otros como les había ido, esperaba que Harry no lo hubiera tenido muy difícil con toda esa atención que seguramente había incitado.


Se despidió de Padma prometiéndole separar un asiento para ella al día siguiente y salió a los jardines principales.


Buscaba un lugar apropiado para Desaparecer, cuando notó a lo lejos una figura alta y de andar elegante que se dirigía al área de los edificios del ala oeste. ¿Porqué Malfoy iba a esa zona? No recordaba que hubiera algo que pudiera llamar la atención de nadie por allí.


Siguiendo un viejo instinto de desconfianza en todo lo relacionado con ese chico, tomó el mismo camino teniendo cuidado de mezclarse con los otros estudiantes para no llamar su atención.


Lo vio entrar en el edificio más alejado y aguardó un momento antes de seguirlo. En el amplio vestíbulo apenas si tuvo tiempo de preguntarse a dónde podría haber ido cuando escuchó unas voces apagadas que provenían de una habitación en el pasillo a su izquierda. Andando casi de puntillas se acercó a la puerta cerrada y atisbó por el ojo de la cerradura.


No podía ver casi nada, apenas a Malfoy recostado contra una ventana y hablando casi en susurros a alguien que no alcanzaba a identificar.


- Sabes lo peligroso que resulta para mí el haber venido. – decía Malfoy con tono molesto.


- Un precio mínimo a pagar por lo que te estoy ofreciendo. – respondió una voz que a Hermione se le hizo conocida.


- Aún no me has ofrecido nada. – observó Malfoy sin cambiar su tono.


- No esperarás que te diga todo sin saber a qué atenerme. – replicó el otro.


- No estoy para juegos, ahora menos que nunca; lo hice una vez y no me fue muy bien, ¿recuerdas? – mencionó el rubio con amargura.


- Esto es diferente; puedes confiar en mi, Draco. Si de juegos se trata, yo nunca voy a perdedor. – le dijo la voz con tono burlón.


- Eso es porque jamás apuestas. – replicó Malfoy mofándose.


- Lo hago, amigo, es sólo que no soy tan estúpido como para apresurarme, sé cuando jugar mis cartas, a diferencia de otros. – deslizó con un susurro.


Hermione pudo observar cómo Malfoy se daba vuelta y miraba a quien estuviera al otro lado de la habitación con expresión furiosa; parecía que se tomaba el último comentario como un insulto.


- No tenemos más que hablar, has perdido tu tiempo. – dijo el rubio con voz glacial dirigiéndose a la puerta y haciendo que Hermione retuviera la respiración asustada.


- Te conozco, Draco, no te vas a quedar tranquilo. Descuida, no hay prisa, mándame una lechuza cuando estés dispuesto a conversar; no puedes imaginar lo interesante que será para ti. – dijo el extraño sin inmutarse por el tono brusco del otro.


Malfoy no respondió y salió de la habitación. Sus ojos se entrecerraron al atisbar una cabellera castaña perdiéndose al girar con prisa el pasillo más alejado. El joven vio con discreción tras de sí para asegurarse de que sólo él lo había notado y con paso tranquilo buscó la salida del edificio.


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sábado, 28 de noviembre de 2009

Destino: Cuarto capítulo




Disclaimer: Todos los personajes y lugares conocidos pertenecen a J. K. Rowling. Ya saben que sólo los tomamos prestados para divertirnos.

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La Estación de King Cross se veía aún más transitada que de costumbre, nada de extrañar considerando que era 1 de Setiembre y cientos de muchachos con familiares y amigos se aprestaban a tomar el Expreso de Hogwarts. Los muggles que por allí pasaban no encontraban particularmente curiosa la mayor afluencia de gente y que muchos de ellos parecieran algo fuera de lugar, tenían demasiada prisa para andar pensando en esas cosas.

Entre los andenes nueve y diez se agolpaban no muy discretos grupos de estudiantes con sus maletas y mascotas, cruzando la entrada invisible para los muggles.

Harry, Ron y Hermione llegaron a la Estación apareciéndose cerca de unos viejos vagones en desuso que esperaban su turno para ser trasladados.

- Repíteme porqué estamos aquí cuando se supone que Harry iba a venir solo. – le preguntó Ron a Hermione rodeando una locomotora abandonada.

- No puedo creer que sigas quejándote. – Bufó la chica.- Ya te lo expliqué, necesitamos hablar con tu padre o tal vez sólo Harry lo haga, pero igual lo acompañamos por si nos necesita.

- Sólo porque Harry creyó que alguien lo está siguiendo y un muggle fue secuestrado, ya lo sé; preguntaba porque creí que ya se habían quitado esa loca idea de la cabeza. – replicó el pelirrojo.

- Ron, puedes pensar lo que quieras; si no te preocupa, genial, te felicito, pero Hermione y yo pensamos que puede haber alguna conexión entre estos casos y tu padre puede ayudarnos con eso.- intervino Harry de mal talante.

Hermione y Ron intercambiaron una mirada de extrañeza por el tono de su amigo. El muchacho pareció querer replicar a eso con similar carácter, pero la joven le hizo un gesto de silencio y se giró en dirección a Harry.

- ¿Por qué no te adelantas? Nosotros te alcanzamos. – le dijo ella.

- ¿Porqué? – preguntó el chico extrañado.

- Porque supongo que querrás, este…despedirte de Ginny, claro. – contestó Hermione.

- ¿Y ustedes no van a hacerlo? – insistió Harry.

- Por supuesto, pero preferirás un poco de privacidad, ¿no? – sugirió la chica intentando sonar casual.

- Supongo. – respondió él secamente y viéndola con sospecha.- Los veo al otro lado.

Sus amigos lo observaron marchar en silencio y no volvieron a hablar hasta que estuvo lo suficientemente alejado para no oírlos.

- De verdad no piensas, ¿verdad? – espetó Hermione molesta.

- ¿Porqué me atacas? ¿No viste cómo se puso él? – se defendió Ron ofendido.

- ¿Y qué esperabas? Ponte en su lugar, Ron, no es tan difícil. Después de todo lo que ha pasado tiene todo el derecho del mundo a inquietarse si cree que algo anda mal y tú no haces más que actuar como si estuviera exagerando. – explotó su amiga.

- ¡Es que lo creo! No lo digo por molestarlo, de verdad pienso que está equivocado. – replicó Ron.

- Puede ser o tal vez no, ya lo veremos; pero comprende que él sólo está preocupado. Le pareció que lo seguían y luego desaparece un muggle en circunstancias muy extrañas, ¿te extraña su reacción? Si hablar con tu padre hace que se sienta mejor, yo lo apoyo y tú deberías hacer lo mismo. – rumió molesta Hermione.

- Está bien, hablen lo que quieran, igual pienso que se preocupan por nada, sólo quería evitarles eso. – Accedió Ron de mala gana, para luego añadir señalando su reloj.- El tren sale en media hora.

- ¿Porqué no lo dijiste antes? ¡Date prisa! – lo apuró la joven.

Ron sacudió la cabeza y rodó incrédulo los ojos.

- Porque estabas ocupada regañándome. – masculló.

- Como si tuvieras problemas para interrumpirme. – le dijo Hermione casi corriendo.

Apenas llegaron a la barrera para cruzar vieron a un hombre alto y rubio parado unos metros delante de ellos y observando la pared con desconfianza. Hermione lo reconoció como el extraño que vio en el Caldero Chorreante; él, a su vez, giró a mirarlos y sonrió amistosamente acercándose al par.

- Hola, creo que ustedes pueden ayudarme con un pequeño problema. – les dijo en voz muy baja y señalando la barrera con un gesto.

- ¿Primer año? – preguntó Ron con tono burlón, ganándose una mirada iracunda de su amiga.

- No en realidad, sólo soy un extranjero que nunca oye indicaciones. – Respondió sin molestarse.- Ocurre que vengo a despedir a mi sobrino, pero llegué tarde y el resto de la familia pasó sin mí.

- Comprendo; sólo debe cruzar esa pared con mucha discreción para evitar que los muggles lo vean.- explicó Hermione.

- La verdad es que vi a un par de chicos hacerlo, pero no estaba seguro de si funcionaría para mí. – reconoció el hombre.

- No se preocupes, mientras sea un mago no hay problema. – lo tranquilizó Ron, para luego agregar nervioso. – Porque lo es, ¿cierto?

- Desde que me acuerdo. – se rió el rubio.

- Entonces sólo tiene que pasar, falta media hora para que ninguno pueda hacerlo.- contó el pelirrojo.

- No sabía eso. – Reconoció el hombre sorprendido.- Lamento haberles hecho perder tiempo; pasen primero, por favor, yo los sigo.

Hermione y Ron asintieron y tras ver con cuidado que no hubiera muggles cerca, se apresuraron a cruzar la pared. Un segundo después se encontraban en el Andén 9 ¾, observando sonrientes todo el movimiento alrededor de la gran locomotora escarlata.

Mientras buscaban con la mirada a Harry y la familia de Ron, el extraño se materializó a su lado luciendo confundido.

- ¡Eso fue raro! – señaló aturdido. – Vaya, no tenemos un lugar como este en casa, muy impresionante.

- Ese es el Expreso de Hogwarts. – Indicó Ron orgulloso.- Tal vez su sobrino ya esté dentro.

- ¿Ve al resto de su familia por aquí? – preguntó Hermione inquisitiva.

El hombre no respondió de inmediato, sino que escudriñó entre la gente y sonrió aparentemente divertido.

- Allí está el enano, no podía irse sin decirle adiós a su tío favorito. – Dijo señalando a un niño rubio que arrastraba un baúl con dificultad.- Los demás deben de estar por aquí, muchas gracias por la ayuda, nos vemos.

Sin decir más, se marchó en dirección al pequeño, mientras una voz familiar llamaba la atención de los dos amigos.

- ¡Hermione! ¡Ron! – se acercó corriendo un joven.

- ¡Neville, hola! ¿Qué haces aquí? – lo saludó Hermione.

- Pasaré este año en Hogwarts. – les comentó el muchacho.

- ¿Tienes que cursar séptimo de nuevo? – preguntó Ron aterrado.

- ¡Por Merlín, no! – Rió Neville.- La profesora Sprout aceptó tenerme como ayudante todo este curso.

- ¡Neville, eso es maravilloso! Te felicito, harás un gran trabajo. – le dijo su amiga entusiasmada.

-¡Vaya! El profesor Longbottom; es genial, raro, pero genial. – opinó Ron muy a su estilo.

- No seré profesor, no aún, necesito aprender mucho todavía y la profesora Sprout es la mejor herbóloga del mundo; he tenido suerte de que me aceptara.- comentó Neville.- Ustedes empezarán sus clases pronto también, ¿Verdad?

- Sí, en un par de días. Yo iré a la Academia de Leyes Mágicas y Ron estará con Harry en la Escuela de Aurores. – confirmó Hermione.

- Por cierto, ¿lo has visto? ¿O a mis padres? – le preguntó Ron.

- ¡Ah, si! Lo dejé con Ginny en el tren, apenas si pude saludarlo, y creo que tus padres están en la caseta del guardia, los vi ir por allí conversando con él.- dijo señalando un pequeño edificio a su derecha.

- Seguro ya se despidieron de Ginny. – supuso el pelirrojo, volteando a ver a su amiga.- ¿Qué hacemos? ¿Los esperamos?

- Será lo mejor porque tus padres volverán en cuanto el tren vaya a partir y no quiero incomodar a Harry; podremos despedirnos de Ginny desde aquí. – opinó Hermione.

- Buena idea, lo último que quiero es ver a mi mejor amigo besando a mi hermana…otra vez. – comentó Ron con un escalofrío.

- Entonces aquí nos despedimos, tengo que subir ya; cuídense mucho y escríbanme, me gustaría saber cómo les va. – dijo Neville estrechando sus manos con aprecio.

- Cuanta con eso.- le aseguró Ron.

- Te irá muy bien, Neville, cuídate. – Hermione le hizo un gesto de despedida sonriente.

Neville se apresuró a dirigirse al tren, alzando la mano y perdiéndose entre la multitud.

- A esperar entonces. – suspiró Ron cruzándose de brazos.

Su amiga asintió pensativa viendo fijamente el vagón más cercano, perdida en sus pensamientos, al parecer no muy agradables.

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Travis rezongaba empujando el pesado baúl por el pasillo del tren mientras el niño rubio observaba entretenido los esfuerzos del adulto por no chocar con quienes iban en dirección contraria.

- Podrías al menos llevar la jaula del pajarraco, ¿no? – le preguntó al chiquillo cuando tropezó por cuarta vez.

- No es un pajarraco, su nombre es Fallon y puede oírte. – Dijo el niño señalando la lechuza que lanzaba chillidos con cada golpe.- Además, tú dijiste que fingiera ser tu sobrino, por eso llevas mi equipaje.

- Y te di cinco galeones también, ¿recuerdas? Nunca me ofrecí a esto. – masculló frustrado al golpearse el pie con una saliente.

- Se supone que eres mi tío y yo soy un niño. – se encogió de hombros el pequeño con toda lógica.

- Me pregunto a qué Casa te enviarán.- se dijo sarcástico el rubio.- Mira, allí tienes un compartimiento vacío sólo para ti; ve y planea cómo le harás miserable el año a tus compañeros.- sugirió con una falsa sonrisa.

- No estoy seguro…- fingió pensar el niño.

Travis lo vio furioso y pareció estar a punto de lanzar al pequeño con todo y equipaje dentro del apartado, pero unas voces que le resultaron conocidas se acercaban en su dirección, por lo que no le quedó más remedio que asumir una expresión beatífica y agacharse hacia el niño para hablarle en voz muy baja.

- Escucha, debo irme ahora. – dijo haciendo énfasis en la última palabra.- Sé un buen chico y lleva tus cosas al compartimiento; luego sales a despedirme, yo estaré en el Andén.

- ¿Porqué? – le preguntó el chiquillo interrogante.

- Dije que nada de preguntas, te daré cinco galeones más. – ofreció el hombre desesperado viendo por encima de su hombro.

- Cinco. – pidió el chico.

- Cuatro. – replicó Travis al instante.

- De acuerdo. – aceptó el niño extendiendo la mano.

- Dedícate a las finanzas, harás una fortuna. – aconsejó el rubio viendo al chico guardar las monedas en el bolsillo.

- Ya lo había pensado. – aceptó el niño.

- ¡Qué sorpresa! – Resopló Travis.- Recuerda salir al Andén y despedirte de mí.

- Ya sé, ya sé. – dijo el niño con tono quejumbroso y adelantándose al compartimiento más cercano.

Travis suspiró aliviado y tras aguzar el oído para confirmar sus sospechas de quiénes se encontraban al otro lado del pasillo, se fue en la dirección contraria para bajar al Andén por una puerta lateral.

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- ¿No podrías venir a tomar séptimo de nuevo? – le preguntó por tercera vez Ginny a Harry.

El muchacho sonrió y envolvió a su novia en un abrazo cariñoso.

- Podría, supongo, pero no creo que a la profesora McGonagall le hiciera mucha gracia. – le recordó.

- Lo sé, sólo era un último intento.- aceptó la chica con un mohín.

- Te he prometido que escribiré con frecuencia y pasaremos las fiestas de fin de año en tu casa. – le aseguró Harry.

- Tienes razón, y sólo faltan unos meses, será maravilloso que podamos reunirnos todos en Navidad. – se entusiasmó Ginny abrazando al joven aún más fuerte.

- ¡Auch! – se quejó Harry alejándose.

- ¿Qué pasó? ¿Estás bien? – preguntó la chica alarmada.

- No es nada, no te preocupes, sólo fue una punzada en la espalda; qué raro, no me había dolido hasta ahora. – mencionó Harry pensando en voz alta.

- ¿Cómo te lastimaste? – insistió la joven.

- La verdad es que resulta un poco tonto; sólo cargué a Hermione la otra noche. Y pensar que le dije que no era ningún debilucho. – bromeó el muchacho sobándose la espalda. – Ya casi ha pasado, tal vez fue sólo un tirón.

- ¿Porqué cargaste a Hermione? ¿Se cayó o algo así? – preguntó Ginny asombrada.

- No, se quedó dormida en el salón y la llevé de vuelta a su dormitorio. – se encogió de hombros Harry con naturalidad.

- ¿Porqué no la despertaste? O Ron pudo ayudarte…- sugirió la joven seria.

- Ron no estaba, ya era muy tarde y Hermione había estado haciéndome compañía, así que me dio pena despertarla…bueno, es una larga historia, te contaré luego. – el sonido del silbato hizo que Harry se apresurara en caminar hacia la salida seguido por Ginny.

- Puedes hacerlo ahora. – remarcó ella tomando su mano.

- Ginny, no hay tiempo, si no bajo tendré que volver desde Hogsmeade – replicó el muchacho apretando su mano y dándose un beso rápido en los labios.- Te lo contaré todo otro día, debo bajar ahora.

- Está bien.- aceptó Ginny a media voz.

- No estés triste, nos veremos pronto; allí están tus padres con Ron y Hermione, te despediremos desde el Andén. – le dijo Harry saltando el estribo.

Ginny lo vio reunirse con los demás y empezar a agitar la mano mientras el tren empezaba su marcha. Recompuso una sonrisa y les hizo la señal de despedida sacudiendo la cabeza para alejar las ideas tontas que rondaban su mente.

Desde la plataforma, los señores Weasley agitaban las manos, lo mismo que decenas de personas que se habían reunido para ver partir el tren.

Unos metros alejado, Travis observaba los movimientos de los jóvenes que le habían enviado a vigilar. Mientras esperaba que el niño al que le pagara para que saliera a despedirse de él hiciera su aparición, se permitió contemplar pensativo los rostros de las personas que la causaban tanta curiosidad.

Los señores pelirrojos debían de los padres del muchacho Weasley; parecían simpáticos, muy amistosos; la joven del nombre extraño, Hermione si no se equivocaba, lucía sonriente al lado de Potter, lo que parecía no hacerle mucha gracia a la chiquilla pelirroja que se despedía desde el tren. Pobre, pensó Travis, si esa no era una sonrisa falsa su padre era un tipo agradable; tal vez Laria tuviera razón y esa pareja no era la correcta.

- ¡Adiós tío! Gracias por venir. – los gritos hicieron que varias cabezas voltearan buscando el origen de la voz.

El niño al que Travis había “persuadido” de que fingiera ser su sobrino casi se lanzaba desde una ventana agitando los brazos y llamándolo a viva voz.

- Tienes que estar bromeando. – masculló el hombre por lo bajo.

Sin embargo, forzó una sonrisa cariñosa y alzó la mano en respuesta mientras lo asesinaba con la mirada, cosa que el niño no debió encontrar para nada preocupante porque gritó aún más fuerte mientras el tren se alejaba.

Unos minutos después la gran máquina escarlata se había perdido casi completamente en la lejanía, dejando tan solo una estela de humo gris.

Los señores Weasley le dieron una última mirada al camino y luego dieron vuelta hacia la salida.

- Bueno, chicos, debo regresar al trabajo; me alegró verlos y saber que están bien. – les dijo el señor Weasley caminando a su lado.

- Pero no comen lo que necesitan, ¿verdad? Ese elfo puede ponerse difícil a veces, ¿porqué no vienen a cenar a casa todos los días? – pidió la señora preocupada.

- Ya te lo dije, mamá, Kreacher no lo hace nada mal, en serio, no te preocupes por eso.- descartó Ron.

- Es cierto señora Weasley, en realidad a veces comemos demasiado. – le sonrió Hermione. – Kreacher se asegura de que no dejemos pasar ni la merienda.

- Si ustedes lo dicen.- comentó la señora no muy segura.

- Así es, no tiene de qué preocuparse. – aseguró Harry. – Lo que agradecería es poder hablar un momento con el señor Weasley.

Los mayores intercambiaron una mirada de extrañeza por la abrupta petición, mientras Ron elevaba los ojos exasperado y Hermione le daba un discreto pisotón.

- ¿Ahora? No lo sé, Harry, tengo que volver al trabajo, ¿es muy importante? – dudó el señor.

- Eso creo, no estoy seguro. Mire, puedo ir con usted e ir contándole en el camino. – sugirió el muchacho ansioso.

- Así estaría bien, vamos ya entonces. Molly, querida nos vemos en la noche, chicos, vayan por casa para contarnos de sus clases. – se despidió el señor rápidamente.

- Hasta luego, señora Weasley; nos vemos luego. – hizo otro tanto Harry siguiendo al señor tras la barrera.

La señora Weasley, Ron y Hermione los vieron desaparecer y empezaron a caminar más tranquilos hacia la salida.

- ¿Podrán venir al menos a casa para almorzar? – preguntó la señora a los jóvenes.

- A mí me gustaría, ¿qué dices, Hermione? – se volteó el pelirrojo a su amiga.

- Seguro, muchas gracias señora Weasley.- aceptó la chica.

- Perfecto, y podrán decirme también qué es lo que ocurre con Harry. – sonrió la mujer satisfecha.

- ¡Mamá! – exclamó Ron exasperado.

Hermione sacudió la cabeza y la sonrisa en sus labios se convirtió en una mueca de preocupación cuando observó al hombre que habían ayudado a cruzar la barrera, caminar con paso apresurado en la misma dirección en la que el señor Weasley y Harry habían desaparecido.

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Moody, Laria y Kim compartían la gran mesa circular revisando pilas de pergaminos en silencio.

Cuando el viejo auror le pidió a Kingsley que le hiciera llegar toda la información que estuviera en su poder acerca de los movimientos de los mortífagos en libertad, este se tomó muy en serio el encargo; les había enviado más de cien folios llenos de datos, noticias confirmadas, rumores y sospechas.

Llevaban todo el día cruzando información, descartando ideas y buscando algo que conectara los últimos acontecimientos con los magos oscuros de los que se sabía algo. Acerca del muggle secuestrado no habían logrado encontrar nada especial, lo que los ponía aún más nerviosos; su única opción había sido pedirle a Kingsley que investigara con sus contactos en el Ministerio muggle.

- ¡Odio el trabajo de escritorio! – exclamó Laria, pasándose las manos por el oscuro cabello.

- Dímelo a mí. – bufó Moody. – pero viene con el paquete, aún eres joven, te acostumbrarás.

- Lo dudo.- replicó la mujer. - ¿Porqué no está Travis ayudándonos? Acabaríamos antes.

- Alguien tiene que vigilar a Potter y Taylor es el que mejor puede mezclarse, ya saben cómo es. – le contestó el viejo pasando un folio con fastidio.

- No me parece justo. – se quejó Laria, mirando a su izquierda. - ¿Y cómo es que tú no dices nada?

- No encuentro ningún dato relevante aún. – le dijo Kim sin levantar la vista del pergamino que leía.

- Me refiero a que si no te molesta pasarte el día aquí sentado. – le explicó ella rodando los ojos.

Kim se limitó a encogerse de hombros indiferente, logrando que Laria lanzara otro bufido reprobador antes de continuar con su lectura.

- Alastor, ¿Qué sabes de un tal Nott? – preguntó Kim al cabo de un rato.

- Muerto.- respondió el auror secamente.

- ¿Estás seguro? – insistió el oriental.

-Claro que estoy seguro, encontraron su cadáver en las afueras de Hogwarts el día después de la batalla, está en la relación. – le dijo señalando otra pila de pergaminos a su izquierda.

- ¿Y cómo es que se le vio la semana pasada en Londres? – observó Kim

- Dame eso. – ordenó Moody extendiendo la mano.

Laria dejó los papeles que revisaba, observando lo mismo que Kim, como Moody leía rápidamente el informe.

- Este es el hijo, tienen el mismo nombre. – comentó Moody.

- ¿Es también un mortífago? – preguntó Laria interesada.

- No que se sepa; pocos de la generación de Potter estuvieron relacionados directamente con los mortífagos. Sé del chico Malfoy y los hijos de Crabbe y Goyle, tan estúpidos como los padres, pero de Nott nunca se dijo nada; hasta donde estoy enterado fue uno de los primeros que salió de Hogwarts el día de la batalla, ¿porqué llamó tu atención? – le preguntó a Kim.

- Porque es mencionado con frecuencia en ese informe, supongo que es porque su padre fue un mortífago, no tenía idea. – respondió el otro.

-¿Lo siguen sólo por eso? – se sumó a la charla Laria.

- ¿Te parece poco? Se mantiene vigilancia sobre todos los familiares cercanos de los seguidores de Voldemort, no podemos confiarnos. – Le explicó Moody.- En cuanto a Nott, bueno, yo sería doblemente cauteloso de ser Kingsley.

- ¿Por qué? – preguntaron Kim y Laria al mismo tiempo.

- Aunque al chico nunca se le haya conectado directamente con las actividades del padre, tiene el árbol genealógico más podrido que puedan imaginar y ya sabemos que la manzana no cae lejos del árbol, ¿no? – mencionó el viejo con desprecio.

- Eso no es siempre correcto, Alastor. – contradijo Kim con voz firme.

- Hay excepciones, claro. – aceptó Moody viendo al oriental con fijeza. – Pero este muchacho…no sé, con semejantes antecedentes. El abuelo tampoco fue un gran tipo, ¿saben? – mencionó rascándose la mutilada nariz.

- ¿Mortífago? – inquirió Laria.

- Ojalá, yo me habría encargado de meterlo en Azkabán en su época. No, esta era una serpiente muy astuta; nunca declaró abiertamente su admiración por Voldemort, pero se dice que dio dinero y alojamiento para sus reuniones cuando empezaron a reclutar miembros, nunca se pudo probar. Y tan pronto como el hijo alcanzó la edad, se lo llevó a Voldemort para que le pusiera la marca. – espetó asqueado Moody.

- Vaya tipo, todo un seguidor, ¿eh? – comentó Laria.

- Debió serlo, fue compañero de carpeta de esa escoria en Hogwarts. – les contó el auror.

Laria y Kim intercambiaron una mirada de asombro por semejante información.

- ¿El viejo Nott fue amigo de Voldemort? – preguntó Laria.

- Ese nunca tuvo un amigo, no seas ingenua, dije compañeros; misma casa, misma promoción, pero nunca se hizo mortífago como los demás, eso es raro. Supusimos entonces que se mantuvo al margen para servir de fachada y poner dinero y bienes a disposición de su jefe. – dijo Moody muy seguro.

- Pero según leí en los informes los Malfoy también hacían eso e igual se convirtieron en mortífagos. – objetó Kim.

- Ya les dije, nunca se supo porqué Voldemort mostró tanta consideración por Nott, tal vez fue simple interés. Igual eso no importa ahora porque el viejo murió hace años. – les informó.

- ¿Está confirmado eso? – le preguntó Kim no muy seguro.

- Luego de la primera caída de Voldemort se supo que había contraído una enfermedad incurable, no sé cuál, y poco después corrió la voz de que murió y su hijo heredó todo. También tuve mis dudas, claro, pero si estuviera con vida hubiera vuelto para el regreso de su jefe hace unos años y no se le vio ni el polvo; el hijo, Theodore, ese si volvió. – terminó de explicar el auror.

- Es todo una historia, pero volviendo al nieto, si te fijas en sus movimientos reportados por los aurores de Kingsley, verás que ha estado entrando y saliendo del país con mucha frecuencia. – le hizo ver Kim.

- Pero eso no quiere decir nada, ¿Qué edad tendrá? La de Potter o un par de años más; según sé, los magos con dinero acostumbran viajar por el mundo antes de empezar a estudiar, si lo hacen, es muy común. – apuntó Laria.

- Tal vez, pero eso no explica porqué siempre está regresando a Inglaterra; debería pasar más tiempo fuera, ¿no? – objetó Kim.

- Moody dice que su padre está muerto, quizá deba encargarse de las cosas de la familia.- sugirió la mujer.

- Si fuera como dices entonces no iría a ningún lugar, es lo más responsable. – se negó el otro.

- Todo el mundo no es como tú, Kim, ¿por qué no lo entiendes? – dijo Laria exasperada.

- ¡Silencio ustedes dos! – los calló Moody con la vista fija en el papel. – Esto es interesante.

- ¿Qué cosa? – inquirió la mujer, ignorando su tono brusco.

- El chico Nott ha viajado dos veces a Alemania en sólo un mes. – mencionó el viejo mago pensativo.

- ¿Y qué hay en Alemania? – preguntó Kim inquieto.

Moody tomó un trago de su petaca y acercó un pergamino en blanco para empezar a escribir con prisa, salpicando de tinta la mesa.

- Tenemos que vigilar a este muchacho con mucho cuidado, ver a quién visita, a dónde va cuando está en Londres, si ve a algún mortífago prófugo o en Azkabán, todo; pero debemos ser muy prudentes, no puede darse cuenta de nada. – farfulló apurado a la par que continuaba escribiendo.

- ¡Alastor! – Llamó Kim más fuerte.- ¿Qué pasa en Alemania?

El viejo auror levantó la mirada y fijó su ojo humano sobre las dos personas que lo veían preocupados mientras el mágico daba vueltas frenéticas.

- Si no me equivoco, y nunca había deseado tanto que así fuera, es en Alemania donde van a intentar desatar el infierno. – Sentenció con tono lúgubre, para luego añadir.- Pero estaremos allí, nosotros siempre estamos. Y no pregunten más porque no diré nada sobre esto hasta estar completamente seguro. Vuelvan a revisar esos pergaminos, pero ahora busquen cualquier cosa, el más leve detalle relacionado con Theodore Nott. – ordenó con tono imperativo y una expresión que indicaba claramente que no podrían sacarle ni un palabra más de ese tema.

Laria apretó la pluma impotente, pero por una vez supo que estaba de más discutir. Vio con furia a Kim como culpándolo por su aparente calma y atrajo un grupo de pergaminos para revisarlos nuevamente. Su compañero, mientras tanto, frunció el ceño pensativo y tras mirar al viejo auror que continuaba escribiendo, acercó el folio más cercano para leerlo muy concentrado.

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Un joven alto de tez pálida leía un grueso volumen sentado sobre un elegante sillón. La biblioteca en la que se encontraba haría las delicias de cualquier amante de la lectura. Sin embargo, su único ocupante no parecía en absoluto conciente de lo que le rodeaba, por el contrario lucía una expresión disgustada mientras pasaba las páginas con desgano.

Estaba allí, supuestamente estudiando, porque le había prometido a su madre que iba a dedicarse completamente a la carrera que cuidadosamente le había ayudado a elegir. No que tuviera muchas opciones, había tenido que mover todas las influencias de su apellido para lograr ingresar y últimamente estas no eran tan valiosas como antaño.

Si fuera por él, se habría largado del país hacía muchos meses, pero el cariño que le tenía a su madre se lo impedía. No sólo se trataba del cariño, se recordó, tenía una deuda con ella, le debía la vida en más de una forma.

Unos tímidos golpecitos en la puerta lo sacaron de su letargo y observó con indiferencia a un joven elfo doméstico cargando una bandeja de plata en las manos que se acercaba con paso inseguro, guardando prudente distancia.

- Mi amo, ha llegado esta carta para usted. – le dijo con su vocecita chillona.

- ¿Cuándo? – preguntó el joven extendiendo la mano para tomarla.

- Hace unos minutos una lechuza la dejó en las cocinas, amo. – respondió con timidez el elfo.

El joven dio vueltas al sobre blanco y ordinario que tenía sólo sus iniciales en el lugar del destinatario.

- ¿Está ese auror vigilando la casa? –le preguntó a la criatura.

- Frente a la verja como siempre, amo. – contestó el elfo.

Su señor arrugó la nariz con desagrado, procediendo a abrir el sobre y extrayendo un pequeño trozo de pergamino amarillento. Su ceño se contrajo según leía la breve nota.

- Enciende la chimenea y vete. – ordenó a la pequeña criatura que continuaba de pie frente a él atenta a cualquier requerimiento.

- Sí, amo. – obedeció el elfo.

Rápidamente se acercó a la gran chimenea y con un chasquido de los dedos la leña empezó a arder iluminando aún más el recinto; luego, haciendo una reverencia se perdió tras la puerta.

El joven esperó a oír los pasitos alejándose para ponerse de pie y dirigirse a la fuente de calor. Una vez allí le dio una última mirada al papel intentando descifrar sin éxito lo que podría significar.

“Al final de tu primer día de clases en el último edificio del ala oeste. Yo te encontraré. No dejes de ir, tengo una invitación para ti que no podrás rechazar” T. N.

Con un bufido mezcla de hastío e inquietud, Draco Malfoy lanzó el pergamino al fuego y sin quedarse a observar cómo se convertía en cenizas, abandonó la habitación.

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