martes, 16 de marzo de 2010

OCTAVO CAPITULO




Disclaimer: Todos los personajes y lugares conocidos, salvo uno que otro fruto de mi afiebrada imaginación, pertenecen a J. K. Rowling.

Esto ha resultado un poco largo, así que acomódense bien en sus asientos.

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La puerta de la vieja casa se abrió con un estruendo dando paso a Theodore Nott, quien se sacudía algunas gotas de lluvia del cabello.

Buscó por toda la primera planta y al no encontrar a nadie, bajó al sótano, desde donde se escuchaban algunos lamentos.

Levantó una ceja divertido cuando vio a su abuelo sentado en una vieja silla y con la mirada fija en la celda del anciano sacerdote, que le hablaba sin obtener respuesta.

- Has tardado. – fue el cáustico comentario del viejo mago.

- Bueno, aún apareciéndose hay un buen trecho entre Inglaterra y Alemania, y ya sabes que en Londres debo moverme con mucho cuidado. – replicó su nieto mirando la habitación descuidada.

El hombre atrapado se acercó a los barrotes al reconocer la voz de quien estaba acostumbrado a ver.

- ¡Libérenme de aquí, por piedad! – gritó desesperado.

- Silencio. – susurró Theodore con voz aburrida.

El sacerdote se llevó las manos a la garganta intentando emitir algún sonido, pero le fue imposible; miró a sus captores con los ojos desorbitados.

- ¡Al fin un poco de paz! – exclamó el joven. - ¿Porqué no lo callaste tú?

- Me divierte oírlos gritar. – fue la sencilla respuesta de su abuelo.

Theodore se encogió de hombros y rió entre dientes.

- ¿Hablaste con todos? – preguntó de pronto el viejo.

- A ver, déjame hacer un recuento: confirmé a Rowle, Selwyn y Travers; por cierto que este último fue difícil de ubicar, ¿puedes creer que vive enclaustrado en una casucha en Bristol? ¡Qué deprimente! – sacudió la cabeza el joven con falsa pena.

- Con lo que haríamos…- calculó el viejo.

- Nueve, contándonos a nosotros dos, claro. – dijo su nieto.

- ¿Y los tres que faltarían? – frunció el ceño el anciano Nott.

- Jugson y Yaxley me están resultando un poco escurridizos, como si creyeran que pueden esconderse de mí como lo hacen con esos aurores, pero te aseguro que para mi próximo viaje los tendré ubicados y confirmados. – expresó el muchacho confiado.

- Si eso es correcto, el número doce sería Malfoy. – reflexionó su abuelo ignorando al prisionero que golpeaba los barrotes.

- Exacto. Draco tiene suerte, doce es un buen número. – rió Theodore. – Petrificus Totalus.

El anciano sacerdote cayó haciendo gran ruido sobre el duro suelo de tierra; ninguno de los Nott se acercó siquiera a verificar su estado.

- Entonces el joven Malfoy ha aceptado. – concluyó el mayor.

- ¿Tenía otra opción? En cuanto sugerí que su mamita podría resultar lastimada si no se sumaba a la causa actuó como un corderito. – rió con cierto desprecio Theodore.

- Pero no le has dicho más de lo necesario. – advirtió su abuelo.

- Desde luego que no, no te preocupes. Él ya había oído algo de La Gran Noche y le expliqué a grandes rasgos cuál sería su papel, pero no le di nuestra ubicación ni una fecha exacta; le dije que estaríamos en contacto. – resumió el joven.

- Bien, bien, las cosas van encaminadas. – se alegró el viejo. – Ahora vamos a comer algo y a que me cuentes con detalles tu viaje.

- Seguro, abuelo. – aceptó el joven.

Theodore se quedó al pie de la escalinata observando cómo su abuelo hacía grandes esfuerzos para levantarse de la silla y subir los peldaños uno a uno; no se ofreció a ayudarle, lo habría abofeteado. Cuando lo vio en lo alto se apuró a seguirlo.

- ¿No le vas a quitar los hechizos? – preguntó el mayor fuera de la mazmorra y señalando la vieja celda.

Su nieto pareció meditar la pregunta y con una divertida sonrisa se encogió de hombros.

- Quizá mañana. – contestó.

Su abuelo le palmeó la espalda satisfecho y se dirigieron a la primera planta mientras hablaban de sus planes futuros.

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En la oficina del Ministro de Magia, Kingsley Shackelbot revisaba una pila de pergaminos cuando su secretaria hizo aparecer un pequeño papel sobre su escritorio. Lo leyó con una mueca de resignación y tras escribir un par de líneas, lo envió de vuelta.

Unos minutos después golpearon a su puerta con energía.

- Adelante. – dijo al tiempo que se acomodaba en la silla.

Harry abrió la puerta cediéndole el paso a Hermione y Ron, siendo el último en ingresar.

Kingsley se incorporó y extendió la mano con grandes muestras de aprecio.

- Hermione, Ron, Harry; es un gusto verlos. – saludó con cariño.

- Buenos días, Kingsley, lamento que llegáramos sin avisar antes, gracias por recibirnos. – le dijo Harry.

- Ustedes no necesitan hacer una cita, ya lo he dicho. Por favor, siéntense. – ofreció haciendo aparecer unas sillas.

Los chicos ocuparon los asientos y se vieron entre sí con nerviosismo. Una cosa era planear cómo abordar esa conversación y otra muy distinta llevarlo a cabo sin parecer acusadores.

- ¿Por qué no les hago las cosas un poco más fáciles y ahorramos tiempo? Oí que conocieron al señor Taylor. – soltó sin ambages el Ministro.

Harry se inclinó hacia delante en la silla con expresión atenta mientras Ron y Hermione lucían asombrados; el pelirrojo quedó boquiabierto.

- No vas a andarte con rodeos, ¿no? – atinó a decir Harry pasados unos minutos de silencio.

- Considerando las actuales circunstancias, no. – respondió Kingsley.

- ¿Qué circunstancias?- intervino Hermione con el ceño ligeramente fruncido.

Kingsley suspiró apesadumbrado y le dio vueltas a una pluma entre los dedos.

- Kingsley, ¿qué circunstancias? ¿Qué está pasando? – insistió Harry con voz tensa.

- Según tenía entendido ustedes ya sabían algunas cosas. – tanteó el Ministro.

- ¿Saber? ¡No sabemos nada! Sólo hemos hablado con ese auror Hawaiano que enviaste a seguirnos y él no dijo mucho. – exclamó Ron cuando recuperó la voz.

- Es australiano, Ron. – lo corrigió Hermione con los dientes apretados.

- De donde sea. Ese hombre, Travis, dijo que lo enviaron de su Ministerio a vigilarnos y que sólo obedecía órdenes, eso fue todo. – siguió el pelirrojo exaltado.

- Señor Weasley, comprendo que esta no es una situación agradable, pero le agradecería que se calme. – pidió Kingsley con tono reprobador.

Ron guardó silencio y se cruzó de brazos con expresión rebelde.

- Lo que necesitamos es la historia completa, Kingsley. Prefiero creer que si nos has estado vigilando y actuando a nuestras espaldas ha sido porque pensabas que hacías lo correcto, pero ya es suficiente; dinos qué ocurre. – exigió Harry con frialdad.

- Decidí cuando me enteré de su encuentro con el señor Taylor que si venías a pedirme que te dijera la verdad, lo haría. – indicó poniéndose de pie.

Los jóvenes se incorporaron también al ver que el Ministro se dirigía a la puerta.

- Kingsley, ¿a dónde vas? – le preguntó Harry sin comprender.

- Vamos, Harry, vamos. Visitaremos a un viejo amigo y tendrás tus respuestas, aunque me temo que no sean muy agradables, ¿me siguen? – invitó abriendo la entrada.

Harry dio un vistazo a sus amigos y con un asentimiento en simultáneo caminaron tras el mayor; no importaba qué tan malo pudiera ser lo que tenía para decirles, siempre sería mejor que no saber.

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Cuando Kim regresó a la casa-cuartel luego de vigilar a algunos mortífagos recién identificados, encontró el lugar con un ambiente polar; casi se podía percibir la tensión.

En el salón, Laria seguía con su labor de revisar pergaminos y anotar datos que pudieran resultarles de utilidad, pero pasaba los folios con tal ira que resultaba difícil creer que aún no hubiera roto nada. La saludó con amabilidad, pero ella apenas si dio una cabezada de mala gana.

El oriental se encogió de hombros y salió de la habitación para buscar a Moody en la biblioteca, pero se sorprendió al toparse con Travis en las escaleras que llevaban al jardín.

- ¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó Kim sin rodeos.

- Vivo aquí, ¿recuerdas? Buenos días para ti también. – replicó el rubio con sarcasmo.

- Deja las malas bromas, Travis; lo que quise decir es porqué no estás vigilando a Potter y a sus amigos. – insistió Kim.

El hombre se pasó la mano por el cabello, fastidiado y se apoyó de brazos cruzados en la pared más cercana.

- Lo siento, no es tu culpa; es que con Moody y Laria tratándome como a un idiota todo el tiempo…- se disculpó el rubio.

- Entiendo, sólo no les hagas caso. Alastor ladra más de lo que muerde y se le pasará pronto; en cuanto a Laria, bueno, acabo de verla y no parece muy comunicativa. – mencionó el hombre con una sonrisa torcida.

- Pero si las miradas mataran ya podrían haberme enterrado varias veces.- medio que rió el otro también.

- Ese es uno de sus talentos, no te lo tomes como algo personal; está muy nerviosa por el silencio de Alastor, odia que la tengan en la ignorancia. – le comentó Kim. – Por cierto, ¿dónde está él? Y no me has dicho qué estás haciendo aquí a estas horas.

- Puedo resolver tus dudas fácilmente. “El Gran Señor Auror que nunca se equivoca” está en la biblioteca y en cuanto a lo otro, me ordenó que no dejara la casa, lo mismo que a “Doña amargada”; no quiso contestar cuando le pregunté el motivo. – informó el rubio reprimiendo un bostezo. – Ah, si, y dijo que no lo fueran a molestar porque está muy ocupado; si, claro, como si no supiera que está allí redactando un informe de lo mal subordinado que soy para enviárselo a mis jefes en Sydney….

- Sigue hablando a mis espaldas y eso será lo primero que haga. – los sorprendió una voz severa.

Los dos compañeros vieron al viejo auror acercándose con su ligera cojera y un legajo de pergaminos bajo el brazo.

- Alastor. – saludó Kim con una ligera inclinación.

- Gran Jefe. – se sumó Travis algo burlón.

- No presiones, Taylor, o estarás de vuelta en casa sin trabajo y unos cuantos moretones. – le advirtió Moody.

- Me decía Travis que les has pedido que no dejen la casa, ¿la orden va también para mi? – intervino Kim para evitar más discusiones.

- Sí. ¿Está Laria en el salón? – preguntó el viejo adelantándose.

- Allí la dejé hace un momento. – contestó el oriental.

- Bien, vamos para allá. – indicó Moody siguiendo su camino.

Travis y Kim lo siguieron hasta la otra habitación donde Laria continuaba lanzando pergaminos y usando la pluma como un puñal contra el tintero. Levantó la mirada y alzó una ceja cuando vio acercarse a los tres hombres.

- Vamos a sentarnos que tenemos mucho de qué hablar. – anunció Moody acomodándose en una vieja poltrona.

Los hombres obedecieron de inmediato mirándolo interesados, mientras la mujer se erguía en el asiento dejando su actitud enfurruñada.

- ¿Vas a contarnos lo que sucede? – preguntó ella esperanzada.

- Sí, pero primero tenemos que esperar a que lleguen las visitas, no deben tardar. – mencionó Moody.

Travis, que estaba jugando con la varita entre los dedos, la dejó caer de la impresión.

- ¿Visitas? – repitió aturdido. - ¿Qué visitas?

Moody no contestó, ocupado en chasquear la lengua y mover la cabeza con reprobación.

Los demás se vieron entre sí con curiosidad y una certeza más que obvia: quienes fueran a venir no tendrían un recibimiento muy amigable de parte del viejo auror.

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En la Mansión Malfoy, Draco y Narcisa compartían el desayuno, atendidos por un séquito de elfos domésticos que se movían casi en puntillas. Los fines de semana acostumbraban sentarse juntos a la hora de las comidas para comentar los últimos acontecimientos.

Sin embargo, este día ninguno había dicho más que un par de frases lacónicas, apenas si tocaban los apetitosos platillos.

- Draco…- empezó la mujer de pronto.

- Es mejor que no sepas, madre. – la atajó el hijo con firmeza.

- Entonces estoy en lo cierto, ¿verdad? Los Nott están planeando algo y quieren involucrarte. Por favor, Draco, no de nuevo, ya he sufrido mucho por ti. – suplicó Narcisa dejando su semblante altivo.

Draco suspiró y extendió una mano para cubrir la de su madre.

- Madre, escucha, debes entender que estarás a salvo si no sabes nada; conoces a los Nott, son peligrosos. – le dijo el rubio muy serio.

- Pero tú…- insistió Narcisa.

- Yo estaré bien, seguiré yendo a mis clases, olvida lo que hayas visto u oído; yo me encargaré de todo. – aseguró su hijo.

- ¿Encargarte de qué? Draco, ¿qué puedes hacer? Si ellos quieren que te unas a su locura no podrás negarte y todo empezará una vez más. – agachó la cabeza la mujer.

- No, no será así, te lo aseguro; ¿realmente piensas que no he aprendido nada? – preguntó con cierta amargura.

Narcisa se incorporó en el asiento más derecha y vio a su hijo con ansiedad.

- ¿En qué estás pensando? – inquirió ella a su vez.

- Tengo tiempo aún, no fue inteligente de parte de Theodore ponerme sobre aviso, encontraré una salida. – indicó el muchacho.

- ¿Estás seguro? – dudó Narcisa.

- Te lo prometo, madre, no volveré a ser la marioneta de nadie; yo decidiré qué hacer y si para mantenernos a salvo tengo que pactar con el mismo Diablo, lo haré. – le dijo con un brillo extraño en la mirada.

Narcisa lo vio angustiada, y tras darle un ligero apretón en el brazo, volvió la atención a su plato, sin poder evitar el ligero temblor con el que tomaba los cubiertos.

Draco, por su parte, había recobrado su semblante orgulloso y una expresión calculadora apareció en su rostro.

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En las afueras del pequeño poblado, un grupo de personas se apareció en silencio, tres de ellos más que desconcertados.

- ¿Qué hacemos aquí, Kingsley? – preguntó Harry.

- Ya te lo dije, vamos a ver a un viejo amigo que tiene las respuestas que estás buscando. – respondió sucinto el mayor sin dejar de caminar.

Los jóvenes apenas si podían contener la impaciencia, pero siguieron a Kingsley por un corto trecho hasta llegar a las puertas de una antigua casona de apariencia ruinosa.

El hombre tocó la verja con la palma de la mano y esta se abrió de inmediato, cediéndoles el paso. Al llegar a la puerta principal, Kingsley giró ligeramente hacia los muchachos que iban tras él.

- Por favor, una vez que se hayan recuperado de la impresión deben escuchar atentamente y no hagan demasiadas preguntas, a él nunca le han gustado. – comentó antes de tocar con un golpe seco la aldaba.

Antes de que alguno de los tres atinara a replicar semejante comentario, la puerta se abrió con un movimiento enérgico.

Frente a ellos se encontraba Travis, tan asombrado o más que los visitantes.

- ¡¿Ustedes son las visitas?! – exclamó aturdido.

- Señor Taylor. – saludó Kingsley.

- Señor Ministro, buenos días. – respondió el rubio recordando frente a quién estaba.

- ¿Esta es tu casa? – preguntó Ron, para luego dirigirse al mayor. – A él ya lo conocemos y no dice mucho.

- Eso es porque no estoy autorizado a hacerlo. – le contestó Travis molesto.

- Señor Taylor, ¿podemos pasar? – le preguntó el Ministro con cierta impaciencia.

- Ah, si, perdón. – se disculpó el rubio haciéndose a un lado.

Al entrar en la casa no pudieron reprimir una exclamación de asombro al ver el buen estado de conservación, totalmente diferente al exterior.

- Es mejor que luzca abandonada por fuera, así no atrae a curiosos. – explicó Travis. – Los demás esperan en el salón.

Abrió la marcha con paso apurado mientras los otros lo seguían a cierta distancia, no dejaban de sentir cierto recelo al encontrarse con un extraño en una casa abandonada aún cuando fuera el mismo Kingsley quien los llevara allí.

Las puertas dobles del salón se abrían de par en par y los jóvenes entraron sin saber qué esperar.

Lo primero que notaron fue a un hombre alto y de aspecto oriental con expresión taciturna que elevó las cejas ligeramente al verlos; fuera de eso no mostró mayor emoción.

No ocurrió lo mismo con la mujer a su lado. Morena y de rostro atractivo, abrió los ojos al máximo al verlos entrar; Harry la reconoció de inmediato como la extraña que viera en su última visita al Callejón Diagon. Iba a hacer un comentario al respecto cuando un resoplido a su derecha lo distrajo.

Ron y Hermione estaban pálidos y contemplaban un rincón de la habitación como si se les hubiera aparecido un Dementor, el muchacho giró a ver el motivo de su reacción y sintió cómo se le doblaban las rodillas.

- ¿Moody? – logró articular apenas.

El viejo se puso de pie apoyándose en el bastón y se les acercó hasta quedar a un palmo de distancia.

- ¿Así que siguen tan curiosos como siempre? – preguntó con tono seco.

- Pero tú estás…- tartamudeó el muchacho.

- Muerto. – completó Ron por él.

- ¿Parezco muerto, Weasley? – replicó el hombre.

Ron negó con la cabeza, muy aturdido aún para decir algo más.

- No puede ser, ¿realmente eres tú? – preguntó Hermione con un hilo de voz.

- ¡Muy bien, Granger! Comprobar la identidad, eso es muy importante; al menos alguien recuerda lo fundamental. – aprobó Moody con tono satisfecho.

- ¡Eres tú! – dijo Harry como si ese solo comentario le hubiera terminado de convencer. - ¡Realmente eres tú!

Moody cabeceó en señal de afirmación y regresó muy tranquilo a su asiento.

- Pero cómo… ¡te moriste! –insistió Ron convencido.

- Eso he oído. – replicó el viejo muy parco.

- ¿Porqué no nos sentamos todos? – propuso Kingsley suavemente.

Los más jóvenes asintieron y ocuparon un sillón lo suficientemente grande para los tres; los demás buscaron sillas dispersas por el salón.

- Te vieron morir. – musitó Harry sin despegar la vista del hombre sentado al rincón.

- Me vieron caer. – corrigió secamente Moody.

- ¿La maldición de V-Voldemort no te dio? – preguntó Ron incrédulo.

- No. – respondió aún más escueto el auror.

- Enterré tu ojo. – comentó Harry sacudiendo la cabeza.

- Sí, bueno, agradezco el detalle; sé que te metiste en problemas por eso. Este que traigo es nuevo. – dijo Moody señalando su rostro.

- No entiendo. – habló Hermione tras permanecer en silencio.

- ¿Qué no entiendes? – se dirigió a ella el mayor.

- Si no moriste, ¿dónde estabas? Te buscaron, todo el Ministerio lo hizo. Y los ataques de Voldemort, la batalla, ¿qué hacías cuando eso ocurrió? – le preguntó la joven casi sin respirar.

- Me hubiera gustado estar allí, sé todo lo que pasó; el dónde estuve no importa ya. – rechazó Moody.

- ¿Qué clase de respuesta es esa? Pensamos que estabas muerto y ahora resulta que no. ¡Tienes que contarnos lo que pasó! – le exigió Ron.

- ¿Tengo? ¡Yo no tengo que decirles nada, Weasley! Bastante hago con permitir que estén ustedes aquí. – espetó Moody furioso.

Kingsley se aclaró la garganta con discreción y se levantó del asiento situándose en medio del salón.

- Muchachos, comprendo su sorpresa y es lógico que deseen hacer todas esas preguntas, pero debemos respetar a Alastor. Él tiene motivos muy…suyos para haber permanecido todo este tiempo alejado y no dudo que cuando lo crea oportuno los compartirá con ustedes. – indicó el Ministro.

El auror rumió disgustado e hizo un movimiento extraño con la cabeza, exhibiendo una mueca escéptica.

- Ahora debemos recordar el motivo que nos trajo aquí. – continuó Kingsley. – Nos enfrentamos a un serio peligro.

Harry, Ron y Hermione continuaron observando a Moody, pero este les ignoraba dándole vueltas a su bastón.

Laria, Kim y Travis, por otra parte, parecían incómodos de encontrarse en medio de una situación que intuían tan personal; ninguno de ellos esperaba que la reunión se iniciara con semejante drama.

Sin embargo, ya habían esperado mucho por una explicación y no podían quedarse en silencio viéndose las caras por siempre.

- Lamento interrumpir este reencuentro tan…interesante, pero nos reunieron aquí para informarnos del caso por el que llegamos a este país y al menos yo no pienso esperar más. – indicó Laria con tono firme.

- Sonará raro, pero estoy de acuerdo con ella. – intervino Travis.

- Me parece más que justo, ¿Por qué no empezamos con las presentaciones? Si me permiten…- aceptó Kingsley.

Todos asintieron, menos Moody que permaneció aparentemente indiferente a lo que se hablaba.

El Ministro suspiró resignado y se acercó a los tres más jóvenes.

- Creo que conocen a la señorita Hermione Granger y a los señores Ronald Weasley y Harry Potter. – mencionó al tiempo que los señalaba.

De inmediato se dirigió a los extranjeros y empezó a señalarlos uno a uno.

- Ya han tenido la oportunidad de tratar con el señor Travis Taylor; viene desde Australia. – señaló el mago.

Travis hizo una ligera reverencia y guiñó un ojo divertido.

- La señorita es Laria Thalassinos y la envió el Ministerio Griego. – continuó Kingsley.

Laria apenas si inclinó la cabeza y retomó su actitud distante.

- Este es el señor Kim…lo siento. – se disculpó el Ministro algo apenado.

- Cheol Yeonk. – completó el oriental con una reverencia formal.

- No se preocupe, Ministro, llevo meses intentándolo y hasta ahora no logro pronunciar su apellido. – intervino Travis.

- Sí, bueno el señor…Kim viene de Corea. – completó la presentación Kingsley.

- ¿Porqué? – preguntó Ron de pronto.

- ¿Porqué viene de Corea? – replicó Travis confundido.

- ¡No! ¿Por qué están aquí? ¿Qué está pasando? – insistió el pelirrojo.

- Excelente pregunta. – aprobó Laria con una mirada a Moody.

El viejo se inclinó hacia delante en su asiento y apoyó ambas manos en el bastón.

- Necesito que escuchen atentamente lo que voy a decir; quizá algunos de ustedes hayan oído algo, pero no quiero interrupciones, guárdense las preguntas hasta que termine, ¿de acuerdo? – ordenó más que preguntó.

Los otros ocupantes del salón asintieron de inmediato, a excepción de Kingsley que sabía bien de que trataba lo que estaba por revelar el auror.

- Esto es un poco complicado, ¿por dónde empiezo? – se preguntó Moody. – Bueno, vamos por partes y luego seguro que podrán atar cabos; mal que bien ninguno es tonto y…

- ¡Moody, empieza ya! – se impacientó Laria.

- ¿Qué dije de las interrupciones? – la regañó el mayor. – Como si no lo fueran a hacer igual. Está bien, empiezo. Hace unos meses, casi un año, yo estaba en…bueno, eso no interesa; el punto es que me llegaron unos rumores de lo más extraños. Según mi fuente, un grupo de ex seguidores de Voldemort se estaban moviendo más de lo normal, por decirlo así. Ustedes ya saben que casi todos los mortífagos fueron encarcelados o murieron en la Batalla de Hogwarts, pero como ocurrió en la Primera Guerra, algunos o se escaparon o lograron burlas las investigaciones del Ministerio y quedaron limpios por falta de pruebas. – dijo mirando a Kingsley con el ceño fruncido.

- Sabes que hacemos todo lo posible, Alastor. – le replicó el aludido con tono de advertencia.

- Sí, sí, ya todos sabemos que no puedes encarcelar a alguien que piensas es un mortífago por reunirse con otro que parece seguir sus pasos; lo único que se puede hacer es vigilarlos. Ahora, como decía, algunos de ellos se empezaron a reunir, lo que es raro porque si quieres pasar desapercibido no buscas a más gente como tú que llamará la atención, pero ellos lo hicieron y fue suficiente para ponernos en alerta, ¿verdad, Kingsley? – le preguntó.

- Así es. Sin embargo, reunirse no constituye un delito y sólo eran dos o tres y de un rango inferior en la época de Voldemort; reconozco que hasta que Alastor vino con sus noticias no le di especial importancia. – aceptó el Ministro viéndose ligeramente culpable.

- ¿Y cómo ibas a saber lo que tramaban? Yo no lo he confirmado hasta hace poco. – lo tranquilizó el mayor.

- ¿Confirmaste qué? – intervino Harry con tono firme.

El muchacho parecía haber dejado, al menos por el momento, su sorpresa de encontrarse con Moody y enfocaba todos sus sentidos a lo que estaba oyendo.

- ¿Alguno de ustedes ha oído hablar de La Noche de Walpurgis? – preguntó Alastor como si estuviera en medio de una clase.

Hermione y Kim aspiraron profundamente y vieron a Moody con sorpresa; los otros, salvo Kingsley, no expresaron más que confusión.

- ¿La Noche de qué? – preguntaron Travis y Ron a coro.

- La Noche de Walpurgis es la noche de mayor influencia mágica en todo el año, cuando mejor se pueden realizar los hechizos y conjurar fuerzas oscuras. – respondió Kim muy conciso.

- Creí que era en Halloween…- empezó Harry frunciendo el ceño.

- Un error común, lo que pasa es que las nuevas generaciones ya no conocen su historia. Halloween es una noche importante, no lo niego, pero en su época no había nada más poderoso que invocar un hechizo La Noche de Walpurgis. Sin embargo, la costumbre se fue perdiendo con el tiempo porque como bien dijo Kim, usualmente era aprovechada por los magos oscuros y se convirtió en motivo de sospecha si veías a alguien celebrarla, de modo que se fue perdiendo en el olvido y Halloween cobró mayor importancia; comparada con Walpurgis parece cosa de niños. – mencionó secamente Moody.

Los demás guardaron silencio en tanto procesaban la información.

- Supongo que pueden adivinar a quienes les encantaba esa fecha y se hacían llamar Los Caballeros de Walpurgis. – comentó el mago al cabo de unos minutos.

- Los mortífagos. – respondió Hermione de inmediato.

- Sí, esas escorias pretenciosas. – casi escupió Moody.

- Nunca escuché que ellos acostumbraran celebrar esa noche. – indicó la joven.

- No lo hacían; Voldemort se los tenía prohibido. Recuerden que estaba seguro de que no había nadie más poderoso que él y no le iba a hacer ninguna gracia que sus seguidores estuvieran rindiéndole culto a nada que no fuera él mismo. – anotó el mayor. – Pero eso no quiere decir que al menos las familias de sangre limpia, las más antiguas, no conocieran de su importancia.

- Mi familia es antigua y nunca he escuchado nada de eso. – objetó Ron.

- Eso es porque la mayoría de tu familia siempre ha sido gente decente, Weasley, es lógico que lo dejaran pasar; yo me refiero a familias de magos oscuros. – replicó Moody.

- ¿Cómo los Nott? – preguntó Laria de pronto.

- ¿Nott? – intervino Harry. – Fuimos a la escuela con un Nott, estaba en Slytherin, pero no hablaba mucho, ni siquiera para molestar, ¿qué tiene que ver con esto?

- Yo les cuento. – se sumó Travis. – Parece que los Nott fueron cercanos seguidores de Voldemort. Moody nos explicó hace poco que el padre del muchacho que fue su compañero era un mortífago que murió en la Batalla de Hogwarts. Ahora, hasta donde se sabía, su hijo no llegó a enrolarse.

- ¿Hasta donde se sabía? – repitió Harry.

- Hace poco, revisando los documentos enviados por el Ministro referidos a las actividades de mortífagos prófugos y sus familiares, llamó nuestra atención que este muchacho, Theodore, entraba y salía del país con mucha frecuencia, de modo que empezamos a seguirlo con mayor cuidado. Es muy astuto y sabe moverse sin llamar la atención, pero si bien no puedo acusarlo de nada porque no tenemos pruebas, he visto que se reunía con varios mortífagos sentenciados. – fue el turno de Kim de explicar.

- Yo les cuento lo del abuelo. – intervino Laria entusiasmada por las respuestas que esperaba. – Resumiendo, el abuelo de este chico fue compañero de escuela de Voldemort en su juventud y se sospecha que no sólo simpatizaba con sus ideas sino que lo apoyó con dinero y lugares para reunir a sus seguidores al inicio, pero nunca se hizo mortífago, no sabemos porqué. En teoría, el viejo murió hace muchos años y es su nieto el que parece seguir la tradición familiar.

- Entonces, ustedes piensan que Theodore Nott y un grupo de mortífagos intentan hacer algún tipo de ritual La Noche de Walpurgis, ¿correcto? – intentó aclarar Hermione.

- Lo de La Noche de Walpurgis nosotros no lo sabíamos, pero ahora vemos que es así, ¿no, Moody? – preguntó Travis.

- Son los informes que me llegaron, si, aunque apenas hace poco tiempo confirmamos que Nott está involucrado. – aceptó el viejo.

- ¿Y qué piensas que van a hacer exactamente? ¿Qué o a quién van a invocar? – inquirió esta vez Kim.

- Podría ser saber cualquier cosa, no hay manera de saberlo. – negó Kingsley. – Existen miles de rituales posibles…

- ¡El muggle! ¡El sacerdote que secuestraron! Está relacionado de alguna manera, ¿cierto? – intervino Hermione de pronto.

- Creemos que así es, aunque no podemos asegurarlo; no obstante, si fueron ellos quienes se lo llevaron podrían querer utilizarlo para algún tipo de sacrificio. – opinó Kim.

- Ah, sí, y no es un muggle en realidad sino un Squib, nos acabamos de enterar. – acotó Travis.

Los más jóvenes parecían sobrecogidos por todo lo que acababan de oír. Hermione se mordía los labios con nerviosismo, mientras Ron pasaba las manos por su rostro y cabello. Harry, por su parte, se sentó muy derecho con expresión concentrada.

- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó finalmente.

Moody y Kingsley intercambiaron una mirada mezcla de inquietud y resignación.

- De nada serviría decirles que no se involucren, ¿verdad, Potter? – se dirigió a él Moody con tono exasperado.

- No. – respondió el muchacho decidido.

- Lo mismo digo. – se sumó Hermione de inmediato. – Si Harry está en esto, nosotros también.

- Cierto. – asintió Ron aún confundido.

- Un momento. – intervino Laria. - ¿Van a dejar que estos niños participen?

- ¿Niños? – repitió Ron ofendido.

- Sí, niños. Acaban de salir de la escuela, por favor. – replicó la mujer.

- Señorita Thalassinos, estos jóvenes, no niños, han pasado por cosas que usted sólo puede imaginar y han demostrado un valor inigualable. En lo personal, me sentiría honrado de que se unieran a nosotros; lo único que me entristece es que se involucren cuando hace mucho ganaron el derecho a vivir en paz. – Kingsley habló con voz profunda en tono de reprobación.

Los aludidos lo vieron con agradecimiento y la mujer guardó silencio, pero no varió su expresión de reproche.

- Vamos, Laria, no me molestaría un poco de ayuda y ver caras nuevas; eres linda pero puedes resultar un poco estresante también, ¿sabes? – comentó Travis con tono inocente.

Laria lo vio con chispas saliendo de los ojos y Travis agradeció nuevamente que no pudiera matarlo con la mirada.

- ¿Qué opina usted, Kim? – Kingsley se dirigió al silencioso hombre.

- Si usted y Alastor están de acuerdo, yo sólo puedo obedecer. – respondió el oriental con su parquedad habitual.

- Eso es lo más parecido a un “sí” que le sacarán. – acotó Travis.

El Ministro se dirigió entonces al hombre mayor sentado en un rincón.

- ¿Alastor? – llamó.

Moody se enderezó y taladró con la mirada a cada uno de los tres chicos que lo veían expectantes desde el sofá.

- No importa lo que piensen, yo estoy a cargo y tendrán que obedecer sin chistar porque a la primera queja que les escuche estarán fuera. No quiero heroísmos ni nada de trabajar por su cuenta, aquí tenemos rangos y tienen que respetarlos aunque no estén de acuerdo; ellos son aurores ya recibidos y lo hacen, al menos la mayor parte del tiempo. – dijo Moody viendo a Travis de reojo.

- Eso dolió. – musitó el rubio por lo bajo.

- Seguirán con sus estudios como si nada pasara; aquí la discreción es primordial, recuerden que no tenemos nada concreto para acusar a esta gente y si se saben descubiertos pueden escapar como las ratas que son. – anotó el auror.

- Ese fue uno de los motivos por los que Alastor aconsejó que recurriéramos a otros Ministerios para reclutar aurores extranjeros; no hay manera de que los mortífagos sepan quienes son y eso ocasiona que se confíen, lo que nos conviene. – agregó Kingsley.

- ¿Entonces cuál será nuestro trabajo? – preguntó Harry.

- Ya lo dije, Potter, están a mis ordenes y cuando sea preciso me comunicaré con ustedes. Taylor estará cerca para que no piensen que los quiero hacer a un lado, él les llevará noticias tan pronto como sepamos algo nuevo. – les dijo Moody adivinando su desconfianza.

- ¿Y qué pasa si somos nosotros los que tenemos información valiosa? – preguntó Hermione de pronto.

Moody la vio con el ceño fruncido y una ligera sospecha.

- ¿Qué sabes, Granger? – inquirió él a su vez.

- ¿Serán ustedes tan colaboradores con nosotros como dices? – insistió la chica con astucia.

- Granger…- advirtió el mayor con impaciencia.

- Hermione, tienes mi palabra de que no les ocultaremos nada. – intervino Kingsley.

Hermione lo vio con cierta desconfianza y miró a Harry por el rabillo del ojo antes de empezar a hablar.

- A inicios de semana vi a Draco Malfoy reunirse con un extraño en un edificio abandonado de la Academia; entonces no supe quién era porque sólo oí su voz, pero ahora que lo pienso, estoy segura de que se trataba de Nott. – informó.

- ¿Qué fue lo que hablaron? – le preguntó Kim interesado.

- No fue mucho en realidad, sonó como que Nott le ofrecía algo a Malfoy, mejor dicho formar parte de algo, si bien él no parecía muy entusiasmado. – reconoció la joven.

- La Noche de Walpurgis. – adivinó Kingsley.

- Por lo que nos han dicho, si, supongo que se trataba de eso. – aceptó Hermione.

- No me extraña nada que haya pensado en Malfoy, da con el perfil: sangre limpia, seguidor de Voldemort…- opinó Travis.

- Bueno, allí tienen su primera asignación; ustedes tendrán que vigilar a Malfoy, especialmente tú, Granger, ya que comparten clases. – les dijo Moody.

- ¿No sería mejor que lo interrogáramos de una vez? Eso puede ser muy peligroso. – intervino Harry en desacuerdo.

- ¡Ya empezamos! ¡Discreción, Potter! Nada de ponerlos sobre aviso, acabo de decirlo. – refunfuñó el mayor.

- Está bien, Harry, puedo hacerlo. – Hermione tranquilizó a su amigo.

El muchacho pareció no estar muy seguro, pero decidió no discutir más en ese momento; ya podrían hablar más tranquilos en cuanto llegaran a casa.

- Creo que por ahora ya ha sido suficiente, tienen mucho en qué pensar ustedes tres. – dijo Kingsley dirigiéndose a Harry y sus compañeros.

- ¿No hay nada más que podamos hacer? – insistió él.

- Por ahora no; como dijo Alastor el señor Taylor será su enlace con nosotros. – replicó el Ministro.

El silencio se instaló en la habitación por unos minutos, como si cada uno de sus ocupantes se encontrara perdido en sus propios pensamientos.

- Entonces…nosotros nos vamos, ¿no? – Ron fue el primero en hablar.

- Sería lo mejor. ¿Creen que puedan regresar ustedes solos? Necesito hablar con Alastor. – les dijo Kingsley.

- Seguro. – aceptó Harry.

- Yo los acompaño. – se ofreció Travis.

Los tres jóvenes apenas si se despidieron, especialmente porque Kingsley fue el único más o menos amable. Kim y Laria permanecieron distantes, mientras que Moody a lo mucho si gruñó un “hasta pronto”.

Una vez fuera de la casa respiraron aliviados el aire fresco, en tanto el rubio los veía ligeramente divertido.

- Así que trabajaremos juntos, ¿eh? Será interesante, hay muchas cosas que podrían contarme y tal vez yo pueda darles una mano con sus estudios. – dijo amablemente dirigiéndose a Ron y Harry.

- Claro, gracias. – atinó a contestar el pelirrojo.

Lejos del camino de entrada se detuvieron listos para desaparecer.

- Nos estaremos viendo. – se despidió Travis antes de volver a la casa.

Poco después los tres muchachos aparecieron en la puerta de Grimmauld Place y apenas entraron al lugar, Ron se lanzó sin ceremonias sobre el asiento más cercano.

- ¿Les duele la cabeza tanto como a mi? – preguntó cubriéndose el rostro con un cojín.

Harry y Hermione ocuparon el sillón frente a la chimenea y tras asentir con pesadez, recostaron sus cabezas en el respaldar.

lunes, 18 de enero de 2010

Séptimo capítulo



Disclaimer: Todos los personajes, salvo uno que otro salido de mi afiebrada imaginación, son propiedad de J. K. Rowling.

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- ¿Porqué no empieza diciéndonos su nombre? – preguntó Hermione con voz cansada.

Ella y sus dos amigos rodeaban con las varitas en alto a Travis, que se había sentado con aparente tranquilidad en una banca de los jardines de la Academia.

El hombre no sabía si preocuparse o romper a reír. Por un lado, pensaba en lo que diría Moody cuando supiera lo ocurrido, sin mencionar a Laria y Kim, pero no dejaba de parecerle divertida la situación. Podría habérselas ingeniado para desaparecer hacía un buen rato y ellos no hubieran logrado seguirlo, pero todo lo que pasaba le parecía ridículo. Tal vez sus compañeros creyeran que era un poco irresponsable, pero la verdad era que analizaba las cosas mucho más de lo que podrían suponer.

En su opinión, la autoridad de Moody era respetable pero no estaba de acuerdo con todo lo que hacía, y tener a estos chicos en la ignorancia le parecía una mala jugada. Por experiencia sabía que esconder las cosas podía acarrear muchos problemas y malentendidos, aún más tratándose de muchachos que habían pasado por tanto a su corta edad. Él, al menos, no deseaba mentirles, aunque tampoco podía hablar abiertamente socavando la autoridad de quien lo reclutó. Tremendo lío en el que estaba.

- Te hicieron una pregunta. – lo llamó la voz del pelirrojo.

- Y la contestaré encantado cuando dejen de apuntarme y se sienten por allí; parece que me estuvieran interrogando. – se quejó Travis sin ocultar su fastidio.

- ¡Es lo que hacemos! – exclamó Ron poniendo los ojos en blanco.

- Pues en ese caso no creo que vaya a decirles nada; pensé que estábamos sosteniendo una charla amigable. – refutó el rubio.

- ¿Estás loco? – replicó Ron alucinado.

Travis lo ignoró y se dirigió al otro muchacho que lo veía pensativo.

- Potter, no quiero ofender pero podría haberlos desarmado sin problemas hace ya un buen rato, lo sabes, ¿verdad? Pero no es lo que quiero, sino hablar, así que si quieres llegar a algo lo mejor es que dejen esa actitud. – le dijo muy serio.

Harry asintió a su pesar y guardó la varita para espanto de sus compañeros.

- ¡Harry! – le reclamó Ron.

- No estoy segura…- opinó Hermione.

- Bajen las varitas, confíen en mí. – les pidió tranquilo Harry.

Sus compañeros hicieron lo que les pedía, no muy de acuerdo como era obvio.

- Muchas gracias, aprecio la confianza. Mi madre siempre lo dice, hablando se entiende la gente. – aprobó Travis recuperando su semblante risueño.

- Háblanos de ti, entonces, no tienes carta blanca. – le advirtió el muchacho.

- Comprendido. ¿Qué me preguntabas, preciosa? – se dirigió a Hermione.

- Queremos saber su nombre para empezar. – insistió la chica ignorando sus bromas.

- Esa es fácil. Travis Taylor, un placer. Siguiente. – dijo el rubio.

- ¿Quién eres exactamente y porqué nos sigues? – fue el turno de Harry de preguntar.

- Oh, eso. Bueno, verán, allí tendremos un pequeño problema. Puedo hablar en mi nombre y aún así estaré rompiendo algunas reglas, pero seguro sabrán entender. – comentó Travis.

- Está jugando con nosotros, Harry. – le dijo Ron a su amigo indignado.

- ¡Claro que no! – negó el hombre. – Miren, les diré lo que pueda y sólo lo hago porque aunque no lo crean les tengo mucho respeto y no me parece justo que no sepan nada. Si luego quieren más respuestas, tendrán que buscar en otro lado, ¿qué dicen? – ofreció el rubio.

Harry meditó la propuesta y vio con cuidado a Hermione a su derecha. Sus miradas se encontraron y parecieron adoptar un tácito acuerdo: recibirían toda la información posible y luego verían qué hacer con ella.

- Te escuchamos. – aceptó Harry al fin.

- Bien. Como ya dije, mi nombre es Travis Taylor y por mi encantador acento notarán que no soy de aquí. Soy australiano, nunca había estado en Inglaterra y seguiría así si no me hubieran enviado. – empezó el rubio.

- ¿Enviado quién? – preguntó Hermione.

- Mis jefes, ya saben, del Ministerio, de la Oficina de Aurores. – mencionó Travis encogiéndose de hombros.

Los tres amigos lo vieron boquiabiertos e intercambiaron una mirada de estupor.

- ¿Quieres hacernos creer que eres un auror? – Ron fue el primero en hablar.

- No les quiero hacer creer nada, es lo que soy. ¿Qué tiene de raro? – le preguntó Travis algo ofendido.

- ¿Puedes probarlo? – intervino Harry. – No debe extrañarte que desconfiemos…

- Supongo que no, esperen un momento. – aceptó el rubio sacando algo del bolsillo trasero, para luego extenderlo. – Esa es mi credencial, infalsificable, sólo ignoren la foto porque la tomaron al día siguiente de la graduación y venía de tremenda fiesta y…es una larga historia.

Harry tomó el documento y tras revisarlo con cuidado se lo tendió a sus amigos para que lo observaran también.

- ¿Porqué nos sigue un auror de otro continente? – le preguntó Harry devolviendo el carné.

- Ya lo dije, son órdenes. Mis jefes me enviaron aquí por un pedido especial y estoy trabajando en Londres. Una de mis labores es ver que nada malo les ocurra, eso es todo. – explicó Travis.

- ¿Eso es todo? – fue el turno de Hermione de lucir escéptica.

- Es lo que me han encomendado hasta ahora; si hay un cambio luego tendré que obedecer. – le respondió esquivo.

- ¿Quiénes son tus jefes aquí? ¿Quién le pidió al Ministerio Australiano que te enviara? ¿Por qué piensan que estamos en peligro? – lo interrogó Harry.

- Lo siento, chicos, pero aunque no lo parezca, he dicho mucho más de lo que debería; se los advertí, si quieren saber más busquen por otro lado. – se negó Travis.

- ¿Y quién más podría darnos información? – preguntó Hermione.

- Bueno, he oído que eres una chica lista, sólo tienes que atar algunos cabos, ¿quién tendría la autoridad para traer a Inglaterra a un auror extranjero? – preguntó él a su vez con intención. – Y con esa línea, me voy.

Harry, Ron y Hermione lo observaron ponerse de pie con presteza y antes de darse cuenta le daba la mano a cada uno con un apretón amistoso.

- Seguro que nos veremos pronto, me encantaría conversar con ustedes, he oído que han hecho cosas increíbles. Ya saben, si me ven por ahí, sólo ignórenme. – pidió.

- ¿Vas a continuar siguiéndonos? – se ofuscó Ron.

- Es el trabajo, lo siento. – se disculpó Travis. – De nuevo, un gusto.

El pelirrojo estuvo a punto de protestar nuevamente, pero ni siquiera había alcanzado a articular palabra cuando el hombre desapareció frente a sus ojos, no sin antes hacer un ademán de despedida.

- ¡Díganme que esto no es raro! – se quejó Ron.

Esperó en vano la contestación de sus amigos, pues ellos lucían pensativos y con la vista baja.

- Sabemos qué tenemos que hacer, ¿no? – comentó Harry al fin.

Hermione asintió con seguridad y dio una mirada alrededor de los jardines; hacía mucho ya que había oscurecido.

- ¿Lo sabemos? – preguntó Ron confundido.

- Ese auror prácticamente nos lo dijo, Ron. – le hizo ver Harry.

- ¿Cuándo? – insistió su amigo.

- Él dijo que debemos preguntarle a quien tenga la autoridad para hacerlo venir a Inglaterra. – recordó.

- Y ese sería…- se iluminó el pelirrojo.

- Kingsley. – pronunció Hermione.

- Ya es muy tarde y el Ministerio debe estar desierto, iremos mañana a primera hora. – indicó Harry.

Sus amigos estuvieron de acuerdo y se abrigaron mejor con las chaquetas en tanto comentaban con él todo lo que el extraño que ya no lo era tanto les había contado.

- Terminemos esta charla en casa; mientras no sepamos qué ocurre exactamente no estaré tranquilo. – les dijo Harry.

- Seguro. – aceptó Ron.

- Sí, está bien, además hay otra cosa que necesito comentarles. – terció Hermione.

- ¿Más? – se lamentó el pelirrojo.

- Sí, tiene que ver con Malfoy; con todo esto ya casi lo había olvidado. – le explicó.

- ¿Qué pasó con Malfoy? – se alarmó Harry.

- Esperemos a llegar a casa. – insistió ella.

Harry y Ron asintieron y con un sonoro chasquido tras otro, los tres compañeros desaparecieron del lugar.

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Tan pronto como Draco Malfoy llegó a la mansión familiar empezó a golpear cuanto mueble se le cruzó, por no mencionar a un par de infortunados elfos domésticos que salieron a recibirlo.

El ver a ese estúpido auror custodiando la entrada sólo lo había puesto de peor humor, si hasta se había atrevido a saludarle, ¿es que su apellido no significaba nada ya?

Todo era culpa de Potter y esa maldita costumbre de involucrarse en lo que no le importaba. Primero aguantar los patéticos intentos de seguimiento de Granger, como si no fuera a darse cuenta, y luego se le aparecen sus dos amiguitos a advertirle que no la molestara.

Azotó otra puerta en tanto se dirigía al salón principal para ver a su madre.

Era el colmo que ni siquiera le hubiera podido dar un buen golpe a Potter por culpa de ese tipo que apareció de la nada. Podía reconocerse a sí mismo que el cara rajada tampoco parecía haberlo visto nunca antes, pero eso no lograba que se sintiera mejor.

Había tenido un día para el olvido, pero igual estaba en la obligación de pasar a saludar a su madre antes de irse a la cama y convencerla de que la vida en la escuela iba perfecta; la pobre necesitaba esas mentiras para estar tranquila ahora que sólo lo tenía a él, estando su padre en Azkabán hasta Merlín sabía cuando. Draco, en lo personal, no lo extrañaba para nada, lástima que su madre no pensara igual.

Respiró profundo para calmarse antes de abrir las puertas con suavidad, listo para exhibir una falsa sonrisa de tranquilidad, pero esta se congeló en su semblante cuando vio la escena ante él.

Su madre ocupaba el sillón habitual, con la elegancia de siempre, pero una mueca que pretendía ser una sonrisa y mostraba gran nerviosismo cruzaba su níveo rostro.

La razón de su temor, porque eso era lo que se percibía en el ambiente, se encontraba cómodamente sentada en la silla que ocupaba su padre cuando estaba en casa. Tenía entre las manos una taza de fina porcelana que se llevó a los labios con cuidado.

- ¡Draco! Pensábamos que algo te había retrasado, comenzaba a preocuparme, pero tu madre dijo que llegarías en cualquier momento y aquí estás. – sonrió Theodore Nott satisfecho.

El joven Malfoy intercambió una rápida mirada con su madre intentando transmitirle algo de seguridad.

- Esta si que es una verdadera sorpresa, Nott, no te esperaba.- comentó el rubio acercándose.

- Ya lo ves, te dije que volveríamos a hablar y a eso vine. – sonrió el otro con expresión beatífica.

- El auror en la entrada…- tanteó Draco.

- Ah, no te preocupes por él. Ya se lo dije a tu madre, la pobre también temió por eso, pero le he explicado que lo último que deseo es causarles problemas, al contrario. Lo confundí al pasar y luego le eché un Obliviate; fue muy sencillo, me parece que quedó un poco lento, pero ya se le pasará. – comentó Nott al descuido.

- Ya veo. Así que necesitas hablar conmigo; está bien, pero preferiría que fuera en privado, ¿te molesta que te dejemos sola, madre? Estaremos en la biblioteca. – le dijo a Narcisa con una mirada significativa.

- Por supuesto que no, vayan tranquilos. – concedió su madre mostrándose serena.

- Perfecto. – asintió Nott entusiasmado. – Señora Malfoy, gracias por hacerme compañía, es usted tan encantadora como la recordaba, ha sido muy amable.

- Fue un placer, Theodore. – asintió ella tensa.

- ¿Vamos? – lo apremió Draco.

- Sí, señor. – bromeó el otro.

Hizo una ligera reverencia a Narcisa y se encaminó a la biblioteca. Tras él, Draco le hizo un gesto a su madre para que conservara la calma y con una última mirada se perdió tras la puerta.

Guardaron silencio hasta que cerraron las puertas del despacho y sólo entonces Draco se permitió expresar su ira.

- ¿Quién te crees que eres para irrumpir así en mi casa? – encaró a su interlocutor.

Nott no pareció en lo absoluto amedrentado, sino que se acomodó en un mullido sillón luego de servirse una bebida de un mueble lateral.

- Estuve esperando tu mensaje, pero puede haberse perdido en el camino porque no lo recibí. – indicó muy relajado.

- ¡No lo recibiste porque no te envié nada! – explotó el rubio.

- Ese podría ser un buen motivo, sí, muy lógico. – rió Nott. - ¿Sabes? Deberías sentarte y tomar algo de esto, tu padre siempre tuvo muy buen gusto, hay que reconocerlo.

Malfoy aspiró impaciente y cerrando las manos en puños ocupó el asiento tras el escritorio.

- ¿Qué quieres, Theodore? – preguntó con tono aburrido.

- Mucho mejor, ¿ves cómo podemos hablar tranquilamente? Tu familia y la mía han sido cercanas por siglos, recuérdalo. Siempre le he tenido gran afecto a tu madre, realmente me dolió la desconfianza con la que me trata; pero no la culpo, es natural con todo lo que le ha pasado. – mencionó con pena.

- Mantén a mi madre al margen de esto. – le advirtió Draco.

- En lo posible así será, claro. Es a ti a quien necesitamos. Te contaré algo en honor a nuestra amistad, Draco. Conoces a mi abuelo, ¿si? Lo viste un par de veces y habrás notado que puede ser un poco malpensado y siempre se va a los extremos. ¿Sabes lo que me dijo? Si tienes que torturar a su madre para conseguir lo que necesitamos, hazlo. – le dijo en tono de confidencia.

Draco saltó del asiento y en un parpadeo tenía la punta de la varita en el cuello de su ex compañero, que no cambió su expresión, pero su voz se volvió repentinamente helada y una amenaza encubierta se filtró en sus palabras.

- Pero yo le aseguré que eso no sería necesario en lo absoluto porque tú nos ayudarías encantado por la causa y que cualquier amenaza a tu madre sólo te ofendería, si bien es cierto que harías lo que fuera por ella, ¿no es cierto eso? Ya ves que te defendí. – dijo con tono engañosamente suave.

Draco retiró la varita y retrocedió un par de pasos.

- Ahora que dejamos eso en claro, ¿por qué no te sientas aquí a mi lado? Voy a contarte cuál será exactamente tu papel en La Gran Noche. – le sonrió con amabilidad.

El joven Malfoy guardó la varita y fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, ocupó un asiento frente a Nott y con expresión imperturbable se aprestó a oír lo que tenía para decirle.

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Travis se apareció en las afueras de la casona que les servía de refugio y tras seguir el ritual de tocar la verja de entrada para poder pasar, se internó en el amplio vestíbulo.

El silencio lo recibió para su profundo alivio. No pensaba contarles nada a Kim y Laria de su charla con Potter y sus amigos, pero tampoco deseaba mentir, ya bastantes problemas iba a tener cuando se encontrara con Moody; al menos seguía desaparecido.

Puso un pie en el primer escalón cuando oyó unas palabras que casi lo hacen trastabillar de la sorpresa.

- ¡Taylor! Ven aquí que necesito hablar contigo. – bramó una voz demasiado conocida.

- ¡Maldición! – masculló el rubio por lo bajo.

Tragando espeso y con su sonrisa más hipócrita se encaminó al salón.

Laria y Kim estaban allí y lucían algo impacientes, especialmente ella, no que eso fuera precisamente una novedad. Frente al mueble en el que se encontraban sentados, Moody se acomodaba en una vieja poltrona.

- ¡Moody! Hombre, qué bueno verte, ¿cómo va todo? – lo saludó el rubio.

- Ya, ya, como si fuera a creer que me extrañaron. – rumió el viejo. – Vienes de vigilar a Potter, ¿no?

- Claro, esa ha sido mi única asignación últimamente. – replicó Travis.

- Y es vital que lo hagas bien, eso y que seas muy cuidadoso para evitar ser visto. – asintió el auror convencido.

- Sí, bien, acerca de eso hay algo que me gustaría comentarles. – les dijo Travis jugando con su reloj.

- ¿No puedes decirlo luego? Moody nos ha tenido aquí esperando a que llegaras para confiarnos información muy importante. – intervino Laria.

- Deja que hable, Laria, no sabemos de qué se trata. ¿Ha ocurrido algo malo con Potter? ¿Algún ataque? – preguntó Moody preocupado.

Travis vio a su alrededor inquieto, sabiendo que no iba a recibir precisamente una felicitación.

- Pues lo que ocurrió es que…- empezó el rubio a hablar.

Según iba avanzando en su relato, los otros ocupantes de la habitación empezaron a mostrar distintas emociones.

Kim lucía tan imperturbable como siempre, pero en cierto momento se llevó las manos al cabello con incredulidad.

Laria hacía grandes esfuerzos para no saltar del asiento y estrangular con sus propias manos a su compañero. El instinto le habría ganado si Kim no la hubiera sujetado por el hombro.

En cuanto a Moody, era la seriedad en persona; sólo delataba su ira el que estuviera a punto de partir el bastón entre las manos y los movimientos frenéticos de su ojo mágico.

Un silencio abrumador cayó sobre el lugar cuando Travis terminó de hablar.

- Ya, vamos, ¿qué esperan? Sé que quieren matarme, pero les puedo asegurar que no estoy en lo absoluto arrepentido de lo que hice. – expresó el rubio desafiante.

- ¿Dices que no te arrepientes de ser un reverendo idiota? ¿Que no importa que hayas mandado nuestra misión al desastre? Sabía que el pensar no es tu fuerte, pero jamás creí que llegaras a tanto. – lo acusó Laria furiosa.

- Laria…- Kim trató de calmarla.

- No, déjala, que diga lo que quiera, no me importa. Hice lo que debía y sé que estuvo bien. ¿Cómo podemos protegerlos si no confían en nosotros? Y puede que ni siquiera nos necesiten, ellos son muy capaces, los he visto. Por otra parte, sólo he hablado por mí, no los he nombrado para nada. Si esos chicos averiguan algo más será por su habilidad.- indicó Travis con expresión testaruda.

- Pero tenías órdenes expresas, Travis. – le recordó Kim con tono sombrío.

- Y las he cumplido al pie de la letra aún cuando no estaba de acuerdo. Tenía que intervenir, no iba a dejar que el chico Malfoy le hiciera algo, sabes que hubieras actuado igual. – replicó el rubio.

- Quizá, pero no me habría quedado a charlar. – espetó Kim sin disimular su malestar.

- ¿Porqué no los trajiste aquí? Fue lo último que te faltó. – terció Laria con sarcasmo.

- Ya expliqué lo que alcancé a decirles; no he mencionado a ninguno de ustedes. – se defendió Travis.

- ¡Por favor! Les diste la punta de la madeja y fue más que suficiente; mañana mismo estarán con su Ministro y ya veremos qué les dice él. – siguió atacándolo ella.

El sonido de un asiento arrastrándose los distrajo de su discusión y giraron a ver cómo Moody se levantaba trabajosamente y se encaminaba a la puerta dándoles la espalda.

- ¡Alastor! ¿A dónde vas? – le preguntó Kim.

- ¿A dónde crees? Tengo que poner sobre aviso a Kingsley y ver qué es lo que se hará. – masculló de mal talante.

- Pero…pero… ¡no has dicho nada! ¡Prometiste explicarnos todo en cuanto llegara Travis! – se quejó Laria saltando del asiento.

- Eso fue antes de que cambiaran mis planes. – replicó el viejo con una mirada al rubio. – Hablaremos cuando regrese.

La mujer se dirigió furiosa a las escaleras golpeando con el hombro a Travis en el camino y se perdió tras el descanso; un sonoro portazo fue lo último que oyeron de ella.

- Sé que hice lo correcto, Moody. – dijo en voz baja el rubio.

- Ya tendremos una charla tú y yo acerca de eso. – mencionó el viejo auror antes de salir.

Kim se levantó con pesadez y subió también las escaleras, pero antes de girar en el rellano se dirigió a su compañero.

- Si estás tranquilo con tu conciencia no tienes porqué sentirte culpable. – dijo.

- No lo hago. – replicó el otro.

- Me alegra. – sonrió Kim siguiendo su camino.

Travis se quedó solo en el gran salón y tras soltar una maldición, golpeó con fuerza una pequeña mesa lateral reduciendo sus adornos a añicos.

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Hermione se movía por la amplia cocina de la Casa Black, buscando en los estantes una taza y lo necesario para prepararse algo de chocolate.

Eran las dos de la mañana y no podía conciliar el sueño por más que lo intentó, así que dejó de dar vueltas en la cama y bajó para tomar algo.

Hacía apenas un par de hora que ella y los chicos se fueron a descansar, tras pasar mucho tiempo conversando en el salón. Luego de analizar todo lo referente a ese hombre, Travis, se pusieron de acuerdo acerca de cómo abordar a Kingsley para que les dijera qué era lo que estaba pasando. La opción de Harry, de ir y simplemente preguntar, parecía la más práctica y efectiva.

Luego fue el turno de Hermione de hablar. Les contó absolutamente todo lo que venía sospechando de Malfoy, desde la conversación que oyera con el extraño el primer día de clases, hasta la velada amenaza de ese día.

De nuevo tuvo que hacer lo posible para tranquilizar a sus amigos y evitar que fueran a buscar a Malfoy; ya habían tenido suficiente con el encuentro de esa tarde. Pudo convencerlos de que lo mejor sería hablar con Kingsley y según lo que les revelara podrían informarle de las andanzas de Malfoy, quizá hasta les sirviera ese conocimiento para obtener alguna información valiosa.

Se sentó a la mesa con su bebida, tomando pequeños sorbos mientras continuaba pensando, parecía que eso era lo único que había hecho en todo el día, pensar.

La puerta de la cocina se abrió con cuidado, dejando ver a un Harry más despeinado que de costumbre que se frotaba la nuca ahogando un bostezo.

- No podía dormir. – declaró el muchacho.

- Únete al club. – replicó Hermione señalando su taza.

- ¿Queda algo de eso? –le preguntó su amigo.

- Sí, en la cacerola, ¿quieres que te sirva un poco? – ofreció la joven.

- No, deja, yo lo hago. – contestó él.

Hermione lo observó servirse lo que quedaba del chocolate y luego lavar el cuenco a lo muggle, que era como hacía casi todo la mayor parte del tiempo. Siempre le asombraba lo bien que se le daban a Harry esas cosas, aunque bien pensado casi era lógico considerando la familia con la que se crió.

- ¿En qué piensas? – le preguntó su amigo sentándose frente a ella.

- Nada especial. – se encogió de hombros ella.

- Eso quiere decir que era algo relacionado conmigo. – sonrió Harry.

- Por supuesto que no. – negó Hermione con énfasis.

- Ya, si tú lo dices. – aceptó el muchacho no muy convencido. - ¿No podías dormir pensando en todo lo que ha pasado?

- Sí, imagino que a ti te ocurre lo mismo; pero sospecho que Ron no tiene el mismo problema. – comentó la chica.

- Sospechas bien. – asintió Harry.

Hermione sacudió la cabeza divertida y se entretuvo haciendo círculos con el dedo sobre la mesa, en silencio, mientras Harry parecía estar pensando con la cabeza apoyada en una mano. Le gustaba eso de él, se sentía tan cómoda a su lado sin necesidad de hablar, algo realmente difícil con la mayor parte de sus conocidos, por no mencionar a Ron, quien se desesperaba cuando las personas se quedaban mucho tiempo en silencio.

Ella realmente apreciaba el poder permanecer al lado de alguien sin sentir la necesidad de llenar el silencio con palabras vacías. Con Harry se sentía en paz, ya no le oprimía el pecho como hacía unos momentos cuando estando sola pensando en todos los problemas que al parecer tendrían que enfrentar; ahora estaba más tranquila, optimista al menos.

- ¿Esta vez si me dirás en qué piensas? – Harry interrumpió sus pensamientos.

- En que tengo mucha suerte de tenerte conmigo. – respondió la joven con una sonrisa.

Harry la vio con una mezcla de sorpresa y confusión en su rostro que le arrancó una carcajada.

- No lo entiendo, ¿Qué es tan gracioso? – insistió su amigo.

- Nada, Harry, no me hagas caso. ¿Sabes qué? Creo que empiezo a sentir algo de sueño, me voy a la cama. – se levantó Hermione llevando su taza al fregadero.

- ¿Porqué siento que no me estás diciendo algo? – le preguntó suspicaz.

- No es así, en serio. – le aseguró. - ¿Te quedas?

- No, voy contigo, me vendrá bien dormir un rato. – le dijo siguiéndola fuera de la cocina.

Subieron las escaleras en silencio, lado a lado. Pasaron por la habitación de Ron e intercambiaron una sonrisa al oír los potentes ronquidos.

Una vez que llegaron a la pieza de Hermione, la chica abrió la puerta, pero antes de entrar miró a su amigo con atención.

- Harry, todo saldrá bien al final, ¿verdad? – preguntó con cierta ansiedad.

- ¿No es siempre así? – contestó él sonriendo.

- Sí, tienes razón, gracias. Que descanses. – se despidió.

- Tú también. – correspondió el muchacho.

Hermione cerró la puerta con una sonrisa y Harry cruzó el corredor para ir a su habitación; una expresión curiosa adornaba su semblante, entre la duda y el desconcierto.

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- ¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Moody después de tomar un trago de su petaca.

Kingsley dio una calada a su pipa, el único vicio que tenía y del que no hablaba mucho, antes de ver a su amigo pensativo.

Compartían una pequeña oficina que este último habilitara en su casa para tratar asuntos de trabajo sin importunar a su familia.

La última hora, Alastor le había dado tanto información que se sentía realmente agobiado, reconoció pasándose la mano por la frente.

Lo de La Gran Noche confirmado ya era suficiente para inquietarlo, pero no podía negar que era algo que venían suponiendo hacía muchos meses, al menos no los cogía con la guardia baja.

Fue el motivo principal para reclutar aurores extranjeros, recopilar la información y mantener bajo vigilancia a todos los sospechosos; no era algo que los tomara por sorpresa.

Pero hablar de todo esto con Potter…

No, nunca estuvo entre sus planes; creyó que lo solucionarían sin que hubiera necesidad de que la mayor parte de la Comunidad Mágica se enterara, Potter y sus amigos incluidos.

- Ese auror tuyo es demasiado impetuoso. – cabeceó Kingsley.

- ¡Impetuoso! Atolondrado, imprudente, falto de sentido común, eso es lo que es. – rumió disgustado Moody.

- No seas tan duro con él, también es muy valiente, lo sabes. – replicó su amigo.

- Ya hemos enterrado a demasiados valientes. – le dijo el viejo con tono sombrío. – Pero no vine a hablar de Taylor sino a saber qué vas a hacer cuando Potter venga a hablar contigo.

Kingsley miró el techo con las manos cruzadas tras el cuello, con una mueca triste.

- No tenemos opción, Alastor, si me busca haré lo correcto y le diré lo que debo. – expresó el hombre.

- ¿Y qué sería eso? – preguntó Moody aunque ya lo imaginaba.

- La verdad. – respondió Kingsley gravemente.

El viejo tomó otro trago de su petaca y repantigándose en el sillón empezó a negar en señal de desacuerdo.

- La verdad. – Repitió bufando.- ¿Entonces porqué mejor no reunimos a todos y aprovechamos para contarlo sólo una vez?

- Me parece una excelente idea. – indicó Kingsley con aparente calma, ignorando la mirada incrédula de su amigo.

Sí, sería lo mejor. Si Potter llegaba buscando respuestas y el grupo de Alastor necesitaba saber a qué se enfrentaba, pues lo más práctico era reunirlos a todos de una vez. ¿Quién sabe? Tal vez algo buen podría salir de todo eso. Y con esa idea, le dio una nueva calada a su pipa.

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jueves, 7 de enero de 2010

SEXTO CAPITULO




Disclaimer: Todos los personajes y lugares conocidos, salvo obvias excepciones, pertenecen a J. K. Rowling.

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Harry atendía a la charla del profesor sobre los procedimientos que un auror debía conocer al realizar una redada, tomando notas y frunciendo el ceño, distraído sin poder evitarlo.

Era el último día de su primera semana de clases y todo allí iba bien, pero había muchas otras cosas que le preocupaban.

Miró a Ron sentado a su lado, recordando sus comentarios del primer día; su amigo no había dicho nada más y cada vez que Harry intentaba retomar la conversación, el pelirrojo cambiada abruptamente de tema dándole a entender que no iba a decir una palabra más al respecto. A Harry eso le parecía muy injusto, porque sólo había logrado confundirlo y ni siquiera se tomaba la molestia de hablar con claridad.

¿Cuándo había ignorado a Ginny? Nunca, estaba seguro. ¿Qué había de malo en que se interesara por todo lo relacionado con Hermione? Nada, porque era su amiga y su deber era preocuparse por ella. Suponer siquiera que se olvidaba de su novia cuando Hermione estaba de por medio le parecía ridículo. Eran dos cosas totalmente distintas, Ron estaba loco.

En vez de decir tonterías, debería preocuparse tanto como él por lo que Hermione les contara a inicios de semana.

Casi rompe la pluma al apretarla con rabia sólo de recordar eso. Cuando Hermione les hizo saber que Malfoy estudiaba en la misma Academia a la que ella iba se quedó estupefacto. Mientras Ron maldecía indignado por lo que le parecía una tremenda locura, Harry pensó seriamente en cambiarse de carrera. ¡No podían dejar a su amiga sola y a merced de ese tipo! Ya, está bien, tal vez ella supiera cuidarse, pero Malfoy no era ningún idiota cualquiera, era Malfoy.

Aunque Hermione dijera una y otra vez que ni un solo día le había dirigido la palabra siquiera para insultarla o decirle algo de mal gusto, él pensaba que sólo fingía porque estaba siendo vigilado y no quería llamar la atención, pero tan pronto como se sintiera seguro empezaría a molestar a Hermione y ellos no iban a permitirlo de ninguna manera.

Hasta ahora le habían hecho caso a su amiga y se abstuvieron de ir a la Academia para prevenir a Malfoy, pero ya iba siendo hora de dejar algunas cosas en claro, sólo para evitar problemas futuros. Tan pronto como terminaran las clases de ese día, él y Ron irían a recoger a Hermione y de paso podrían aprovechar para hacerle llegar una pequeña advertencia a Malfoy, por el bien de todos.

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Estudiar sin descanso se había convertido en la rutina de Hermione desde el primer día de clases.

Ella y Padma, que dejaba muy en claro el porqué fue enviada a Ravenclaw en su época en Hogwarts, sentían la misma pasión por los libros y deseos de conocer tanto como era posible. Se convirtieron con rapidez en buenas amigas y se apoyaban mutuamente para cumplir con sus deberes.

Lo único que ensombrecía sus días de estudio era la preocupación por lo que fuera que Malfoy estuviera tramando.

No les había dicho absolutamente nada a sus amigos de lo que oyera cuando lo espió en su primer día de clases, su encuentro a hurtadillas con el hombre que no alcanzó a ver y lo inquieta que se sentía desde entonces.

Esa no había sido exactamente su idea inicial, pero ambos reaccionaron tan mal cuando les comentó que compartía clases con Malfoy que realmente temía lo que fueran a hacer. Ron gritó por horas y aún seguía mascullando en voz baja cada vez que recordaba el asunto, mientras que Harry pasó del shock a un estado de agitación y desconfianza que empezaba a ponerla nerviosa.

Si supieran lo de la discusión que oyó entre él y ese extraño ya los podía ver en la puerta de la Academia dispuestos a acusar a Malfoy de los peores crímenes y aunque ella desconfiara en igual medida de él, debía ser justa y reconocer que no parecía haberse involucrado en nada malo…aún, porque era obvio que ese hombre no lo invitaba a una partida de ajedrez.

Se preguntó mil veces si lo más sabio no sería ir al Ministerio y comentarle a Kingley o al señor Weasley lo que había oído, pero le pareció un poco injusto de su parte meter en problemas a Malfoy cuando no estaba segura de nada; aún más si ya de por si estaba siendo vigilado. Lo único que podía hacer por ahora era mantener los ojos bien abiertos y estar atenta a cualquier otra señal de que el ex Slytherin hubiera vuelto a las andadas.

Ese fue su consuelo durante toda la semana, y el viernes, mientras buscaba en la biblioteca unos títulos para mostrarle a Padma caviló también acerca de la extraña actitud que Ron estaba mostrando para con ella y Harry.

No lo veía tan reservado desde que terminaron en séptimo y aún así había algo que no la convencía del todo.

Por momentos se mostraba huraño, pero antes de que pudiera preguntarle qué le ocurría, regresaba a la normalidad; o tanta como acostumbraba. De algún modo no se quitaba la sensación de estar siendo vigilada todo el tiempo y que el causante de ello fuera uno de sus mejores amigos no le agradaba en lo absoluto.

En cuanto a Harry, si le llamaba la atención la actitud de Ron, no lo demostraba. Cada vez que ella intentaba mencionar algo al respecto, él repetía que su amigo era así y no había que darle demasiada importancia; pero conocía demasiado bien a Harry como para creerle; sospechaba que ocurría algo extraño entre los dos que no deseaban compartir con ella y no sabía si sentirse ofendida o aliviada; estando Ron de por medio uno nunca sabía qué esperar.

Hubiera continuado con los libros en los brazos y la mirada perdida, pensando en lo mismo una y otra vez, de no ser por unos fuertes pasos que se acercaban en su dirección. No se movió del lugar creyendo que se trataba de Padma, pero grande fue su sorpresa al encontrarse cara a cara con la persona que la había mantenido en guardia durante toda la semana.

Draco Malfoy se detuvo frente a ella con expresión insondable, mezcla de su acostumbrado desprecio y algo de incomodidad; al parecer no tenía ningún deseo de dirigirle la palabra, pero algo lo llevaba a hacerlo.

- Granger. – dijo sonando a cualquier cosa menos a un saludo.

- Malfoy. – respondió la chica sin saber qué más decir.

- Dos cosas muy sencillas, Granger. Primero, no me gusta que me sigan, mucho menos alguien como tú; y en segundo lugar, si vuelves a oír una conversación que no te incumbe atente a las consecuencias.- declaró antes de girar para irse.

Hermione apenas si salió de su asombro para dar unos pasos en su dirección y hablar con voz fría.

- No sé de qué estás hablando. – mintió.

- El idiota es Weasley, tú sólo eres una sangre sucia, ¿recuerdas? Creo que he sido bastante claro, considérate advertida. – con una última mirada despectiva dio medio vuelta y se perdió entre los estudiantes.

La joven soltó suavemente la varita que había empuñado con discreción y tras fruncir el ceño, se aferró a sus libros y salió del lugar.

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Kim y Laria se reunieron en el amplio vestíbulo de la casa, luego de cumplir cada uno con sus respectivas asignaciones.

La mujer lucía tan malhumorada como de costumbre y ocupó uno de los asientos del salón, luego de saludar con una cabezada a su compañero. Él hizo otro tanto, dejando pasar las malas maneras que sabía eran el resultado de la falta de noticias que la agobiaban.

- Antes de que preguntes; no, no se ha sabido nada de Moody y he revisado tantas veces esos pergaminos buscando alguna pista que empiezo a ver doble. – le informó Laria sobándose las sienes con ademán cansado.

- Lo suponía. – observó Kim, ocupando un sillón. – Yo, al menos, creo haber encontrado algo interesante luego de revisar los archivos del Ministerio.

Laria levantó la mirada con presteza y fijó su atención en lo que el otro tenía para decir.

- Es referente al sacerdote muggle que secuestraron hace unas semanas. – continuó el hombre. – Su apellido es Martin y pertenece hace muchos años a esa congregación; aparentemente no había nada que pudiera relacionarlo con nosotros, pero indagando entre viejos documentos encontré algo de su pasado que resulta de lo más curioso.

- ¿Y bien? – lo apremió Laria.

- Es un Squib. – informó Kim sin rodeos.

La mujer le devolvió la mirada sorprendida, quedándose por un momento sin palabras.

- Si no fuera porque se trata de ti, pensaría que estás bromeando. – comentó al fin.

- Dejémosle eso a Travis. – concordó con ella. – Lo que digo es totalmente en serio, aparece en los registros.

- Pero… ¿qué es lo que averiguaste exactamente? – le preguntó ella.

- En esencia, nada especial. Verás, al parecer este hombre nació de padres magos, Lattam era su apellido, que al comprobar la nula capacidad mágica de su hijo, lo dejaron en un orfanato. – le contó.

- Eso es horrible. – espetó Laria asqueada.

- Sí, es verdad, pero bastante más frecuente de lo que podrías pensar. Bien, volviendo a este hombre, sucede que nunca fue adoptado sino que optó por unirse a la Orden religiosa que lo acogió y desde entonces no había llamado la atención. Lo que sospechan en el Ministerio es que igual que muchos otros no tiene idea de cuál es su verdadero origen. – explicó Kim.

- Pero los libros que encontramos, Kim, algo debe de saber. – objetó su compañera.

- No necesariamente. Me inclino a pensar que debe de sentir cierta atracción por la magia; tratándose de un Squib es natural y eso explicaría que hubiera buscado informarse al respecto. Ahora, considera que hablamos de un sacerdote; lo más probable es que parte de él considerara que había algo malo en ese interés por nuestro mundo, aún cuando no supiera mucho y por eso escondía los libros. – expresó el oriental con lógica.

Laria guardó silencio, meditando en la información que acababa de recibir.

- Pero hay un vínculo; lo sepa o no, hay algo que lo relaciona con nosotros.- mencionó pasados unos minutos.

- Exacto, ya podemos estar seguros de que quien se lo llevó sabe de su origen y por eso lo escogió como blanco, podría apostarlo. ¿Para qué? Es algo que me gustaría saber. – mencionó Kim pensativo.

- Sí, para qué. – repitió la mujer ensimismada.

La puerta del frente se abrió con brusquedad antes de que alcanzaran a reaccionar y apenas si habían sacado las varitas cuando una figura se acercó cojeando.

- ¡Alastor! – exclamó Kim

- ¿Dónde rayos te habías metido? – lo encaró Laria cuando recuperó el habla.

El viejo la ignoró y se arrastró cansado a la silla más cercana exhalando un suspiro de alivio.

- ¿Cuál es mi apellido? – le preguntó Kim de pronto sin bajar la varita.

- Si crees que voy a poder pronunciar eso estás loco, nunca lo he hecho, pero es bueno saber que alguien se preocupa por la seguridad. – masculló el auror viendo con disgusto a Laria.

Ella tuvo al menos la delicadeza de parecer apenada, antes de recobrar su actitud altanera.

- Sabía que Kim lo iba a comprobar. – Mintió con descaro.- Pero no puedes aparecer después de tanto tiempo y no decir nada, empieza ya. ¿En dónde estabas? ¿Qué sabes? –inquirió.

- Laria…- le advirtió su compañero.

- Está bien, Kim, necesito hablar con ustedes, hay mucho qué decir, pero sería mejor que estuvieran los tres. ¿Dónde se encuentra Taylor? – preguntó Moody.

- Vigilando a Potter. – se apresuró a contestar el más joven.

- Bien, eso esperaba. – aprobó el viejo. – Bueno, supongo que tendremos que esperarlo.

- Pero Moody…- objetó Laria.

- No voy a repetir las cosas, esperamos a Taylor. Ustedes pueden ir diciéndome qué han averiguado. – ordenó tajante.

La mujer lo vio frustrada y se acomodó en el asiento sin dejar de mirar al auror con ira.

Kim, por su parte, se sentó tranquilo y observó interesado la apariencia cansada del viejo frente a él.

- Acabamos de descubrir algo muy interesante del sacerdote que sospechamos secuestraron los mortífagos. – informó.

- ¿Y qué es? – preguntó Moody.

- Se trata de un Squib. – continuó Kim.

- Ya.- asintió el mayor.

- No pareces sorprendido. – intervino Laria elevando las cejas.

- No lo estoy, ya esperaba algo así. – aceptó el auror.

Kim y Laria intercambiaron una mirada interrogante y contemplaron con mayor interés al hombre.

- No pregunten aún, les diré todo lo que sé cuando llegue Taylor, pero no me vendrían mal algunos detalles, díganme todo lo que sepan del Squib. – pidió.

- ¿No podrías al menos…? – intentó Laria nuevamente.

- No, ahora ¿quién va a hablar? – insistió Moody.

Kim lanzó un suspiro resignado y con voz calmada empezó a exponer su informe.

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Theodore Nott lanzó sin ceremonias un plato medio lleno de comida por debajo de unos barrotes de la pequeña celda.

Varios cubículos pegados uno a otro y firmemente sellados no sólo por magia, sino también por gruesas cadenas constituían una visión sobrecogedora.

El único lugar ocupado por el momento era aquel frente al que se encontraba el joven. Una mano desesperada cogió el plato y lo arrastró hacia si.

Pasaron apenas unos minutos antes de que fuera devuelto vacío y un hombre de ojos febriles se asomara a la pequeña ventanilla viendo con angustia a su captor.

- ¿Hasta cuando? – preguntó con voz ronca.

- No, no empieces, ¿quieres? Nada de oírte hoy, sólo vine a dejarte la comida. ¿Ves qué amables somos contigo, Squib? Tengo que hacer un largo viaje y aún así vengo a visitarte. – comentó el joven con burla.

- Yo no entiendo, no sé porqué me llamas así, no sé qué quieren de mi. – insistió el anciano.

- Y es una suerte que eso a nosotros nos tenga sin cuidado; pero no te preocupes, no falta mucho para que salgas de aquí. – le dijo Nott pateando el plato vacío a un rincón.

El joven empezó a subir las escaleras que lo llevarían al primer piso de la casa mientras canturreaba una canción que erizó el cuerpo del prisionero.

- Muy pronto serás completamente libre, Squib, lo prometo. – le dijo sin voltear antes de reanudar su melodía.

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- ¿Segura de que estás bien? – preguntó por tercera vez Padma a Hermione.

Ambas se encontraban en los jardines de la Academia, tras terminar la última clase del día. Los estudiantes desaparecían a su alrededor y ellas se sentaron en unas bancas libres.

Hermione intentaba parecer calmada, aunque por dentro deseara llegar cuanto antes a la Casa Black para encontrar a Harry y Ron. Había decidido contarles a ambos lo que estaba ocurriendo con Malfoy, porque ahora sí podía asegurar que el muchacho se encontraba involucrado en algo muy turbio.

Sólo que no deseaba alarmar a Padma y por eso había accedido a acompañarla un rato mientras le contaba algunas cosas referentes a un compañero de la Academia que acababa de invitarla a salir. Veía como la tarde avanzada y se limitaba a asentir o a responder con monosílabos los comentarios de su amiga.

- Hermione, te preguntaba si estás bien. – insistió la joven preocupada.

- ¿Qué? Oh, si, claro, es sólo que parece que todo el mundo se hubiera ido ya, ¿no crees? – comentó la chica viendo a su alrededor.

Estaba en lo cierto, pues apenas se veían pequeños grupos a lo lejos y sólo ellas ocupaban esa zona de los jardines.

- Tienes razón, no lo había notado, lo siento. A veces no puedo dejar de hablar, es sólo que Adam…- se disculpó Padma apenada.

- No te preocupes, al contrario, gracias por confiar en mí, y realmente creo que deberías aceptar salir con él. – le aconsejó Hermione con una sonrisa.

- Lo haré. – sonrió animada su amiga. – Y cuando encuentres a alguien podríamos salir los cuatro.

- ¿Yo? No lo creo, no tengo tiempo para eso. Además, no hay nadie…- descartó ella encogiéndose de hombros.

- ¿En serio? ¿No hay por allí nadie especial? Ya sabes, ese que cuando lo ves se te acelera el corazón y empiezas a sentir cosas raras en el estómago. – le insistió Padma con un guiño travieso.

Hermione la contempló confundida, pensando en si alguna vez había sentido algo así, pero no pudo recordarlo. ¿Corazón acelerado y mariposas en el estómago? Ni siquiera con Ron, estaba segura; sólo una persona provocaba en ella sensaciones parecidas y no tenía nada que ver con el amor. ¡Qué tonterías pensaba! Debería apresurarse en volver a casa y no andar cavilando algo tan absurdo.

- No lo creo, no hay nadie, ya te lo dije. Mira, no quiero ser grosera, pero es muy importante que vaya a casa. – le dijo a su amiga.

- Sí, claro, sólo bromeaba, no me hagas caso; también yo debería estar en camino, ¿quieres que desaparezca primero? – preguntó.

- Seguro. – respondió Hermione.

- Nos vemos el lunes, guárdame un asiento. – se despidió Padma.

- Claro, que tengas un buen fin de semana. – le deseó la joven.

- También tú, hasta luego. – dijo la muchacha antes de desaparecer.

Hermione se preparó para hacer lo mismo, mentalizada en los exteriores de Grimmauld Place, pero una figura que se acercaba en su dirección la distrajo.

Malfoy caminaba con la vista gacha, fijando la mirada en un trozo de pergamino que leía frunciendo el ceño; lo que fuera que decía no parecía agradarle en lo absoluto. Iba tan ensimismado que no pareció notar quién se encontraba en su camino.

Hermione se debatió entre desaparecer o encararlo firmemente para conseguir que le dijera en qué andaba metido; ese muchacho ya les había dado demasiados problemas en el pasado como para pasar por alto su actitud sospechosa; y además así tendría algo más coherente para contarles a Harry y Ron.

Sin embargo, antes de que tomara una decisión, ocurrieron dos cosas a la vez. Malfoy levantó al vista al sentirse observado y una mueca de ira se dibujó en su semblante. No había dado más de un par de pasos cuando unos sonoros chasquidos se oyeron tras Hermione.

La escena que vieron Harry y Ron los hizo ponerse en guardia de inmediato. Hermione parada con expresión hostil observando a Malfoy que veía a su alrededor con desagrado. El hecho de que no hubiera más personas por allí sólo aumentaba la sospecha.

Ambos se plantaron al lado de su amiga y sin darle tiempo de atinar siquiera a expresar su sorpresa, miraron fijamente al rubio que se erguía ante ellos.

- ¿Empiezas a dar problemas, Malfoy? – le preguntó Ron sin sutilezas.

- ¡Qué sorpresa! No, esperen, no lo es. Ustedes siempre aparecen de la nada para vigilar a su amiguita, ¿verdad? – comentó con ironía.

- ¡No la vigilábamos! – negó Harry adelantándose. – Pero llegamos en muy buen momento porque necesitábamos hablar contigo.

- ¿Y de qué podrá ser? – se preguntó el rubio rodando los ojos.

- Es muy sencillo, no te metas con Hermione; si nos enteramos de que la has molestado de alguna manera te las verás conmigo. – lo amenazó Ron.

Hermione se apresuró a situarse entre los chicos para evitar una discusión; no era así como deseaba hablarles a sus amigos de lo que venía sospechando, pero Harry la tomó del brazo para hacerla a un lado.

- Realmente no creo que seas tan idiota como para meterte en problemas de nuevo, pero si tan sólo por molestar se te ocurre ofender a Hermione, ya no vendremos sólo a hablar. – le advirtió el muchacho con una mirada feroz.

Malfoy lucía aparentemente aburrido por lo que le decían, pero sus ojos astutos no perdieron detalle de cada movimiento de los demás, en especial la actitud sobre protectora de Harry.

- Vaya, parece que me he perdido de algo; no que me interese, claro, pero no deja de ser curioso. – Mencionó arrastrando las palabras.- Sé que los Gryffindors llevan la amistad al extremo, aún fuera de la escuela, pero ¿no les parece que compartir a la sangre sucia es demasiado…?

- ¡Cuida tus palabras, Malfoy! – lo cortó Ron con la mano en la varita.

- Bueno, Weasley, haz un esfuerzo y piensa; aunque hayas terminado con ella, pasársela a Potter debe doler, ¿no? – comentó el rubio hiriente.

- ¡Suficiente! – exclamó Harry sacando la varita.

Malfoy hizo lo mismo y ambos se apuntaron con gesto amenazante.

- Harry, no le hagas caso, sólo quiere causar problemas; vamos a casa, por favor. – le pidió Hermione con una mano sobre su brazo.

- Sí, Potter, hazle caso a tu novia; aunque ahora que lo pienso, ¿qué no andabas con la hermana de la Comadreja? – continuó Malfoy sin bajar la guardia.

- ¡Sigues siendo la misma basura de siempre, Malfoy! – espetó Ron con desprecio.

En la acera de enfrente, mientras Harry y Ron intercambiaban insultos con Malfoy ignorando los llamados a la paz de Hermione, unos ojos azules preocupados contemplaban la escena.

Travis siguió a los muchachos desde la Academia de Aurores, seguro de que su destino sería como era habitual la casa de Grimmauld Place, pero le sorprendió ver que se dirigían a recoger a su amiga.

De cualquier modo, no le dio mayor importancia y se mantuvo distante, esperando que los tres se reunieran y volvieran a la casa.

Ahora estaba allí, viendo como se desarrollaba una tremenda discusión con un muchacho que estaba seguro pertenecía a la familia Malfoy; el menor con seguridad por lo que leyera de los informes de Kingsley. Si era así, el chico era de cuidado y tenía un prontuario más que preocupante.

- ¿Dónde demonios están los profesores cuando se les necesita? – masculló mirando en todas las direcciones y encontrando la zona desierta.

Si intervenía, Moody lo iba a matar, no sin antes oír lo sermones de Kim y las burlas de Laria; pero no podía quedarse de brazos cruzados, su prioridad era cuidar a Potter y por lo que sabía ese muchacho Malfoy era muy capaz de lanzarle un Avada a traición.

- ¡Rayos! – exclamó molesto.

Los jóvenes en el jardín, ajenos a lo que sucedía alrededor, continuaban discutiendo sin tregua.

- Harry, Ron, por favor, ya no estamos en la escuela, no caigan en su juego. – decía Hermione desesperada.

- Yo no juego con gente como ustedes, sangre sucia. – espetó el rubio con desprecio.

Harry y Ron lanzaron hechizos en simultáneo, pero el apuro y la furia con la que actuaron hicieron que antes de llegarle a Malfoy, ambos se cruzaron y se anularon el uno al otro. La frustración de los chicos le dio suficiente tiempo al ex Slytherin para atacar, directo a Harry.

Hermione levantó la varita para invocar un escudo, pero ni siquiera llegó a pronunciar las palabras, pues una fuente de energía pareció materializarse por un segundo entre ellos y Malfoy, protegiéndolos, y antes de que se desintegrara le dio de lleno al rubio haciéndolo trastabillar.

Los cuatro giraron a ver asombrados para encontrarse con un hombre alto y rubio a sólo unos pasos que los miraba con una mueca entre divertida y burlona.

- Niños, vamos, ¿no han tenido ya suficientes peleas como para toda su vida? – les dijo Travis.

Sacudiendo la cabeza para salir de su estupor, Malfoy vio al extraño con ira y giró hacia Harry.

- ¿Contrataste a un guardaespaldas? El Salvador del Mundo Mágico no puede defenderse solo, ¡patético! – le dijo casi escupiendo.

- ¡No conozco a este hombre! – se apresuró a contestar Harry.

- ¡Pero nosotros sí! – exclamó Hermione con voz acusadora.

Travis se encogió de hombros con tranquilidad y guardó la varita en el bolsillo de los pantalones lentamente.

- Ustedes no me conocen, no sean ridículos. En cuanto a ti, chiquillo, no dudo que Potter pueda acabarte con una mano atada a la espalda, pero no me iba a quedar a mirar; y sólo para que quede claro, no soy un guardaespaldas, pero sí poco tolerante a los insultos, así que muérdete la lengua antes de decir algo en mi contra, ¿está bien? – le dijo a Malfoy con una mirada amenazante.

Malfoy no bajó la vista, pero dio una mirada alrededor y sabiéndose en absoluta desventaja guardó la varita y sin decir una palabra más, observándolos con resentimiento, desapareció.

- ¡Al fin! Sospecho que ese muchacho no tiene muchos amigos.- resopló Travis. - ¿Han visto antes a alguien que parezca odiar tanto al mundo? – preguntó.

Al no obtener respuesta, giró para toparse con tres pares de ojos que lo veían con desconfianza.

- ¡Hey, tranquilos! Soy de los buenos. – les aseguró el rubio.

- ¡Nos has estado siguiendo! – exclamó Ron.

- Quizá un poco. – reconoció Travis. – Pero no crean que eso sólo lo hacen los malos.

- ¿Quién eres? – le preguntó Harry.

- Es una historia un poco larga y la verdad es que no cuento con mucho tiempo; ¿qué les parece si nos reunimos un día de estos a conversar? Yo los busco. – ofreció el hombre esperanzado.

Los tres jóvenes en simultáneo y sin ponerse de acuerdo le apuntaron con las varitas y le dirigieron una mirada escéptica.

- Nosotros sí tenemos tiempo. – indicó Harry con frialdad.

Travis masculló algo acerca de brujas amargadas y jefes dictadores antes de exhalar un suspiro resignado.

- ¿Qué tanto? – preguntó con voz misteriosa.


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jueves, 17 de diciembre de 2009

Destino: Quinto capítulo



Disclaimer: Todos los lugares y personajes pertenecen a J. K. Rowling. Nosotros sólo inventamos algunas cosillas para divertirnos.


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La noche antes de empezar las clases en sus respectivas Academias, Harry, Ron y Hermione se encontraban reunidos en la amplia cocina compartiendo la cena y discutiendo acerca de los asuntos que preocupaban al primero.


- Te lo digo, Harry, estabas preocupándote por nada. – decía Ron, cortando su filete.


- Aún no estamos seguros. – dudó su amigo.


- Papá te dijo que todo está tranquilo, ¿Qué más puede ser? Ya sabes que si ocurriera algo extraño él se habría enterado. – insistió el pelirrojo.


- Tal vez se trate de algo que ocurre fuera del Ministerio, entonces tu padre no podría estar enterado. – intervino Hermione en la charla.


- Hermione, por favor, no le des ideas, ¿quieres? – se quejó Ron sacudiendo la cabeza.


- ¿Crees que en el Ministerio podrían no saber lo que pasa? No lo sé, Hermione, recuerda que Kingsley está al mando ahora y él es muy cuidadoso. – le hizo ver Harry ignorando los gestos de su amigo.


- No dudo de la capacidad de Kingsley, pero él no puede estar en todo, o a lo mejor es un asunto tan delicado que lo mantiene en secreto o algo así. – sugirió la chica.


- Ustedes siguen haciendo suposiciones basados en nada. En serio, chicos, ¿qué tenemos? Una extraña que a Harry le pareció sospechosa y un muggle desaparecido; lo siento por él, peor no veo la relación. – repitió el pelirrojo por décima vez desde que empezaron la discusión.


- Te estás olvidando del hombre de la Estación. – le recordó Hermione.


- ¿Realmente piensas que porque salió detrás de mi padre y Harry los estaba siguiendo? – preguntó Ron incrédulo.


- Había algo en él, no sé, raro. – dijo la joven, dirigiéndose a Harry. - ¿Recuerdas que te conté cómo nos dijo a Ron y a mí que su familia lo esperaba en la Estación? Pues yo no los vi por ningún lado.


- Tal vez salieron antes o después. El tipo parecía un poco distraído y puede que se perdiera de nuevo. Además, su sobrino salió a despedirlo al Andén, no mintió en eso. – observó Ron.


- Aún así es raro, ¿no? Dos extranjeros sospechosos cerca de nosotros en menos de una semana. – comentó Hermione pensativa.


- ¿Qué tienes contra los extranjeros? Pensé que te gustaban. – bromeó Ron. – Sólo recuerda a Vicky.


Su amiga lo vio furiosa por la broma y estuvo a punto de contestarle de mala manera, pero sintió la mano de Harry en su hombro y volteó a verlo interrogante.


- Eso no fue gracioso, Ron, deberías revisar tu sentido del humor. – le dijo su amigo muy serio y viéndolo fijamente.


Ron pareció sorprendido por el llamado de atención y tras dejar sus cubiertos con brusquedad sobre el plato vacío, se levantó y se dirigió a la puerta.


- Sólo fue un comentario, no es para tanto, y creo que son ustedes los que deberían preocuparse por revisar otras cosas. – dijo ácidamente antes de cerrar con un golpe la puerta al salir.


Hermione y Harry se quedaron viendo el umbral con expresión pensativa y confusa.


- ¿Qué quiso decir con que revisemos otras cosas? – se preguntó la joven al fin.


- No lo sé, ya me acostumbré a no entenderlo a veces. – indicó el muchacho sin darle demasiada importancia. – Y también estoy seguro de que mañana estará como si nada, ya lo conoces.


- Claro, tienes razón; y gracias por decirle…ya sabes. – mencionó la chica algo cohibida.


- No es nada, lo que dijo estuvo mal, ya olvídalo. – insistió Harry.


- Sí, bueno, me voy a la cama; mañana será un día pesado. – anunció Hermione viendo la mano que seguía sobre su hombro.


- Ah, lo siento. – dijo el chico al notarlo y quitando la mano con rapidez.


Su amiga se puso de pie y tras llevar los platos al fregadero se despidió desde la puerta con una cálida sonrisa.


- Buenas noches, Harry, no te quedes hasta muy tarde. – le dijo antes de salir.


- Buenas noches, que duermas bien. – le respondió el joven sonriéndole también.


Una vez que se encontró solo, Harry apoyó la cabeza en una de sus manos y fijó la mirada en la pared de la cocina con expresión pensativa.


¿Por qué le había molestado tanto el comentario de Ron? Sabía que era una broma, mala, si, pero usualmente lo eran. De lo que estaba seguro era que no se trataba esta vez de alguna burla al azar, sino de algo que había incomodado a Hermione y eso no le hizo mucha gracia. Tal vez exageró, pero igual hablaría luego con Ron para que pensara antes de hablar, al menos cuando se trataba de su amiga; después de todo, era responsabilidad de ellos cuidarla ahora que vivían juntos, ¿no?


Reprimiendo un bostezo y más tranquilo al encontrarle una explicación lógica a su reacción, se encaminó a su dormitorio. Hermione tenía razón, mañana sería un día muy ajetreado.


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Laria y Kim tomaban el desayuno en un pequeño comedor de la casa que usaban como Cuartel General. Ambos tenían por costumbre desde que llegaron a Londres compartir esa comida, ya que eran los primeros en levantarse aunque no fuera necesario; generalmente Travis no se les unía hasta que ya casi habían terminado.


Casi nunca hablaban, apenas si intercambiaban un saludo cortés y luego todo era silencio hasta que el rubio llegaba con sus charlas interminables a desesperarlos; pero este día las cosas eran distintas. Ambos se encontraban inquietos por su última conversación con Moody y las lúgubre predicciones que había hecho respecto a lo que fuera a ocurrir en Alemania, y lo peor era que desde ese día el viejo auror andaba desaparecido no tenían idea haciendo qué.


- Kim, ¿has estado alguna vez en Alemania? – preguntó Laria de pronto.


- Un par de veces, por trabajo, pero nunca me quedé más de tres o cuatro días. – contestó el oriental bebiendo su té.


- ¿Y viste algo raro? – insistió ella sin disimular su inquietud.


- ¿Raro? Laria, somos magos, la definición de “raro” en nuestro caso es más que relativa. – observó Kim.


- Ya lo sé, me refería a algo como “muy raro”. ¿No sabes si ha habido allí algún mago tenebroso particularmente fuerte? Alguien como Voldemort aquí, tal vez. – le comentó la mujer.


- No, jamás he oído de otro como él en cualquier lugar del mundo. Todo país tiene su historia, claro, pero en el caso de Alemania no recuerdo ningún caso que llamara la atención. – continuó Kim.


Laria asintió fastidiada y se sirvió su tercera taza de café mientras con la mano libre tamborileaba sobre la mesa.


- ¿Cómo puede Moody hacernos esto? ¡Es una falta de consideración! ¿Quiénes cree que somos? ¿Sus criados? Parece que olvida que estamos aquí para ayudarle, no para que nos trate como a niños que no pueden ser informados de hechos concretos; está en la obligación de decirnos todo lo que sabe. Nos jugamos la vida, Kim, puedo sentirlo, y me gustaría saber al menos a qué me voy a enfrentar. – explotó al fin la mujer casi sin respirar.


Kim la dejó hablar sin interrumpirla; al parecer Laria necesitaba expresar todo lo que venía rumiando los últimos días.


- Comparto tu opinión, Laria, aunque tal vez no con tanto ímpetu. Pero debes tener un poco más de confianza en Alastor; sé que no es fácil, no con esa actitud suya, pero tiene una excelente reputación y lo más importante es que es un buen hombre. Creo que si no nos ha dicho nada no es por falta de consideración, como dices, sino que prefiere estar completamente seguro antes de llamar al pánico. En circunstancias como estas es lo mejor, debes aprender a controlarte y a no bajar la guardia; todo saldrá bien, ten confianza. – intentó tranquilizarla su compañero con una poco común sonrisa.


- Está bien, supongo, pero le pediré a Moody que nos diga lo que sospecha de cualquier modo. – dijo Laria más calmada pero sin abandonar su terca actitud.


- No lo dudo. – dijo Kim en voz baja.


Continuaron su desayuno en silencio hasta que Travis hizo su aparición con el ruido habitual, bajando los escalones de dos en dos y entrando al comedor casi corriendo mientras ahogaba un bostezo.


- Buenos días, muchachos. Qué bien dormí, no recuerdo cuando fue la última vez. ¿Me pasas la mermelada, Kim? – pidió a la vez que se sentaba y se servía un poco de jugo.


- ¿Todo bien en la guardia? – preguntó el oriental alcanzándole el recipiente.


- Nada nuevo desde que Potter se separó de sus amigos para hablar con ese señor Weasley; desde entonces han permanecido en casa. – le informó Travis empezando a comer.


- Sí, hablé de eso con Kingsley; me contestó diciendo que el señor Weasley es un muy buen hombre y le tiene mucha confianza, pero lo ha mantenido al margen de todo esto, así que no puede haberle dicho nada especial a Potter. – mencionó Kim.


- ¿Saben? No creo que eso sea muy inteligente, pero Moody es un tipo muy terco. Quiero decir, el chico y sus amigos ayudaron a derrotar a Voldemort, ¿no? Más que eso, Potter lo acabó. ¿Porqué no les dicen lo que está pasando? Podrían ayudar. – sugirió Travis con lógica.


- Al parecer Moody y Kingsley creen que Potter ya pasó por muchas cosas y al ni siquiera estar seguros de qué es exactamente lo que ocurre, no creen que sea buena idea alarmarlos, para eso estamos nosotros aquí. – le dijo Kim.


- Pero si las cosas empeoran tendrán que hablar con ellos, no pueden ocultarles todo siempre; además el chico no es tonto, sospechará si es que no lo hace ya. – se sumó Laria.


- Especialmente si ciertas personas se dejan ver cuando no deben, ¿verdad? – mencionó Travis con tono bromista.


- También tú lo hiciste. – se defendió Laria al momento.


- Pero yo lo hice a propósito y no tiene porqué sospechar de mí; en cambio tú parándote como un buitre vigilante en una esquina, con razón el chico Potter se puso en guardia. – rió Travis con descaro.


- Dime algo, Travis, tú país es muy grande, ¿cierto? – preguntó la mujer tranquilamente al cabo de unos minutos en silencio.


- Sí, bastante. – respondió el rubio confundido por la falta de hostilidad.


- Pero he oído que no está muy poblado; es decir, que para su tamaño hay pocos habitantes. – continuó Laria.


- Sí, siempre ha sido así. – aceptó Travis sin saber a dónde quería ir a parar ella.


- Bueno, eso lo explica todo. – mencionó la mujer dejando su servilleta a un lado.


- ¿Explica qué? – inquirió el otro.


- El que te hayan permitido convertirte en auror siendo tan idiota, no tienen mucho de dónde escoger. – replicó Laria cortante y con una sonrisa satisfecha.


- ¡Hey! – exclamó el rubio ofendido.


Kim había escuchado la charla suponiendo lo que Laria iba a decir y cuál sería la reacción de Travis; esos dos podían ser muy divertidos a veces, debía reconocerlo, pero no tenían tiempo para juegos.


- Lamento interrumpir, pero se hace tarde. Potter y sus amigos inician sus estudios hoy. Según el plan, Travis, tú sigues encargado de la vigilancia, pero no permitas que te vean nuevamente, resultaría sospechoso. – indicó el oriental con su tono calmado.


- Ya lo sé, pero como dijo Moody, mi prioridad será Potter y por extensión el pelirrojo porque van a la misma Academia; lo que no sé es qué haremos con la chica. – mencionó el rubio adoptando una actitud más profesional.


- Tendrá que quedarse sola por hoy, no creo que corra ningún peligro. Debo ir al Ministerio a hablar con Kingsley acerca del muggle secuestrado y Laria va a quedarse por si Alastor vuelve, además de que debe terminar unos informes. – comentó Kim.


- Como siempre, yo tengo la parte más divertida. – masculló Laria irónica.


- Es lo que hay, carissa, ni modo; y esa palabra la aprendí sólo para ti. – se rió Travis sin rastro de rencor.


- Y lo pronunciaste bien, qué emoción. – se burló la mujer.


- Antes de que empiecen de nuevo, Travis y yo nos vamos, tenemos trabajo. Si algo sucede, llevamos los anillos. – dijo Kim poniéndose de pie.


- Espera un minuto que coja unos panecillos, aún no termino. – pidió Travis tomando algunos en una servilleta. – Ahora sí, a la escuela de nuevo.


- Sólo compórtate, ¿quieres? – le pidió Kim caminando a la salida.


- Seré un buen chico, tranquilo. – le aseguró el rubio siguiéndolo.


Ambos oyeron la voz de Laria desde el corredor con su acostumbrado tono sarcástico.


- Pórtense bien, niños o papi Moody les dará una tunda. – dijo casi a gritos.


Kim y Travis intercambiaron una mirada divertida y una vez que cruzaron la puerta se desaparecieron a diferentes lugares.


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La Academia de Leyes Mágicas se ubicaba en uno de los más grandes barrios de Londres, oculta de miradas muggles por una serie de hechizos protectores; estaba compuesta por varios edificios y amplios jardines por los que paseaban los estudiantes.


Hermione llegó temprano, en apariencia muy tranquila, pero por dentro se sentía tan nerviosa como en su primer día en Hogwarts. No había dejado de pensar en la suerte de Harry y Ron que al menos compartían la misma escuela, ella, en cambio, estaba allí completamente sola.


Se recriminó por estar pensando de ese modo, ya no era una niña y nunca le había tenido miedo a enfrentar un nuevo reto. Iba a aprender todo lo necesario para entrar al Ministerio y empezar a cambiar esas leyes arcaicas que nadie se atrevía a tocar. Enderezó los hombros y levantó la barbilla con expresión decidida al entrar al edificio en el que recibiría su primera clase.


Una vez allí, buscó un asiento disponible en la fila de adelante y desplegó los libros y pergaminos. Iba a empezar a leer en tanto esperaba al maestro, cuando una voz conocida llamó su atención.


- ¡Hermione Granger! Sabía que estarías por aquí. – la saludó una joven morena sentándose a su lado con una sonrisa amistosa.


- ¿Parvati? – preguntó Hermione confundida.


- ¡No, por Merlín! Siete años y no puedes diferenciarnos; soy Padma. – negó la chica sonriendo aún más.


- ¡Perdón! Lo siento, la verdad es que usualmente si podría, es sólo que me tomaste por sorpresa. – se excusó Hermione arrepentida.


- No te preocupes, estoy acostumbrada; lo bueno es que soy la única Patil aquí, de modo que nadie podrá equivocarse con facilidad. – mencionó la joven satisfecha.


- Ya veo. Es decir que Parvati optó por otra carrera. – supuso la chica.


- No exactamente. Verás, ella y Lavander se han tomado un año sabático para viajar y encontrar a su ojo interior. – le explicó Padma con expresión solemne para luego romper a reír.


- ¿Ojo interior? – repitió Hermione uniéndose a sus risas.


- Sí, al parecer cuatro años de Adivinación no fueron suficientes para ubicarlo, así que han ampliado su área de búsqueda. – continuó riendo la chica.


Hermione no pudo evitar pensar que semejante información no le sorprendía en lo absoluto, sólo esperaba que ese par no se metiera en demasiados problemas. En cuanto a Padma, le alegraba ver un rostro familiar entre tantos extraños y algo le dijo que ellas podrían ser buenas amigas, según fue confirmando al intercambiar puntos de vista; una pena que en Hogwarts nunca hablaran mucho por ir a distintas Casas.


Cuando más cómoda se encontraba y pocos minutos antes de que se iniciara la clase, unos murmullos en la habitación hicieron que buscaran el origen de toda esa conmoción. Lo que vieron las dejó pasmadas.


Draco Malfoy, tan altivo como siempre, se abría paso entre la multitud arremolinada en la puerta e ignorando las abiertas muestras de hostilidad se ubicó en el asiento más alejado de la clase.


- ¡No puedo creerlo! – exclamó Hermione en cuanto recuperó el habla.


- ¿Cómo han podido permitirle entrar? ¿Leyes Mágicas él? – se sumó Padma desconcertada.


- Pensé que algunas cosas habían cambiado y un viejo apellido no tendría más valor que el sentido común; parece que me equivoqué. – masculló Hermione sin disimular su indignación.


- A mis padres no les hará mucha gracia que comparta clases con él. – le confió su amiga en un cuchicheo.


- ¿Te preocupan tus padres? Prueba a decirle a Harry y Ron esto. – observó Hermione con tono abatido.


El maestro entró en ese momento para empezar su exposición y todos lo alumnos de pie corrieron a sus asientos para tomar notas y prestar atención a la clase.


Hermione vio sobre su hombro con discreción para observar a Malfoy tomando apuntes con la mirada fija en el pergamino; su expresión tan arrogante como de costumbre. Sin embargo, la joven alcanzó a observar cómo en un par de ocasiones veía por la ventana y una sombra de inquietud cruzaba su semblante. No supo porqué, pero ese simple gesto la puso muy nerviosa.


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En la Academia de Aurores, Harry y Ron salían del aula luego de dos horas de clases teóricas que los habían dejado mentalmente exhaustos.


- Esto es ridículo. – resopló el pelirrojo. - ¿Acaso creen que cuando tengamos a un enemigo al frente le vamos a recitar toda esa información?


- Supongo que la idea es que seas tú quien lo tenga claro. – rió Harry divertido por la indignación de su amigo.


- Ya, eso está bien, pero igual nosotros ya tenemos algo de experiencia, ¿no? Quiero decir que ya sabemos lo que es pelear en duelos y no lo hemos hecho del todo mal. – le hizo notar Ron.


- Claro, pero aún así no es lo mismo. No tuvimos elección entonces, sólo hicimos lo que pudimos con lo que sabíamos; reconoce que nos la pasábamos improvisando. – recordó Harry al entrar a la cafetería.


- Ya, y ser auror es distinto porque ahora sí conoceremos todos los hechizos y esas cosas, lo sé. – reconoció el pelirrojo a su pesar tomando una mesa vacía.


Harry asintió y ocupó un asiento, intentando ignorar las miradas curiosas que el resto de los estudiantes trataban en vano de disimular. Todo el día había sido lo mismo y estaba haciendo lo posible por no dejar que le afectara, pero no era nada sencillo.


- Es sólo el inicio; en Hogwarts fue peor y era sólo un niño. – se recordó en un susurrro para calmarse.


- Harry, ¿estás hablando solo? – lo miró alarmado Ron.


Su amigo detuvo el camino del emparedado a la boca, preocupado por la actitud de Harry.


- Un poco. – reconoció su compañero riendo.


- ¿Porqué? – insistió su amigo sin comprender.


- Es todo esta atención, no me gusta. Ya, no me veas así, ya lo hemos discutido antes. Pasará pronto, lo sé, eso es lo que me decía. – se encogió de hombros el muchacho.


- Pero de allí a hablar solo la verdad…- comentó Ron no muy convencido.


- Sólo repetía lo que Hermione me dijo la otra noche, nada más. – comentó su amigo tranquilo.


- Por supuesto. – mencionó el pelirrojo sarcástico.


Harry lo vio con el ceño fruncido y se fijó la hora en su reloj para saber cuándo debían ir a su próxima clase.


- ¿Qué quieres decir? – le preguntó.


- ¿De qué? – replicó Ron.


- Sabes de lo que hablo, no me vengas con eso. Anoche también hiciste un comentario muy extraño, pero preferí ignorarlo y ahora lo haces de nuevo, ¿te hice algo y no me enteré? – lo encaró su amigo empezando a disgustarse.


- Dime algo, Harry, ¿acaso Ginny no te ha aconsejado nada? ¿Ella no te ha dicho que no te preocupes por toda esa atención? – preguntó Ron a su vez.


- No lo sé, no me acuerdo. ¿Qué tiene que ver eso con lo que estoy diciendo? – replicó el muchacho confundido.


- Todo, Harry, ¿no te das cuenta? Sólo es Hermione esto o Hermione lo otro, ¿y qué pasa con Ginny? Se supone que ella es tu novia, pero apenas si la mencionas. – se alteró el pelirrojo.


- Odias que hable de tu hermana. – le recordó Harry sin entender.


- Me molesta más que actúes como si no existiera. Reconócelo, Harry, cuando está Hermione de por medio no existe nadie más para ti y no me gusta que traten así a mi hermana. – espetó Ron disgustado.


- ¡Jamás he hecho nada que la ofendiera! – le dijo su amigo al momento.


- No es eso lo que quiero decir. ¿Sabes qué? Sólo déjalo, ya va a empezar la próxima clase. – replicó Ron dándose por vencido y retirando su asiento.


Harry siguió a su amigo fuera de la cafetería y se le puso en frente para impedirle el paso.


- ¿Qué está pasando, Ron? – le preguntó muy serio.


- Nada aún, creo. Escucha, sólo no lastimes a Ginny, ¿de acuerdo? O no demasiado, al menos. – le pidió Ron.
- ¿Porqué crees que haría eso? – insistió Harry.


- No digo que lo hagas a propósito, pero las cosas pasan y la gente cambia, Harry, hasta yo puedo darme cuenta de eso. Sólo mamá piensa que tú y Ginny son el uno para el otro y vivirán felices para siempre. – se rió Ron con cierta amargura.


- ¿Tú no? – preguntó Harry.


- No me digas que tú sí. – contestó el pelirrojo al momento.


Harry guardó silencio, parpadeando confuso, como si estuviera pensando en una respuesta apropiada.


- Eso imaginé. – sacudió la cabeza Ron.


- Escucha…- intentó replicar Harry.


- Preferiría no hablar más de esto, sólo recuerda lo que te dije. Vamos, hombre, no quiero más deberes en mi primer día de clases por llegar tarde. – dijo Ron al rodear a su amigo para entrar al aula.


Harry se quedó de pie en el pasillo, confuso por los comentarios de Ron y nervioso por lo que alcanzaba a entender.


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En el Ministerio de Magia, Arthur Weasley bajaba en el ascensor al Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas. Acababa de enterarse de unos experimentos hechos por un grupo de magos del sur relacionados con unos alces y el trineo de unos muggles. Al parecer creyeron que resultaría muy interesante comprobar la existencia de Santa Close o como fuera que se llamara el de los mitos muggles. Y después andaban diciendo que él era el extraño.


El elevador se abrió unos pisos antes de su destino y observó a Kingsley entrar con un hombre al que no había visto nunca antes. Alto, de cabello oscuro y rasgos orientales, un extranjero sin duda.


- Buenos días, Arthur. – saludó Kingsley con su tono profundo.


- Hola, Kingsley, ¿cómo va todo? – respondió el señor Weasley observando al extraño con discreción.


- Este es un amigo que viene de visita. – mencionó Kingsley notando la mirada del pelirrojo.


- Kim, mucho gusto. – se presentó parcamente el otro hombre.


- Arthur Weasley, Departamento del Uso indebido de Objetos Muggles. – hizo otro tanto el señor.


Kim asintió serio y con la vista fija al frente sin decir ni una palabra más.


Un silencio incómodo se instaló en el pequeño cubículo hasta que el ascensor se detuvo en el segundo piso.


- Este es mi lugar, ¿ustedes siguen? – preguntó el señor Weasley con cierto alivio.


- Vamos al sótano, le mostraré a Kim nuestros archivos. Nos vemos, Arthur. – se despidió Kingsley mientras las puertas se cerraban.


El señor Weasley alcanzó a ver una vez más el semblante pétreo del extraño, aún sorprendido por el hecho de que Kingsley lo llevara a ver los documentos que usualmente sólo podían ver los Jefes de Departamento. Sí, un asunto muy raro, se dijo antes de dar media vuelta para buscar al mago encargado del piso.


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Hermione se alegraba de haber coincidido con Padma en la Academia; estaba tan acostumbrada a pasar todo el tiempo con Harry y Ron que era muy agradable contar con una chica para tener charlas que ni en sueños podría compartir con sus amigos.


Aún así extrañaba a los chicos, y cuando la campana sonó anunciando el término de la última hora, lanzó un suspiro de alivio; ahora podría regresar a casa y preguntarle a los otros como les había ido, esperaba que Harry no lo hubiera tenido muy difícil con toda esa atención que seguramente había incitado.


Se despidió de Padma prometiéndole separar un asiento para ella al día siguiente y salió a los jardines principales.


Buscaba un lugar apropiado para Desaparecer, cuando notó a lo lejos una figura alta y de andar elegante que se dirigía al área de los edificios del ala oeste. ¿Porqué Malfoy iba a esa zona? No recordaba que hubiera algo que pudiera llamar la atención de nadie por allí.


Siguiendo un viejo instinto de desconfianza en todo lo relacionado con ese chico, tomó el mismo camino teniendo cuidado de mezclarse con los otros estudiantes para no llamar su atención.


Lo vio entrar en el edificio más alejado y aguardó un momento antes de seguirlo. En el amplio vestíbulo apenas si tuvo tiempo de preguntarse a dónde podría haber ido cuando escuchó unas voces apagadas que provenían de una habitación en el pasillo a su izquierda. Andando casi de puntillas se acercó a la puerta cerrada y atisbó por el ojo de la cerradura.


No podía ver casi nada, apenas a Malfoy recostado contra una ventana y hablando casi en susurros a alguien que no alcanzaba a identificar.


- Sabes lo peligroso que resulta para mí el haber venido. – decía Malfoy con tono molesto.


- Un precio mínimo a pagar por lo que te estoy ofreciendo. – respondió una voz que a Hermione se le hizo conocida.


- Aún no me has ofrecido nada. – observó Malfoy sin cambiar su tono.


- No esperarás que te diga todo sin saber a qué atenerme. – replicó el otro.


- No estoy para juegos, ahora menos que nunca; lo hice una vez y no me fue muy bien, ¿recuerdas? – mencionó el rubio con amargura.


- Esto es diferente; puedes confiar en mi, Draco. Si de juegos se trata, yo nunca voy a perdedor. – le dijo la voz con tono burlón.


- Eso es porque jamás apuestas. – replicó Malfoy mofándose.


- Lo hago, amigo, es sólo que no soy tan estúpido como para apresurarme, sé cuando jugar mis cartas, a diferencia de otros. – deslizó con un susurro.


Hermione pudo observar cómo Malfoy se daba vuelta y miraba a quien estuviera al otro lado de la habitación con expresión furiosa; parecía que se tomaba el último comentario como un insulto.


- No tenemos más que hablar, has perdido tu tiempo. – dijo el rubio con voz glacial dirigiéndose a la puerta y haciendo que Hermione retuviera la respiración asustada.


- Te conozco, Draco, no te vas a quedar tranquilo. Descuida, no hay prisa, mándame una lechuza cuando estés dispuesto a conversar; no puedes imaginar lo interesante que será para ti. – dijo el extraño sin inmutarse por el tono brusco del otro.


Malfoy no respondió y salió de la habitación. Sus ojos se entrecerraron al atisbar una cabellera castaña perdiéndose al girar con prisa el pasillo más alejado. El joven vio con discreción tras de sí para asegurarse de que sólo él lo había notado y con paso tranquilo buscó la salida del edificio.


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